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Informe Nº2 – 16 al 29 de marzo de 2026

Grupo de Investigación de Paz y Seguridad Internacionales.

Gonzalo Gabriel Dinamarca –  Coordinador del Grupo de Investigación de Paz y Seguridad Internacional – Redactor de Situación Militar y Operacional; y Situación Económica y Energética.

Geri Giselle Lopez – Redactora de Situación Político y Diplomática.

Ivanna Duvara – Redactora de Situación Humanitaria y Social.

Hillary Samanta Villegas Gómez – Editora.

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Introducción 

El estallido del conflicto armado directo entre Estados Unidos e Israel contra Irán transformó una tensión diplomática en una confrontación bélica de consecuencias impredecibles. Tras fracasar las negociaciones sobre el programa nuclear y misilístico iraní, la orden de Donald Trump del 28 de febrero de 2026 de iniciar la “Operación Furia Épica” (la mayor movilización militar desde 2003 contra Irak), coordinada con la “Operación Rugido de León” de Israel, marcó el inicio de una guerra abierta. Los ataques contra instalaciones estratégicas provocaron una respuesta inmediata de Teherán con la “Operación Promesa Verdadera 4”.

Este informe analiza la escalada militar del conflicto, el papel de aliados regionales como los países europeos y los Estados árabes, y el impacto potencial sobre la población civil y los mercados energéticos globales.

El Grupo de Investigación en Paz y Seguridad Internacional del CEERI busca contribuir a una comprensión integral del conflicto mediante el seguimiento y el análisis sistemático de cuatro dimensiones clave: 1) militar y operacional; 2) política y diplomática; 3) humanitaria y social; y 4) económica y energética.

  • Situación Militar y Operacional

Esta dimensión del informe se enfoca en analizar y cuantificar la Escala de Magnitud de las Operaciones (EMO) en el conflicto entre Estados Unidos e Irán, priorizando el “cuántos y qué” se dispara/lanza y “desde dónde” (plataformas), más que la mera intención política. Se aplica un marco técnico y cuantificable que cubre los dominios convencionales (aéreo, terrestre y naval) e integra operaciones especiales y cibernéticas como factores de impacto estratégico.

Se evalúa campañas de supresión aérea, ataques de precisión, defensa en profundidad, guerra de enjambre y minado de chokepoints, además de incursiones limitadas y protección de bases. También incorpora acciones de sabotaje o saturación cibernética. El objetivo es medir volumen, intensidad, capacidad de respuesta y evolución de la confrontación en todos los dominios.

  • Situación Político y Diplomática

Esta dimensión del informe analiza y evalúa cómo las declaraciones diplomáticas y las alianzas externas emitidas por actores directos y externos (Estados) condicionan o hacen evolucionar el conflicto entre Estados Unidos e Irán, incluyendo las manifestaciones de organismos internacionales, en particular el OIEA, la OPEP y la OIC.

Su medición se basa en la Matriz de Evolución Política (MEP), un índice mixto (cualitativo y cuantitativo) que determina si el entorno internacional tiende a mitigar o a agravar la confrontación. Se examinan, por tanto, los esfuerzos orientados a las conversaciones de paz, a las mediaciones y a las declaraciones de los actores afectados por el conflicto. Asimismo, se identifican los obstáculos y retos que dificultan el logro de un cese del fuego o de un acuerdo de paz.

  • Situación Humanitaria y Social

Esta dimensión evalúa el impacto sobre la población civil y el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario (DIH) en el conflicto entre Estados Unidos e Irán. Emplea un Índice de Degradación Humanitaria (IDH) que sintetiza el costo humano y el riesgo jurídico internacional para medir el deterioro, identificar tendencias y estimar la probabilidad de sanciones o responsabilidades penales.

Se registran víctimas civiles (fallecidos y heridos) y desplazamientos forzados, tanto internos (incluidos movimientos hacia los montes Zagros) como externos hacia Turquía, Irak y Pakistán. También examina daños a la infraestructura crítica (electricidad, agua, hospitales y telecomunicaciones) y posibles violaciones del DIH, incluido el trato a prisioneros conforme a los Convenios de Ginebra.

  • Situación Económica y Energética

Esta dimensión actúa como análisis del motor de presión global del conflicto, afectando especialmente a la economía mundial a través del Estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Para evaluar si la crisis permanecerá de carácter regional o se transformará en un shock energético global con efectos inflacionarios y financieros, se emplea el Índice de Shock Económico (ISE).

