Introducción
La Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (United States Agency for International Development [USAID]) es el principal organismo de cooperación exterior de Washington. Creada en 1961 por orden ejecutiva del presidente John F. Kennedy, su función ha sido canalizar la ayuda estadounidense hacia programas de desarrollo, salud, educación y asistencia humanitaria en diversas regiones del mundo (USAID, 2025). Durante más de seis décadas, esta institución ha constituido uno de los pilares de la política exterior estadounidense; no obstante, en el contexto actual, ese rol histórico se encuentra tensionado por recortes presupuestarios que amenazan con revertir avances en desarrollo y asistencia humanitaria.
Actualmente, la reducción drástica de la ayuda estadounidense reflejada en la última Justificación Presupuestaria al Congreso (2025) ha desencadenado una crisis operativa en África Oriental. Esta contracción financiera ha impactado de manera directa a Kenia, Uganda, Tanzania, Ruanda y Burundi, donde la interrupción de los flujos de capital ya se traduce en el cierre sistemático de servicios sanitarios y programas de desarrollo (Public Services International, 2025).
La gravedad de la situación radica en que este desfinanciamiento afecta el núcleo de la estabilidad regional: programas vitales como PEPFAR y la Iniciativa Presidencial contra la Malaria (PMI), cuya continuidad es ahora incierta pese a haber sido, históricamente, pilares de la seguridad sanitaria en la zona (The Guardian, 2025a; Financial Times, 2025a).
Se argumenta en esta investigación que no se trata de un mero ajuste presupuestario justificado por la reorientación de recursos o la búsqueda de eficiencia, sino de una decisión con consecuencias estructurales. Esta desvinculación selectiva no solo compromete los avances en desarrollo, estabilidad y seguridad, sino que además introduce un factor adicional de inestabilidad en una de las regiones más inestables del mundo y erosiona los esfuerzos multilaterales de cooperación, generando un vacío que puede ser aprovechado por actores con intereses contrapuestos y que abre nuevos desafíos para la paz y el desarrollo.
Desarrollo
Los recortes han afectado con especial fuerza a programas de salud y desarrollo que fueron fundamentales para el bienestar en África subsahariana durante más de dos décadas. Entre ellos destaca el Plan de Emergencia del Presidente de los Estados Unidos para el Alivio del SIDA (PEPFAR), lanzado en 2003 bajo la presidencia de George W. Bush. A lo largo de este periodo, el programa ha sido ampliamente reconocido por haber salvado millones de vidas mediante la provisión de tratamientos antirretrovirales, programas de prevención y pruebas de detección del VIH/SIDA en la región (The Guardian, 2025b).
La dimensión de este programa es histórica: en países como Kenia, Uganda o Tanzania, el PEPFAR permitió revertir la mortalidad por VIH y garantizó que comunidades enteras pudieran reconstruir sus lazos sociales. De abandonarse PEPFAR, The Lancet (2025) proyecta hasta 10,8 millones de nuevas infecciones de VIH y 2,9 millones de muertes adicionales para 2030, sobre todo en África subsahariana (Financial Times, 2025a). Desde una perspectiva analítica, estos datos evidencian que la política de recortes no se limita a un cambio presupuestario, sino que implica un impacto humano significativo y prevenible.
La situación se agrava cuando consideramos la Iniciativa Presidencial contra la Malaria (PMI). Desde su creación en 2005, se le atribuye haber salvado 11,7 millones de vidas y prevenido 2,1 mil millones de infecciones de malaria (Kaiser Family Foundation [KFF], 2025). Se estima que, de mantenerse operativa en 2025, podría evitar 104.000 muertes y 13,6 millones de contagios en África (Weiss et al., 2025). Sin embargo, los recientes recortes (que podrían reducir hasta un 47 % del financiamiento de USAID) amenazan su continuidad en países con alta carga como la República Democrática del Congo (Financial Times, 2025b).
El impacto regional sería inmediato: la reducción de las intervenciones de la PMI incrementaría la transmisión de malaria en los focos más extensos del continente, afectando no solo a la República Democrática del Congo, sino también a Uganda, Tanzania y Sudán del Sur. En estos países, la debilidad institucional y la limitada capacidad de los sistemas de salud han generado una dependencia estructural de la cooperación internacional, lo que impide sostener de manera autónoma programas eficaces de prevención y control.
Según Weiss et al. (2025), la interrupción parcial de la PMI podría revertir años de avances y traducirse en decenas de miles de muertes adicionales solo en 2025, además de millones de nuevos contagios que desbordarían los sistemas de salud locales. Esta presión sanitaria, sumada a la caída en la cooperación estadounidense, alimenta dinámicas de inestabilidad política y desplazamiento forzado en toda la región (World Vision, 2025).
Este escenario trasciende el ámbito de la salud pública. USAID sostiene programas de educación, nutrición y seguridad alimentaria que resultan vitales para comunidades enteras. A nivel local, la suspensión abrupta de proyectos alimentarios en Sudán del Sur ha incrementado la desnutrición infantil y ha forzado a miles de familias a abandonar sus hogares, configurando un escenario propicio para nuevos conflictos y desplazamientos regionales.
En una escala más amplia, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, 2025) advierte que al menos 14 millones de niños enfrentan interrupciones en servicios esenciales, mientras que el cierre de centros terapéuticos ha dejado a miles sin atención. Este deterioro contribuye al aumento del desplazamiento forzado a nivel global, que ya afecta a 123 millones de personas, muchas de ellas en condiciones de hambre severa (World Vision, 2025).
Los recortes revelan que la cooperación internacional no es solo ayuda humanitaria, sino también un mecanismo preventivo frente a crisis y conflictos. Su reducción implica debilitar uno de los principales instrumentos orientados a contener la inestabilidad política en África Oriental.
