Introducción
El estallido del conflicto armado directo entre Estados Unidos e Israel contra Irán transformó una tensión diplomática en una confrontación bélica de consecuencias impredecibles. Tras fracasar las negociaciones sobre el programa nuclear y misilístico iraní, la orden de Donald Trump del 28 de febrero de 2026 de iniciar la “Operación Furia Épica” (la mayor movilización militar desde 2003 contra Irak), coordinada con la “Operación Rugido de León” de Israel, marcó el inicio de una guerra abierta. Los ataques contra instalaciones estratégicas provocaron una respuesta inmediata de Teherán con la “Operación Promesa Verdadera 4”.
Este informe analiza la escalada militar del conflicto, el papel de aliados regionales como los países europeos y los Estados árabes, y el impacto potencial sobre la población civil y los mercados energéticos globales.
El Grupo de Investigación en Paz y Seguridad Internacional del CEERI busca contribuir a una comprensión integral de la intensidad del conflicto mediante el seguimiento y el análisis sistemático de cuatro dimensiones clave: 1) militar y operacional; 2) política y diplomática; 3) humanitaria y social; y 4) económica y energética.

- Situación Militar y Operacional
Esta dimensión del informe se enfoca en analizar y cuantificar la Escala de Magnitud de las Operaciones (EMO) en el conflicto entre Estados Unidos e Irán, priorizando el “cuántos y qué” se dispara/lanza y “desde dónde” (plataformas), más que la mera intención política. Se aplica un marco técnico y cuantificable que cubre los dominios convencionales (aéreo, terrestre y naval) e integra operaciones especiales y cibernéticas como factores de impacto estratégico.
Se evalúa campañas de supresión aérea, ataques de precisión, defensa en profundidad, guerra de enjambre y minado de chokepoints, además de incursiones limitadas y protección de bases. También incorpora acciones de sabotaje o saturación cibernética. El objetivo es medir volumen, intensidad, capacidad de respuesta y evolución de la confrontación en todos los dominios.
- Situación Político y Diplomática
Esta dimensión del informe analiza y evalúa cómo las declaraciones diplomáticas y las alianzas externas emitidas por actores directos y externos (Estados) condicionan o hacen evolucionar el conflicto entre Estados Unidos e Irán, incluyendo las manifestaciones de organismos internacionales, en particular el OIEA, la OPEP y la OIC.
Su medición se basa en la Matriz de Evolución Política (MEP), un índice mixto (cualitativo y cuantitativo) que determina si el entorno internacional tiende a mitigar o a agravar la confrontación. Se examinan, por tanto, los esfuerzos orientados a las conversaciones de paz, a las mediaciones y a las declaraciones de los actores afectados por el conflicto. Asimismo, se identifican los obstáculos y retos que dificultan el logro de un cese del fuego o de un acuerdo de paz.
- Situación Humanitaria y Social
Esta dimensión evalúa el impacto sobre la población civil y el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario (DIH) en el conflicto entre Estados Unidos e Irán. Emplea un Índice de Degradación Humanitaria (IDH) que sintetiza el costo humano y el riesgo jurídico internacional para medir el deterioro, identificar tendencias y estimar la probabilidad de sanciones o responsabilidades penales.
Se registran víctimas civiles (fallecidos y heridos) y desplazamientos forzados, tanto internos (incluidos movimientos hacia los montes Zagros) como externos hacia Turquía, Irak y Pakistán. También examina daños a la infraestructura crítica (electricidad, agua, hospitales y telecomunicaciones) y posibles violaciones del DIH, incluido el trato a prisioneros conforme a los Convenios de Ginebra.
- Situación Económica y Energética
Esta dimensión actúa como análisis del motor de presión global del conflicto, afectando especialmente a la economía mundial a través del Estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Para evaluar si la crisis permanecerá de carácter regional o se transformará en un shock energético global con efectos inflacionarios y financieros, se emplea el Índice de Shock Económico (ISE).
Se analizarán las variables, de cantidad de buques comerciales; porcentaje de desvíos de ruta (por ejemplo, circunnavegación por el sur de África) y los costos asociados a posibles interrupciones; y el incremento de la volatilidad en los precios de los commodities energéticos, en particular del petróleo (Brent/WTI) y del gas natural licuado (GNL).
Resumen de situaciones
| Dimensión | Indicador Operacionalizado | Intensidad del Conflicto |
| 1. Dimensión Militar y Operacional | Operaciones Terrestres + Aéreas + Navales + Especiales | (…)🔴Extrema Intensidad |
| 2. Dimensión Político y Diplomática | Actores directos + Actores Externos + ORG Inter | 🟠 Alta Intensidad |
| 3. Dimensión Humanitaria y Social | Víctimas y Desplazados + Infraestructura Crítica + Violaciones al DIH | 🔴Extrema Intensidad |
| 4. Dimensión Económica y Energética | Cantidad de Buques Comerciales + Desvío de Tránsito + Commodities Energéticas | 🟠 Alta Intensidad |
| Dimensión | Descripción | Intensidad del Conflicto |
| 1. Dimensión Militar y Operacional | Se registraron operaciones multidominio de EEUU e Israel, centradas en ataques aéreos, navales y cibernéticos en Irán y el Golfo Pérsico contra 15.000 objetivos.
Irán lanzo 3.000 misiles y drones contra infraestructuras estratégicas de EEUU e Israel en todo Medio Oriente. Mientras que, las operaciones terrestres por ambos bandos fueron nulas. |
🔴Extrema Intensidad |
| 2. Dimensión Político y Diplomática | La escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán estuvo dominada por una retórica agresiva de sus actores internos, centrada en la justificación militar, la disuasión y la represalia.