Se analizarán las variables, de cantidad de buques comerciales; porcentaje de desvíos de ruta (por ejemplo, circunnavegación por el sur de África) y los costos asociados a posibles interrupciones; y el incremento de la volatilidad en los precios de los commodities energéticos, en particular del petróleo (Brent/WTI) y del gas natural licuado (GNL).

 

Dimensión Indicador Operacionalizado Intensidad del Conflicto
1. Dimensión Militar y Operacional Operaciones Terrestres + Aéreas + Navales + Especiales 🔴Extrema Intensidad
2. Dimensión Político y Diplomática Actores directos + Actores Externos + ORG Inter 🟠 Alta Intensidad
3. Dimensión Humanitaria y Social  Víctimas y Desplazados + Infraestructura Crítica + Violaciones al DIH 🔴Extrema Intensidad
4. Dimensión Económica y Energética Cantidad de Buques Comerciales + Desvío de Tránsito + Commodities Energéticas 🟠 Alta Intensidad

 

Dimensión Descripción Intensidad del Conflicto
1. Dimensión Militar y Operacional La confrontación evolucionó hacia una campaña multidominio.

EE.UU. e Israel buscaron degradar capacidades estratégicas iraníes. E Irán respondió logrando configurar el conflicto en una guerra de desgaste.

El avance israelí al sur del Líbano abrió la dimensión terrestre y un nuevo frente; Hezbollah resiste y crece la tensión en Irak.

Las operaciones se orientaron al desgaste y al control del tráfico energético global; mientras se intensificaron operaciones de guerra informática dentro y fuera de Medio Oriente.

🔴Extrema Intensidad
2. Dimensión Político y Diplomática El clima de los actores internos estuvo centrado en declaraciones de represalia, disuasión y la legitimación de nuevas acciones militares.

En paralelo, los actores externos mantuvieron una postura mayoritariamente diplomática, impulsando medidas de contingencia ante la crisis económica y buscando canales de diálogo para contener la expansión del conflicto, sin intervenir de forma ofensiva.

Las organizaciones internacionales actuaron como mecanismos declarativos y técnicos de contención.

🟠 Alta Intensidad
3. Dimensión Humanitaria y Social  Se registraron más de 1.270 muertos, más de 3.100 heridos y más de 5,4 millones de desplazados, con focos críticos en Irán, Líbano, Siria e Israel.

El ataque sistemático a infraestructura energética, sanitaria y logística provocó colapsos operativos, cortes de servicios esenciales y desarticulación territorial.

Se evidenció una ruptura del DIH con uso de municiones de racimo, fósforo blanco, minas dispersables y ataques sitios religiosos y prensa.

🔴Extrema Intensidad
4. Dimensión Económica y Energética El Estrecho de Ormuz funcionó bajo control selectivo de la IRGC, con tránsito mínimo y condicionado: apenas 58 buques en el período.

Suez y Bab el-Mandeb mantuvieron flujos reducidos, mientras el Cabo de Buena Esperanza absorbió el desvío global.

En paralelo, el petróleo mostró fuerte volatilidad y cerró en 105,35 dólares, con una suba neta de 9,3 dólares.

🟠 Alta Intensidad

 

Situación Militar y Operacional

Dimensión Militar y Operacional
Variable Puntaje individual Puntaje total Intensidad
Terrestre 🟠Magnitud Alta

285 (-2)

1390 🔴Extrema Intensidad
Aérea 🔴Magnitud Máxima 

701 (-3)

Naval 🟠Magnitud Alta

265 (-2)

Especial 🟡Magnitud Baja

140 (-1)

 

Entre el 16 y el 29 de marzo de 2026, la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán escaló hasta convertirse en una campaña multidominio, centrada principalmente en operaciones aéreas y en el inicio de incursiones terrestres. La campaña aérea de la coalición (EE. UU. e Israel) bombardeó más de 13.000 objetivos y empleó 11.294 municiones. En respuesta, Irán desplegó enjambres de drones y oleadas de misiles, llevando los sistemas aéreos occidentales al límite y transformando el conflicto en una guerra de desgaste industrial.

El avance de Israel hacia el Líbano, hasta el río Litani, introdujo las misiones terrestres en el conflicto. Hezbollah ha organizado una resistencia significativa, beneficiada por la orografía de la zona. Además, los enfrentamientos en Irak entre milicias proiraníes y elementos remanentes de fuerzas estadounidenses y kurdas han empezado a adquirir un papel preocupante en el escenario regional.