Desde una perspectiva analítica, esta decisión tiene un doble efecto: por un lado, erosiona la salud y la cohesión social en regiones vulnerables; por otro, debilita una de las herramientas más relevantes de diplomacia y seguridad internacional de Estados Unidos. USAID no solo canaliza recursos materiales, sino que, a través de ellos, proyecta la influencia de Estados Unidos en regiones estratégicas, construye confianza con gobiernos locales y refuerza su imagen como un actor “fiable” en materia de desarrollo. En este sentido, constituye una de las expresiones más claras de su soft power.
Renunciar a esa presencia equivale a entregar espacios estratégicos a actores externos con agendas distintas. China expande su influencia a través de megaproyectos de infraestructura como el corredor Etiopía-Yibuti (Rolland, 2022), mientras Rusia lo hace mediante acuerdos militares y presencia de seguridad en Estados frágiles (Ramani, 2021). Ambos actores suelen ocupar los espacios de influencia que EE. UU. desatiende, promoviendo modelos de cooperación que, a diferencia de los marcos occidentales, prescinden de condicionalidades ligadas a la gobernanza democrática o al fortalecimiento institucional a largo plazo.
Por otro lado, la reducción de la ayuda externa genera vacíos de poder que son rápidamente ocupados por actores armados locales. En el caso de Etiopía, el recorte de los programas de desarrollo comunitario ha erosionado el tejido social en regiones vulnerables, forzando a la población a depender de economías informales y redes de patronazgo que exacerban las tensiones étnicas y los conflictos territoriales (International Crisis Group, 2025). Esta retracción de los recursos internacionales no solo debilita la resiliencia civil, sino que otorga ventajas estratégicas a milicias regionales que utilizan la provisión de bienes básicos como herramienta de movilización y control político (Human Rights Watch, 2024).
Más que una reestructuración financiera, esta política evidencia un giro en la gestión del soft power estadounidense. Las iniciativas de asistencia técnica y sanitaria funcionaron históricamente como instrumentos de legitimación y estabilidad regional. En consecuencia, el desmantelamiento de estas capacidades no solo revierte progresos históricos, sino que debilita la arquitectura de seguridad compartida, dejando al descubierto vulnerabilidades estructurales en el sistema de cooperación internacional.
Esta crisis no es un fenómeno aislado, sino que se asienta sobre las raíces estructurales del subdesarrollo en África Oriental. Como sostiene Rodney (1972), la vulnerabilidad del continente es el resultado de siglos de extracción colonial y dinámicas neocoloniales que, con la participación de EE. UU. durante el siglo XX, subordinaron la soberanía y los recursos africanos a intereses externos. Este legado histórico explica por qué los recortes actuales de ayuda tienen un impacto tan devastador en la estabilidad regional.
Conclusión
En conclusión, el fortalecimiento de USAID no debe limitarse a un aumento presupuestario, sino a una reingeniería de su eficacia operativa. Este proceso requiere mecanismos de ejecución directa que minimicen la pérdida de recursos en las cadenas de intermediación, garantizando su traducción en resiliencia comunitaria. Solo mediante una asignación que priorice la autonomía local será posible mitigar los vacíos de poder en regiones como el Cuerno de África y reducir la vulnerabilidad estructural que ha perpetuado la dependencia externa.
La experiencia en el continente africano sugiere que la ayuda externa enfrenta con frecuencia cuellos de botella institucionales y debilidades en la gobernanza local. Según autores como Easterly (2006), la falta de controles rigurosos permite que los flujos financieros se diluyan antes de impactar el tejido social. En consecuencia, maximizar el retorno social de estos fondos requiere fortalecer la trazabilidad y la rendición de cuentas. De lo contrario, se perpetúa la paradoja de la cooperación, en la que la brecha entre el compromiso financiero y el beneficio comunitario real permanece abierta.
Para asegurar la viabilidad de la seguridad sanitaria global, es necesario transitar de un modelo de asistencia unilateral hacia uno de corresponsabilidad estratégica. En este sentido, la continuidad de programas vitales como PEPFAR y la Iniciativa Presidencial contra la Malaria (PMI) debe protegerse de la volatilidad presupuestaria de un solo Estado. Esto evitaría que la estabilidad de millones de personas quede supeditada a decisiones políticas coyunturales en Washington.
Bajo esta lógica, cualquier reducción en la participación estadounidense debe gestionarse dentro de un marco de multilateralismo activo, en el que actores como la Unión Europea, las Naciones Unidas y la Unión Africana, junto con potencias emergentes, asuman compromisos financieros y operativos compartidos. Esto permitiría consolidar una arquitectura de cooperación más diversificada y resiliente.
Esta transición hacia la multilateralidad no solo diversificaría las fuentes de financiamiento, sino que también funcionaría como un mecanismo de blindaje operativo para los programas de USAID frente a la volatilidad política interna de Estados Unidos. En términos estratégicos, este modelo permitiría transformar la dependencia asistencial en una arquitectura de cooperación técnica alineada con estándares internacionales de derechos humanos.
Al descentralizar la responsabilidad financiera, se fortalece la seguridad global mediante sistemas de colaboración sostenida que garantizan la continuidad de los servicios básicos, independientemente de las reconfiguraciones presupuestarias unilaterales.
En última instancia, lo que está en juego es el bienestar de millones de personas en África Oriental y la credibilidad de USAID como pilar de la asistencia humanitaria. La capacidad de este organismo para adaptarse a las nuevas condiciones determinará no solo el futuro de la región, sino también la eficacia del sistema internacional para responder a los desafíos globales.