Avances limitados se registraron en iniciativas de mediación impulsadas por potencias globales y en la contención diplomática europea, con un enfoque defensivo sin intervención directa. Las organizaciones internacionales actuaron como mecanismos de contención técnica y económica sin lograr frenar la dinámica de escalada. |
🟠 Alta Intensidad |
| 3. Dimensión Humanitaria y Social | La situación humanitaria mostró un deterioro estructural acelerado a escala regional:
Se registraron más de 1.690 muertos, 17.000 heridos y más de 5,4 millones de desplazados. El colapso de hospitales, redes eléctricas y sistemas de agua degradó severamente las condiciones de supervivencia civil. Se evidenció una erosión crítica del DIH con ataques a infraestructura protegida y uso de armamento prohibido. |
🔴Extrema Intensidad |
| 4. Dimensión Económica y Energética | La crisis en el Estrecho de Ormuz provocó una parálisis del tráfico marítimo superior al 95%, reduciendo el flujo a niveles críticos.
Se reconfiguraron rutas globales, con desvíos hacia el Cabo de Buena Esperanza y uso intensivo del oleoducto saudí Petroline. Pero, la volatilidad del crudo elevó los precios hasta 115,54 dólares por barril (subida del 43%), consolidando una crisis energética global. |
🟠 Alta Intensidad |
Situación Militar y Operacional
| Dimensión Militar y Operacional | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Terrestre | 🟢 Magnitud Nula
0 |
1622
(-3) |
🔴Extrema Intensidad |
| Aérea | 🔴Magnitud Máxima
1083 (-3) |
||
| Naval | 🔴 Magnitud Máxima
449 (-3) |
||
| Especial | 🟠Magnitud Alta
90 (-2) |
||
Entre el 28 de febrero y el 15 de marzo de 2026, la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán escaló a una campaña multidominio centrada en Operaciones Aéreas y Navales, así como en menor medida Especiales. Realizaron ataques aéreos de precisión, salvas de misiles y enfrentamientos navales en Medio Oriente, el Golfo Pérsico y el norte del Índico. Washington y Tel Aviv ejecutaron incursiones coordinadas contra centros de mando, bases militares e infraestructura estratégica iraní mediante bombarderos estratégicos B-2 y B-1, cazas F-35 y F-15, misiles de crucero Tomahawk y Storm Shadow.
En paralelo, la flota estadounidense atacó bases navales, buques de guerra iraníes y áreas de minado costero. Teherán respondió con miles de misiles balísticos y drones contra bases militares occidentales, terminales energéticas y tráfico comercial en el estrecho de Ormuz. Estimaciones oficiales indican que la coalición entre EE.UU. e Israel alcanzó cerca de 15.000 objetivos iraníes, mientras Irán lanzó unos 3.200 misiles y UAV contra Israel y bases estadounidenses en Medio Oriente.
Por último, Irán ejecutó ciberataques externos de disrupción contra aliados de EE.UU.-Israel, mientras estos lanzaron operaciones internas de alta sofisticación para aislar y paralizar sistemas iraníes, configurando una guerra híbrida digital intensa.
Operaciones Aéreas
Estados Unidos e Israel lanzaron una campaña aérea de extrema intensidad que combinó decapitación estratégica, ataques contra infraestructura nuclear y una guerra de salvas con misiles balísticos y drones para degradar la capacidad de represalia iraní. La campaña aérea tuvo cuatro rasgos definitorios: la búsqueda de parálisis sistémica por eliminación de nodos de mando; la integración de plataformas furtivas y bombarderos estratégicos de largo alcance; y el uso masivo de misiles balísticos y cruceros.
El 28 de febrero, a las 08:10 hora local, la coalición ejecutó la fase inicial: una salva combinada de misiles de crucero y ataques con aviones furtivos dirigida a centros de mando en Teherán, con impactos sobre edificios gubernamentales y cuarteles del cuerpo de élite. Según la cronología operativa, en esa jornada fueron neutralizados enlaces de comunicación y gran parte del aparato de coordinación central, produciendo un apagón de comunicaciones que facilitó ataques subsecuentes durante las primeras 48 horas. Momento en el que también, el líder supremo de Irán, Alí Jamenei, junto a gran parte de la cúpula política y militar del país fueron asesinados, en el complejo residencial de Jamenei en Teherán.
Entre el 1 y el 5 de marzo la campaña se desplazó hacia la infraestructura de misiles y los nodos industriales que sostenían la producción y el transporte de vectores balísticos. Bombarderos furtivos B-2 y B-1 ejecutaron ataques profundos contra depósitos endurecidos y centros de ensamblaje; simultáneamente, cazas furtivos de quinta generación F-35 proporcionaron la colocación de sensores y la guía de municiones de precisión de pequeño diámetro para minimizar daños colaterales en zonas urbanas densas. En este periodo la coalición concentró esfuerzos en degradar redes satelitales y centros de comando redundantes para impedir el reemergente control regional de lanzamientos de salvas de misiles.
La segunda semana la superioridad aérea se fue consolidando (en algunos sectores) mediante el empleo de drones merodeadores LUCAS (copia del Shahed-136 iraní) y sistemas de fusión de IA, que redujeron el tiempo entre detección y respuesta a menos de cinco minutos en muchos casos. Esto permitió localizar lanzadores móviles y columnas logísticas y neutralizarlas antes de su reorientación. No obstante, Irán mostró adaptación táctica: lanzó oleadas de misiles de corto y medio alcance y desplegó enjambres de drones suicidas (Shahed y variantes) para saturar las defensas multicapa, obligando a la coalición a agotar interceptores costosos y a priorizar objetivos según el riesgo de réplica inmediata.
Los episodios más relevantes fueron: el 28 de febrero, las salvas iniciales combinadas (misiles de crucero y ataques furtivos) contra nodos de mando en Teherán; el 1 de marzo, ataques a depósitos navales y plataformas de drones en Bandar Abbas, que redujeron las capacidades de proyección marítima; el 6 de marzo, oleadas balísticas iraníes contra bases en la península y la destrucción de radares de gran altitud, lo que redujo la cobertura estratégica; el 13 de marzo, una operación aérea concentrada contra la isla de Kharg en la que se atacaron depósitos de minas navales y búnkeres logísticos, degradando severamente la capacidad de sostenimiento; y entre el 14 y 15 de marzo, la introducción por parte de Irán de vectores hipersónicos y nuevos misiles de alcance extendido, junto con misiles de racimo incrementaron la complejidad del problema defensa-ataque.