En el ámbito naval, las operaciones han adoptado una dinámica de desgaste en busca del control del tráfico energético global. Finalmente, las operaciones especiales han aumentado, combinando ataques cinéticos con sabotajes y acciones de guerra informática dentro y fuera de Medio Oriente.

Operaciones Terrestres

El conflicto multidimensional iniciado el 28 de febrero de 2026 ha entrado en su tercera semana en una fase de consolidación operacional, donde el dominio aéreo ha cedido protagonismo a la fricción directa en el terreno. Este período se ha caracterizado por la formalización de la invasión israelí al sur del Líbano, la erosión de la soberanía estatal en Irak frente a la movilización de milicias proiraníes y la preparación logística a gran escala de los Estados Unidos para una potencial incursión terrestre en la República Islámica de Irán.

El 16 de marzo, Israel inició su incursión terrestre en el sur del Líbano con la 91.ª División, enfrentándose a núcleos de resistencia de Hezbollah en aldeas fronterizas. En esta jornada se reportó la muerte de varios combatientes de Hezbollah, sin bajas israelíes confirmadas. El 17, tras avanzar entre siete y nueve kilómetros, los combates en Nabatieh derivaron en un incidente con el Ejército libanés que dejó 1 soldado muerto y 4 heridos, mientras se estimaban bajas no confirmadas en Hezbollah.

El 18, Hezbollah intensificó el uso de minas y artefactos explosivos improvisados (IED, por sus siglas en inglés) contra rutas israelíes, provocando daños en vehículos blindados. El 19, durante operaciones de demolición de búnkeres, se registraron bajas aisladas en Hezbollah y heridos leves en fuerzas israelíes. El 20, en Irak, milicias proiraníes atacaron convoyes estadounidenses, causando daños materiales y personal herido, aunque sin un recuento oficial de bajas.

El 21, continuaron las incursiones israelíes en el sur del Líbano y el refuerzo de patrullas iraníes en los Zagros, con bajas aisladas en ambos bandos. El 22, una operación israelí eliminó a 1 comandante de la Fuerza Radwan y a otros 2 operativos de Hezbollah (3 muertos), mientras que un incidente de fuego amigo provocó la muerte de 1 civil israelí.

El 23, milicias iraquíes lanzaron ataques transfronterizos sin bajas directas confirmadas, aunque se registró la muerte de 1 militar estadounidense por heridas previas. El 24, en Taybeh, Israel abatió a 8 combatientes de Hezbollah, mientras que un ataque contra una base Peshmerga en Erbil dejó 6 combatientes kurdos muertos y más de 30 heridos.

El 25, se produjo uno de los episodios más críticos en Irak, cuando un ataque estadounidense en Al-Habbaniya causó la muerte de 7 soldados del Ejército iraquí y dejó 13 heridos, elevando la tensión con Bagdad. El 26, en el sur del Líbano, murió 1 soldado israelí (Ori Greenberg) en combate, con 4 heridos adicionales por morteros, mientras se estimaban nuevas bajas no confirmadas en Hezbollah.

El 27, durante operaciones en Khiam, se registraron escaramuzas con bajas aisladas en Hezbollah. El 28, un ataque israelí en el Líbano dejó 5 paramédicos vinculados a Hezbollah muertos, mientras en Irak se reportaron bajas aisladas entre milicias en Kirkuk. Finalmente, el 29, no se confirmaron bajas directas, aunque el cruce de milicias hacia Irán y la expansión de operaciones israelíes elevaron el riesgo de nuevos enfrentamientos.

Asimismo, entre el 23 y el 29 de marzo, Hezbollah afirmó haber destruido 8 tanques israelíes Merkava Mark 4 en una sola semana. Los ataques se concentraron en las localidades de Al-Taybeh, Al-Qantara y Houla. La milicia utilizó misiles guiados Kornet, sistemas Almas y drones suicidas para emboscar las columnas blindadas. Mientras Hezbollah reportó decenas de bajas enemigas, Israel confirmó daños y soldados heridos en estas zonas críticas.

En conjunto, el período reflejó un patrón de guerra de desgaste con picos de intensidad, acumulando decenas de muertos y heridos en múltiples frentes. Esta evolución reveló un escenario de conflicto extendido, con creciente presión sobre las fuerzas terrestres y una clara tendencia hacia la regionalización de la guerra.

Operaciones Aéreas

La campaña aérea de esta quincena se consolidó como una guerra de desgaste industrial. La coalición (EE. UU. e Israel) atacó más de 13.000 objetivos y disparó 11.294 municiones en dos semanas, vaciando arsenales con cada bombardeo. Irán respondió enviando enjambres de drones Shahed de bajo costo (unos 20.000 USD cada uno) que obligaron a usar interceptores muy caros (~4.000.000 USD cada uno), exponiendo las limitaciones logísticas aliadas.