Técnicamente, la coalición demostró eficacia contra objetivos estáticos y reforzados, pero enfrentó limitaciones frente a amenazas distribuidas y de bajo coste: enjambres de drones y misiles tácticos que redujeron las probabilidades de intercepción, lo que obligó a buscar soluciones más económicas y escalables (energía dirigida israelí y drones interceptores ucraníanos). Además, se retiraron unidades clave del Asia-Pacífico, como el sistema de defensa antimisiles THAAD (Terminal High Altitude Area Defense), baterías Patriot (MIM-104), interceptores y radares AN/TPY-2, desde Corea del Sur hacia Oriente Medio.
En términos de efectos operativos, la coalición degradó fuertemente las capacidades de mando, destruyó centros nucleares en superficie y redujo la masa de misiles convencionales disponibles; sin embargo, Irán mantuvo capacidad de represalia suficiente para sostener campañas de saturación que afectaron infraestructuras regionales y la estabilidad del espacio aéreo en el Golfo.

Operaciones Navales
La campaña de guerra naval fue de extrema intensidad entre Estados Unidos e Irán, desarrollándose en el Golfo Pérsico, el Estrecho de Ormuz y el norte del océano Índico. Las operaciones comenzaron el 28 de febrero con una ofensiva estadounidense destinada a destruir la infraestructura naval iraní y neutralizar su capacidad de cerrar el estrecho. Ese día, destructores y submarinos estadounidenses lanzaron misiles de crucero contra la base naval de Bandar Abbas, causando daños severos en instalaciones portuarias y centros de mando. Paralelamente, la aviación embarcada atacó unidades de la flota iraní, entre ellas la fragata “Jamaran”, alcanzada mientras se encontraba cerca del puerto de Chabahar.
Irán respondió ese mismo día con ataques desde su red de defensa costera. Baterías de misiles balísticos anti-buque intentaron alcanzar al portaaviones USS Abraham Lincoln, aunque los proyectiles fueron interceptados por los escoltas del grupo de combate. También comenzaron los ataques contra buques comerciales vinculados a Occidente, con impactos sobre petroleros y cargueros en diferentes puntos del Golfo.
El 1 de marzo, Estados Unidos amplió los ataques contra la infraestructura naval iraní. En una serie de bombardeos de precisión fueron alcanzados el buque base “Makran” y el porta-drones “Shahid Bagheri” en Bandar Abbas, este último destruido. Estos ataques representaron un golpe importante para la capacidad iraní de operar drones desde el mar. Mientras tanto, Irán intensificó su campaña contra el tráfico marítimo mediante drones kamikazes y navales, dañando varios petroleros que transitaban cerca del Estrecho de Ormuz.
El 2 de marzo el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica anunció el cierre del Estrecho de Ormuz, respaldado por ataques con drones y misiles contra petroleros y terminales energéticas. En los días siguientes se multiplicaron los incidentes contra buques mercantes, mientras las fuerzas estadounidenses iniciaron operaciones para localizar y destruir las plataformas utilizadas por Irán para el minado naval.
El 4 de marzo se produjo uno de los golpes navales más significativos de la campaña cuando un submarino estadounidense hundió a la fragata iraní “Dena” en el océano Índico, cerca de Sri Lanka. El hecho evidenció que el conflicto se extendía más allá del Golfo Pérsico e involucraba rutas marítimas más amplias utilizadas por Irán para desplegar sus buques.
Entre el 5 y el 10 de marzo la campaña entró en una fase de desgaste centrada en impedir el minado del Estrecho de Ormuz. El 5 de marzo, misiles Tomahawk lanzados desde el destructor USS Thomas Hudner destruyeron complejos militares utilizados para operar baterías de misiles costeros. El 10 de marzo, en una de las operaciones más importantes del conflicto, fuerzas navales y aéreas estadounidenses interceptaron y destruyeron 16 embarcaciones iraníes dedicadas al despliegue de minas navales antes de que pudieran cerrar los canales de navegación. Ese mismo día continuaron los ataques iraníes contra buques comerciales, con impactos en varios cargueros y graneleros que transitaban el Golfo.
La fase final del período analizado comenzó el 11 de marzo con una escalada en el uso de sistemas autónomos. Irán lanzó drones navales cargados con explosivos contra petroleros, dañando buques cerca de Basora y durante operaciones de transferencia de petróleo entre barcos. Ese mismo día helicópteros embarcados en el USS Abraham Lincoln destruyeron una patrullera iraní después de que el cañón principal del buque presentará una falla técnica durante el enfrentamiento.
El 13 de marzo Estados Unidos llevó a cabo una de las mayores operaciones de ataque de la campaña contra objetivos navales y militares en la isla iraní de Kharg. Aviones embarcados lanzaron bombas guiadas y misiles contra más de 90 instalaciones, incluidos depósitos de minas navales y búnkeres de misiles costeros. Ese mismo día se produjo otro hecho inédito cuando sistemas de artillería HIMARS dispararon misiles balísticos supersónicos ATACMS y PrSM contra objetivos navales iraníes, destruyendo varios buques en puerto y hundiendo un submarino iraní, marcando el primer uso confirmado de misiles balísticos terrestres contra blancos navales en este conflicto.
El 14 de marzo, Irán respondió con ataques con drones contra el puerto petrolero de Fujairah, en los Emiratos Árabes Unidos, provocando incendios menores pero demostrando su capacidad para atacar infraestructuras energéticas regionales.
Para el 15 de marzo, aunque gran parte de la flota de superficie iraní había sido destruida o dañada, la amenaza de minas, drones y misiles costeros seguía afectando la navegación en el Estrecho de Ormuz. El elevado número de lanchas militares y de los minisubmarinos clase “Shahid” mantenía paralizado gran parte del tráfico petrolero internacional, evidenciando que, pese a la superioridad naval estadounidense, Irán aún conservaba capacidad para sostener una guerra marítima de desgaste.
El escenario naval continúa escalando tras tres declaraciones del Pentágono. En primer lugar, se prepara el envío de un tercer portaaviones a la región: el USS George H.W. Bush (CVN-77), destinado a operar en el Mediterráneo oriental, mientras el USS Gerald R. Ford (CVN-78) permanece en el Mar Rojo y el USS Abraham Lincoln (CVN-72) opera en el Mar Arábigo, al sur de Omán.
En segundo lugar, se ordenó el despliegue de la 31.ª Unidad Expedicionaria de Marines, unos 2.500 efectivos del centro de combate aeroterrestre del Cuerpo de Marines desde Twentynine Palms, California, hacia Oriente Medio. En tercer y último lugar, se anunció el envío de unidades navales adicionales de un Grupo de Prontitud Anfibio, compuesto por el buque de asalto anfibio USS Tripoli (LHA-7), y dos buques de transporte anfibios, el USS New Orleans (LPD-18) y el USS San Diego (LPD-22).

Operaciones Especiales
En el contexto de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, se desarrolló una campaña de ciberoperaciones con dos direcciones claramente diferenciadas: una ofensiva externa iraní de carácter asimétrico y una campaña interna altamente sofisticada liderada por Washington y Tel Aviv.
Por un lado, Irán y sus proxies (vinculados al MOIS y al IRGC) ejecutaron ataques fuera de su territorio contra Israel, países del Golfo y objetivos occidentales. Desde el inicio del conflicto, desplegaron oleadas de DDoS (Denegación de Servicio Distribuido, es decir, bloquear el acceso) y Defacements (Desfiguraciones, como alterar el contenido) contra bancos, aeropuertos y sistemas gubernamentales, además de intrusiones en infraestructuras críticas como redes de agua y combustible.
A comienzos de marzo, la actividad se intensificó, incluyendo la detección de células durmientes en Qatar preparadas para espionaje y sabotaje. El punto máximo se registró entre el 10 y el 13 de marzo, cuando el grupo Handala Hack eliminó cientos de miles de sistemas, exfiltró grandes volúmenes de datos y desplegó malware destructivo contra sectores clave. Estas operaciones, de complejidad media, buscaron generar disrupción económica y psicológica.
En contraste, Estados Unidos e Israel concentraron sus esfuerzos dentro de Irán mediante operaciones de alta sofisticación. Lograron reducir la conectividad nacional a mínimos, infiltraron sistemas de vigilancia urbana para obtener inteligencia en tiempo real y sabotearon telecomunicaciones para afectar el mando y control militar. También tomaron control de aplicaciones móviles populares para difundir desinformación y desplegar herramientas de espionaje masivo. Paralelamente, atacaron sistemas industriales críticos y ejecutaron interferencias electrónicas sobre radares y comunicaciones.
En conjunto, mientras Irán priorizó volumen y disrupción externa, Estados Unidos e Israel aplicaron una estrategia de precisión interna orientada a paralizar al adversario, configurando una fase de guerra híbrida digital de alta intensidad.

Situación Político y Diplomático
| Dimensión Político y Diplomática | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Actores Directos | 🔴 Retroceso Mayor (-2) | -1 | 🔴Impacto Extremo |
| Actores Externos | 🟠 Retroceso Menor (-1) | ||
| ORG Internacional | 🟡Avance Menor (+1) | ||
El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciado el 28 de febrero de 2026, configuró rápidamente un escenario de escalada multidimensional donde convergieron actores internos, externos y organizaciones internacionales con respuestas diferenciadas. En el plano interno, las declaraciones de líderes como Donald Trump, Benjamin Netanyahu y las autoridades iraníes tras la muerte de Ali Jamenei reflejaron una retórica predominantemente agresiva, basada en la justificación militar, la disuasión y la represalia.
En paralelo, actores externos, especialmente el bloque europeo, adoptaron una postura defensiva y diplomática, buscando contener la expansión del conflicto sin involucrarse ofensivamente. A nivel global, potencias como Rusia y China impulsaron iniciativas de mediación, mientras los Estados del Golfo enfrentaron directamente el impacto de las represalias iraníes.
Finalmente, organismos como el OIEA, la OPEP y la OIC actuaron como mecanismos de contención técnica, económica y diplomática, contribuyendo a limitar una escalada aún mayor.
Actores Internos
El conflicto iniciado entre Estados Unidos, Israel e Irán estuvo acompañado por una intensa guerra de declaraciones, dominada por una retórica agresiva y justificatoria de la acción militar. La ofensiva inicial, que incluyó ataques a instalaciones nucleares y el asesinato del líder supremo Ali Jamenei, marcó el tono de una narrativa basada en la “legitimidad preventiva” por parte de Washington y Tel Aviv, frente a la “defensa soberana” esgrimida por Teherán. En términos generales, no hubo propuestas sólidas de alto el fuego, y los escasos intentos de diálogo fueron breves, tácticos o rápidamente descartados.
En el caso de Estados Unidos, el presidente Donald Trump lideró una comunicación altamente confrontativa durante los primeros días. Justificó los ataques señalando la amenaza del programa nuclear iraní y prometió la destrucción total de sus capacidades militares, incluyendo misiles y fuerzas navales. Sus declaraciones incluyeron llamados directos a la población iraní para derrocar al régimen y advertencias explícitas a la Guardia Revolucionaria. Hacia inicios de marzo, su discurso evolucionó hacia proclamaciones de victoria, afirmando que Irán había sido derrotado militarmente y que la guerra estaba “prácticamente terminada”. Aunque mencionó intentos previos de negociación, rechazó cualquier diálogo posterior y exigió la rendición incondicional del régimen iraní.
Israel, bajo el liderazgo del primer ministro Benjamin Netanyahu, mantuvo una línea coherente centrada en la eliminación de lo que describió como una amenaza existencial. La operación fue presentada como una acción preventiva necesaria para impedir que Irán reconstruyerá su programa nuclear y de misiles.
Netanyahu combinó mensajes de fuerza con llamados dirigidos a la población iraní para impulsar un cambio de régimen, sugiriendo la posibilidad de un futuro de cooperación entre ambos países en un escenario post-islámico. Sin embargo, descartó cualquier posibilidad de negociación con Teherán, calificando sus propuestas como engañosas y orientadas a ganar tiempo. La estrategia comunicacional israelí reforzó la idea de una campaña prolongada sin concesiones diplomáticas.
Por su parte, Irán reaccionó inicialmente con una retórica de condena y represalia inmediata. Tras la muerte de Jamenei, el liderazgo interino y posteriormente Mojtaba Jamenei adoptaron una postura de resistencia activa. Las autoridades iraníes calificaron los ataques como una violación del derecho internacional y anunciaron operaciones de represalia a gran escala contra Israel, bases estadounidenses y objetivos regionales. La amenaza de cerrar el Estrecho de Ormuz se convirtió en un eje central de presión. Aunque el presidente Masoud Pezeshkian introdujo breves gestos de contención (como disculpas a países vecinos y ofertas condicionales de suspender ataques), estos no derivaron en procesos de negociación sostenidos. Con la consolidación del nuevo liderazgo, la retórica volvió a endurecerse.
En conjunto, las declaraciones de los tres actores reflejan una dinámica de escalada más que de contención. Estados Unidos e Israel combinaron justificación estratégica con mensajes de victoria y cambio de régimen, mientras Irán enfatizó la defensa y la represalia. La ausencia de canales diplomáticos efectivos y el predominio de narrativas maximalistas consolidaron un escenario de confrontación abierta. Hasta el 15 de marzo, el conflicto se mantuvo bajo la lógica de “primero la fuerza, luego el diálogo”, sin avances hacia un alto el fuego formal y con una evolución aún incierta.

Actores Externos
Europa no participó en operaciones ofensivas, pero enfrentó tensiones crecientes debido a ataques contra instalaciones propias y al impacto de una incipiente crisis energética. En este contexto, el posicionamiento europeo, especialmente de Francia, Reino Unido y Alemania, denominados como “E3”, se mantuvo alineado en términos generales.
Los tres países condenaron los ataques iraníes como desproporcionados, atribuyendo a Teherán la responsabilidad principal de la escalada, aunque subrayaron que no participaron ni fueron consultados sobre los ataques iniciales de Washington y Tel Aviv. Reiteraron su llamado a una solución negociada y a la reanudación de esfuerzos diplomáticos para contener el programa nuclear iraní. Emmanuel Macron cuestionó la base jurídica de la ofensiva estadounidense-israelí, pero respaldó medidas defensivas proporcionadas. Francia desplegó el portaaviones Charles de Gaulle en el Mediterraneo y cazas Rafale en Emiratos Árabes Unidos para proteger sus activos tras ataques en Abu Dabi, además de reforzar su presencia en Chipre.
Por su parte, el primer Ministro del Reino Unido, Keir Starmer condenó enérgicamente la ofensiva iraní y autorizó el despliegue de medios navales y aéreos hacia el Mediterráneo, manteniendo un rol estrictamente defensivo. Friedrich Merz, canciller de Alemania, adoptó una postura más cautelosa respecto a la legalidad de los ataques iniciales, pero reforzó defensas en bases en Irak y Jordania.
Uno de los focos más sensibles fue Chipre, donde la base británica de Akrotiri fue atacada por drones iraníes a comienzos de marzo. Este episodio desencadenó una respuesta coordinada de varios países europeos, que enviaron fragatas, aeronaves de combate y sistemas de defensa aérea para proteger infraestructuras críticas, mientras el gobierno chipriota insistía en su neutralidad. Ataques similares se registraron contra instalaciones en Abu Dabi, Erbil y Al Azraq, lo que obligó a evacuaciones masivas de personal militar y civil, incluyendo miles de ciudadanos franceses. En todos los casos, la respuesta europea se limitó a la defensa activa sin escalada ofensiva.
En el plano global, Rusia y China condenaron los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel. Vladimir Putin calificó la operación como una violación del derecho internacional y ofreció mediación directa, mientras Xi Jinping impulsó un alto el fuego inmediato y propuso canales diplomáticos alternativos. Ambos actores aprovecharon la crisis para cuestionar el unilateralismo occidental, aunque sin involucramiento militar directo. Narendra Modi mantuvo una posición ambigua, evitando condenar los ataques iniciales pero criticando la respuesta iraní, en línea con su estrategia de equilibrio entre Occidente y sus vínculos energéticos con Teherán.
Los Estados árabes del Golfo, incluyendo Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, respaldaron implícitamente las operaciones iniciales al permitir el uso de bases estadounidenses, pero se convirtieron rápidamente en blancos de represalias iraníes. Miles de proyectiles impactaron infraestructuras críticas, obligando al cierre temporal de espacios aéreos y a intensificar defensas antimisiles. A pesar de condenar a Irán, estos países evitaron una implicación directa mayor y priorizaron la estabilidad regional, incluso rechazando el uso de su territorio para nuevas ofensivas.
En paralelo, los grupos alineados con Irán mostraron una activación limitada. Los hutíes en Yemen emitieron amenazas contra la navegación, mientras Hezbollah mantuvo una respuesta contenida de ataques pese a ataques israelíes más intensos en el sur del Líbano. Milicias en Irak realizaron acciones aisladas sin una movilización masiva, reflejando una capacidad reducida para alterar el equilibrio estratégico.
En el ámbito diplomático, los esfuerzos por contener la escalada no lograron avances significativos. Europa insistió en retomar negociaciones, Rusia y China ofrecieron mediación y actores regionales presionaron por un alto el fuego, pero la dinámica militar prevaleció. La crisis en el Estrecho de Ormuz y la cuestión nuclear iraní permanecen como ejes centrales sin resolución, en un escenario marcado por divisiones globales, respuestas defensivas y una escalada que continúa evolucionando rápidamente.

Organizaciones Internacionales
Los organismos como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y la Organización para la Cooperación Islámica (OIC) adoptaron roles técnicos, económicos y diplomáticos, actuando más como factores de contención que de escalada.
El OIEA desempeñó un papel central al proporcionar la base técnica del conflicto. Su informe previo al ataque señaló que no podía verificar la suspensión de actividades nucleares iraníes ni acceder a inventarios de uranio enriquecido, generando incertidumbre sobre una posible capacidad de armamento. Esta opacidad fue utilizada por Washington y Tel Aviv para justificar los ataques. Sin embargo, tras la ofensiva, el director general Rafael Grossi afirmó que no había evidencia de daños significativos en instalaciones nucleares ni aumento de radiación, y enfatizó la necesidad de retomar la diplomacia. El OIEA mantuvo así su rol técnico e imparcial, centrado en la seguridad radiológica y la verificación.
Por su parte, la OPEP actuó como estabilizador del mercado energético. Frente al riesgo de interrupción en Ormuz (clave para el 20% del suministro global), el bloque acordó un aumento limitado de producción. Aunque insuficiente para compensar plenamente la disrupción, la medida buscó contener la volatilidad de precios sin politizar el petróleo. Países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos priorizaron la estabilidad global, evitando usar la energía como herramienta de presión hasta el momento.
Finalmente, la OIC adoptó un enfoque político-diplomático moderado. Antes del conflicto, advirtió contra el uso de la fuerza y defendió la soberanía iraní, pero tras los ataques evitó encuadrar la crisis como una guerra religiosa. No promovió movilizaciones masivas ni acciones coordinadas, manteniendo un tono centrado en el diálogo y la cuestión palestina.
En conjunto, estas organizaciones contribuyeron a limitar la escalada: el OIEA desde la verificación técnica, la OPEP desde la estabilidad energética y la OIC evitando una dimensión religiosa del conflicto, mientras persisten los llamados a negociaciones sin avances concretos.

Situacion Humanitaria y Social
| Dimensión Político y Diplomática | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Víctimas y Desplazados | 🔴Gravedad Extrema (-3) | -3 | 🔴Extrema Intensidad |
| Infraestructura Crítica | 🔴Gravedad Extremo (-3) | ||
| Violaciones al DIH | 🔴Gravedad Extremo (-3) | ||
El balance de víctimas y desplazados en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán entre el 28 de febrero al 15 de marzo de 2026, expone una crisis humanitaria de escala regional, donde la noción de inmunidad civil ha colapsado de forma evidente. El punto de quiebre se registró en Minab (Irán), con el ataque a una escuela primaria que dejó más de un centenar de niños muertos, anticipando una campaña de alta letalidad que en Irán acumula 1.690 fallecidos y más de 17.000 heridos, junto a 3,2 millones de desplazados hacia la Cordillera de los Zagros.
Esta presión humana se ve agravada por el colapso de servicios esenciales: hospitales, redes eléctricas, plantas de agua y telecomunicaciones han sido sistemáticamente degradados, como en Teherán y el eje de Beirut Sur–Bekaa en Líbano, donde la destrucción sanitaria y energética ha convertido el desplazamiento en una huida hacia entornos sin capacidad de supervivencia básica.
En paralelo, el empleo de municiones de racimo, fósforo blanco y ataques a infraestructura protegida evidencian una erosión crítica del Derecho Internacional Humanitario (DIH), amplificada por incidentes como la “lluvia tóxica” tras ataques energéticos, que dejo a Teherán bajo cielo negro. Con más de 5,4 millones de desplazados y miles de civiles muertos, la guerra configura un escenario donde la violencia cinética, la asfixia estructural y la transgresión normativa operan de forma simultánea, trasladando el peso del conflicto casi exclusivamente a la población civil.
Víctimas y Desplazados
El mapa del Medio Oriente se ha transformado en un vasto escenario de asimetría y dolor, donde el cálculo de víctimas y desplazados ha dejado de ser una métrica estadística para convertirse en una evidencia irrefutable del colapso de la inmunidad civil. El conflicto inició con un hecho muy triste en la provincia de Hormozgan, donde el ataque a una escuela primaria en Minab segó la vida de al menos 168 niños, marcando el preludio de una quincena en la que Irán acumularía 1.690 fallecidos y más de 17.000 heridos.
Esta letalidad ha empujado a una masa humana de 3.2 millones de personas a buscar refugio en la escarpada Cordillera de los Zagros, una geografía que, aunque ofrece protección natural contra los ataques aéreos, condena a los desplazados a condiciones de supervivencia extremas.
Simultáneamente, el frente libanés ha experimentado una degradación humanitaria de una velocidad alarmante, donde la densidad poblacional de Beirut Sur y el valle de la Bekaa ha exacerbado el impacto de los bombardeos isralies. En apenas quince días, Líbano ha registrado más de 1.100 muertes civiles y un desplazamiento masivo de 667.000 personas, entre ellos 200.000 niños, lo que representa una quinta parte de su población nacional en movimiento errante hacia el norte o hacia Siria.
Simultáneamente a este colapso interno, las fronteras internacionales han comenzado a registrar la presión de quienes buscan una salida definitiva. Hacia mediados de marzo, cerca de 14.300 personas, entre iraníes y libaneses, habían logrado cruzar al extranjero, enfrentando la precariedad de los trámites de asilo y la posibilidad de xenofobia en territorios desconocidos. Los flujos hacia Turquía registraron unas 6.500 personas en los días iniciales, mientras que las fronteras con Irak y Pakistán recibieron a unos 20.000 y 5.000 refugiados respectivamente.
Esta marea humana se cruza con un fenómeno inesperado en la Península Arábiga: la evacuación casi masiva de Baréin, donde tras un ataque a un edificio residencial que dejó 80 víctimas, más de 100.000 personas abandonaron el archipiélago en un estado de pánico sistémico.
Este desplazamiento masivo en el Golfo, sumado a las bajas por restos de misiles en los Emiratos Árabes Unidos y ataques en Siria y Jordania, dibuja una crisis regional donde la seguridad habitacional ha desaparecido.
En agudo contraste, el territorio israelí, aunque bajo el fuego constante de misiles hipersónicos y drones que han dejado un saldo de 2.000 heridos y 23 fallecidos, no ha registrado desplazamientos masivos de población, evidenciando una brecha tecnológica y de infraestructura defensiva que traslada casi la totalidad del costo humano del conflicto hacia los centros urbanos de Irán y el Levante.
Al cierre de este periodo, la suma de más de 5.4 millones de seres humanos desplazados y miles de bajas civiles en múltiples naciones constituye el testimonio más fehaciente de una guerra entre ambos bandos que han ignorado sistemáticamente las líneas rojas del Derecho Internacional Humanitario.

Infraestructura crítica
El conflicto ha derivado rápidamente en un desmantelamiento sistemático de los soportes vitales civiles. La infraestructura crítica ha pasado de ser un entorno protegido a convertirse en el epicentro de la degradación humanitaria, afectando la capacidad de supervivencia en Irán, Líbano y en la Península Arábiga.
En Irán, la ofensiva inicial del 28 de febrero marcó un episodio devastador con el impacto en el Hospital Gandhi de Teherán y una caída del 54% en la conectividad a internet. Para el 2 de marzo, el aeropuerto de Mehrabad y depósitos de petróleo presentaban daños inhabilitantes, escalando a más de 600 infraestructuras civiles afectadas hacia el 3 de marzo. La estrategia de «objetivos duales» alcanzó su punto crítico el 7 de marzo, cuando el colapso de la red eléctrica en el 10% del país desconectó plantas potabilizadoras en el sur y saturó la telemedicina. Esta erosión culminó el 11 de marzo con apagones continuos y hospitales operando al límite técnico debido a ciberataques sistémicos a las redes de distribución.
En el frente libanés, la destrucción ha seguido una trayectoria de asfixia sanitaria. Desde el 2 de marzo, los bombardeos en Beirut y el este iniciaron una cadena de daños que culminaron el 7 de marzo con la destrucción total de dos hospitales y plantas de agua en el valle de la Becá. Para mediados de mes, la geografía de servicios estaba fragmentada: las telecomunicaciones en el norte fueron eliminadas el 8 de marzo y las plantas eléctricas principales quedaron reducidas a escombros el día 12, derivando en una escasez de agua crítica que forzó a los desplazados a consumir fuentes no tratadas.
Esta crisis se replicó con matices quirúrgicos en los Estados Árabes, donde la infraestructura de desalinización en Baréin y las plantas de gas en Qatar sufrieron interrupciones que amenazan la estabilidad hídrica y energética regional. Por su parte, Israel experimentó cierres aeroportuarios persistentes y daños en redes eléctricas periféricas y un hospital tras la ola de misiles del 7 de marzo.

Violaciones al Derecho Internacional Humanitario
El conflicto entre EE.UU., Israel e Irán ha evidenciado una erosión sistémica del Derecho Internacional Humanitario (DIH). El registro de violaciones destaca el empleo de armamento restringido; se documentó el uso de fósforo blanco en áreas residenciales de Yohmor, Líbano, mientras que ambos bandos desplegaron municiones de racimo en zonas urbanas como Bnei Brak (Israel) e Isfahan (irán), dejando restos explosivos persistentes en calles y escuelas. Asimismo, ataques a infraestructura energética provocaron «lluvia tóxica negra» el 4 de marzo, violando las precauciones ambientales básicas.
La protección de la población civil colapsó trágicamente el 28 de febrero con el ataque a la escuela de Minab, donde un «triple impacto» de misiles causó la muerte de aproximadamente 175 personas, en su mayoría niñas de entre 7 y 12 años. Otros ataques documentados afectaron plantas de agua, hospitales y, hacia el 15 de marzo, convoyes humanitarios en el Líbano.
El patrimonio cultural sufrió daños irreversibles. La UNESCO confirmó afectaciones por ondas expansivas en el Palacio de Golestán (Teherán) y en estructuras de Isfahan, a pesar de que las coordenadas de estos sitios fueron compartidas con antelación para su protección. En el Líbano, bienes culturales en Tiro y áreas históricas también reportaron impactos entre el 8 y el 13 de marzo.
Finalmente, el trato a los prisioneros de guerra (POW) y detenidos civiles es crítico. Para el 15 de marzo, la ONU inició investigaciones sobre denuncias de tortura y violencia sexual en centros de detención iraníes. En el Líbano, se registraron posibles desapariciones forzadas el 10 de marzo. La denegación sistemática de acceso al Comité Internacional de la Cruz Roja constituye una violación directa de los Convenios de Ginebra.

Situación Económica y Energética
| Dimensión Económica y Energética | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Cantidad de Buques Comerciales | 🔴Impacto Extremo (-3) | -2 | 🟠 Alta Intensidad |
| Desvío de Tránsito | 🟡 Impacto Medio (-1) | ||
| Commodities Energéticas | 🟠Impacto Alto (-2) | ||
Entre el 28 de febrero y el 15 de marzo de 2026, el mercado energético y logístico global sufrió un colapso sistémico por la crisis en el Estrecho de Ormuz, marcando una degradación histórica de la seguridad regional en tres ejes. Primero, el tráfico en Ormuz experimentó una parálisis casi total. Tras una fase de estabilidad, el inicio del conflicto el 28 de febrero redujo el flujo un 24%. La escalada bélica y el aumento en los seguros de guerra desplomaron el tránsito a solo 18 buques el 2 de marzo, alcanzando niveles residuales de entre 1 y 5 buques diarios hacia la quincena, una interrupción superior al 95%.
Segundo, la inseguridad forzó una reconfiguración de rutas. El Canal de Suez operó al 50% de su capacidad, mientras el tráfico se desvió masivamente hacia el Cabo de Buena Esperanza, con picos de 86 cruces diarios. Arabia Saudita intentó mitigar el impacto usando el oleoducto Petroline hacia el Mar Rojo, elevando las escalas en Yanbu a más de 90 buques.
Finalmente, el crudo reaccionó con extrema volatilidad, disparándose de 70,07 a un pico de 115,54 dólares el 9 de marzo. Aunque cerró el viernes 13 en 100,40 dólares tras declaraciones de protección por parte de Donald Trump, el precio final se mantuvo un 43% por encima del nivel inicial.
Cantidad de Buques
El flujo marítimo en el Estrecho de Ormuz ha sufrido un colapso sin precedentes, pasando de una normalidad operativa a una parálisis casi total en menos de una semana según los registros entre el 27 de febrero y el 15 de marzo de 2026. Este fenómeno se desglosa en tres etapas críticas que marcan la degradación de la seguridad en la región.
El periodo inició con una fase de estabilidad el 27 de febrero, previo al conflicto, manteniendo un tráfico habitual de 100 buques y un impacto nulo en el tráfico marítimo. Sin embargo, la situación dio un giro abrupto el 28 de febrero, cuando la cifra cayó a 76 buques, por el inicio de la guerra, activando un nivel de impacto bajo. Esta reducción inicial del 24% marcó el fin de la confianza comercial, el inicio de desvíos masivos de rutas internacionales y el estancamiento de buques en el interior del Golfo Pérsico.
Posteriormente, entre el 1 y el 2 de marzo, se observó una degradación acelerada donde el tránsito se desplomó hasta los 18 buques diarios, lo que representa un impacto alto. Este desplome refleja un incremento drástico en las primas de seguros de guerra y la cancelación masiva de operaciones por parte de las principales navieras ante el conflicto armado.
Finalmente, desde el 3 hasta el 15 de marzo, la situación entró en un estado crítico y de bloqueo de facto, lo que elevó la situación a un impacto crítico. Durante trece días consecutivos, el tráfico se ha hundido a niveles residuales de entre 1 y 5 buques diarios. La ausencia total de petroleros de gran calado reportada por organismos como Starboard Intelligence confirma una interrupción superior al 95%. La persistencia de este nivel crítico implica un shock energético global, con aumentos proyectados superiores al 50% en los precios del crudo y una amenaza directa al producto interno bruto mundial debido al colapso sistémico de las exportaciones regionales.

Desvío de Tránsito
La crisis en el Estrecho de Ormuz ha provocado una reconfiguración sistémica de las rutas marítimas globales, desplazando el flujo comercial desde los corredores tradicionales de Oriente Medio hacia trayectos de larga distancia. La infraestructura logística se encuentra en un estado de degradación profunda, marcada por el abandono de los pasos críticos debido a la inseguridad extrema.
El Canal de Suez, cuya capacidad plena de diseño se sitúa históricamente entre 70 y 80 buques diarios, ha operado durante la primera quincena de marzo con un promedio de apenas 35 tránsitos. Esta caída, que supera el 50% del flujo habitual, evidencia una parálisis estructural en la arteria principal entre Oriente y Occidente. En fechas críticas como el 14 de marzo, el tránsito se desplomó a sólo 23 buques, lo que sitúa la crisis logística en niveles de impacto alto según el Índice de Shock Económico (ISE). De igual forma, el estrecho de Bab el-Mandeb, a pesar de registrar un repunte puntual de 26 cruces el 11 de marzo liderado por banderas de Liberia y Panamá, se mantiene muy por debajo de sus estándares de seguridad normales, forzando a petroleros y graneleros a evitar la zona por el riesgo de hostilidades.
Como respuesta directa a este bloqueo de facto en los corredores de Oriente Medio, el tráfico se ha desviado masivamente hacia el Cabo de Buena Esperanza. Esta ruta de escape africana ha pasado a ser la vía principal de navegación, sosteniendo un volumen promedio de 83 cruces diarios y alcanzando picos recientes de 86 tránsitos. Este desvío masivo, que incluye una alta concentración de portacontenedores y buques de crudo, confirma que la eficiencia logística ha sido sacrificada. El incremento drástico en los tiempos de navegación y la saturación de la ruta del Cabo validan un escenario de colapso operativo que ralentiza el comercio mundial.
Asimismo, se debe tener en cuentas que Arabia Saudita desvió parte de sus exportaciones al Mar Rojo mediante el oleoducto Petroline para evitar parte del riesgo en el Estrecho de Ormuz. De esta manera, las escalas de buques subieron de 58 a más de 90 en marzo de 2026, concentrando superpetroleros en Yanbu para asegurar el suministro global ante el bloqueo de rutas tradicionales.

Commodities Energéticas
El análisis del precio del petróleo entre el 28 de febrero y el 15 de marzo de 2026 muestra cómo el mercado energético reaccionó con violencia ante la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz. El periodo inició con un barril estable en 70,07 dólares, pero esta calma desapareció el 2 de marzo, cuando el precio saltó a 78,31 dólares. Este incremento del 11.76% marcó el inicio de una fase de presión económica constante, donde la incertidumbre sobre el suministro comenzó a encarecer los costos operativos globales.
Durante la primera semana completa de marzo, el crudo mantuvo una tendencia alcista ininterrumpida. Entre el 3 y el 6 de marzo, las subidas diarias oscilaron entre el 2,31% y el 8,72%, impulsando el valor del barril hasta los 96,33 dólares. En esta etapa, el mercado absorbió las noticias de la escalada bélica, reflejando un impacto moderado pero persistente que preparó el terreno para el momento de mayor volatilidad del conflicto.
El 9 de marzo se registró el evento más crítico para la economía mundial. El precio se disparó un 19,94% en una sola jornada, alcanzando los 115,54 dólares por barril. Este aumento superó ampliamente el umbral del 16%, señalando un estado de pánico financiero ante la posibilidad de un bloqueo total de las exportaciones regionales. Este pico de 115 dólares representó la máxima presión ejercida por la dimensión energética sobre el bolsillo del consumidor global.
Finalmente, el periodo cerró con una corrección significativa. A partir del 10 de marzo, el precio inició un descenso del 11.37% tras anunciarse medidas de protección para el tráfico marítimo. Los días 14 y 15 de marzo mostraron una estabilización total en 100,40 dólares. Aunque el precio final es un 43% superior al inicial, la ausencia de nuevos aumentos bruscos indica que el mercado ha logrado contener el shock económico inmediato.