El 16 de marzo arrancó la invasión terrestre israelí en el sur del Líbano, apoyada por ataques aéreos. Ese día, en el espacio aéreo de los Emiratos Árabes Unidos, la coalición interceptó 6 misiles balísticos y 21 drones iraníes. En Irak, un avión cisterna KC-135 de EE. UU. se estrelló mientras repostaba, matando a sus 6 tripulantes (error en ejecución) y reduciendo la capacidad de reabastecimiento aliada. Al día siguiente, el 17, cazas F-35 eliminaron al líder iraní Alí Larijani en Teherán y destruyeron 10 puestos del Basij en la capital, golpeando su estructura de mando interna. En el sur del Líbano, las FDI atacaron lanzaderas de misiles antitanque y centros de mando de Hezbollah.

El 18, los bombardeos aliados alcanzaron el norte de Irán. Bombarderos estratégicos B-1B estadounidenses destruyeron barcos y depósitos en la base naval de Bandar Anzali, sobre el Mar Caspio. Irán respondió disparando misiles con submuniciones; uno de ellos sorteó las defensas y cayó sobre el aeropuerto Ben Gurion en Israel, dañando 3 aviones civiles, hangares y matando a 1 trabajador. El 19 fue un día significativo para la aviación, la defensa antiaérea iraní golpeó (posiblemente con un Sevom Khordad de alcance medio) un F-35A de la USAF sobre Teherán, forzando a su piloto a aterrizar de emergencia. El piloto resultó con heridas leves y el avión quedó fuera de combate. Ese día las FDI siguieron destruyendo túneles y búnkeres de Hezbollah en el Líbano, sin bajas propias confirmadas.

El 20, Irán atacó de forma masiva los Emiratos del Golfo. Lanzó 4 misiles balísticos y 26 drones hacia los EAU, donde las defensas interceptaron casi todos. A pesar de ello, murieron 2 militares emiratíes y hubo daños en depósitos logísticos de Dubái. También hubo intentos de ataques con drones sobre Baréin, repelidos casi en su totalidad. El 21, resultó crítico para el programa nuclear iraní; bombarderos estratégicos B-2 destruyeron las centrifugadoras de Natanz, paralizando su programa nuclear. Irán respondió disparando misiles hacia Israel; dos alcanzaron zonas civiles en Dimona y Arad, hiriendo a 118 personas con metralla, aunque no dañaron el reactor.

El 23, se abrió un frente sur desde Yemen. Los hutíes dispararon misiles hacia el sur de Israel, interceptados sin víctimas. Ese día, Irán lanzó 36 drones contra Baréin; la mayoría fue derribada, pero varios dañaron radares en Kuwait, reduciendo la alerta regional. El 24, las FDI mataron a 8 milicianos de Hezbollah en Taybeh, Líbano, y unidades aliadas atacaron una base militar kurda en Erbil, Irak, matando a 6 peshmerga e hiriendo a unas 30 personas en represalia por su colaboración. El 25, la Armada iraní sufrió un colapso operativo significativo: un bombardeo aliado en Al-Habbaniya (Irak) mató a 7 soldados iraquíes e hirió a 13, y en el Golfo la coalición destruyó el 92 % de los buques iraníes de gran tonelaje, eliminando al almirante Alireza Tangsiri. Ese día, 80 drones Shahed atacaron Baréin, sin éxito relevante.

El 26, continuó la ofensiva contra Hezbollah: la Brigada Golani anunció haber destruido más de 200 sitios del grupo en el sur libanés. Sin embargo, esa misma noche, el sargento Ori Greenberg (21 años) murió en combate y 15 soldados israelíes fueron hospitalizados por hipotermia tras fuertes lluvias; morteros de Hezbollah hirieron a 5 israelíes más. El 27, Irán lanzó su contraofensiva más agresiva: con 6 misiles balísticos y 29 drones atacó la base Prince Sultan en Arabia Saudí. El ataque destruyó 1 avión AWACS E-3G (reduciendo la flota operativa de 16 a 15) y dañó otro, además de 3 KC-135; 15 soldados estadounidenses resultaron heridos (5 de gravedad). La coalición respondió bombardeando instalaciones nucleares en Arak y Yazd.

El 28, se registró en Líbano un ataque aéreo israelí que mató a 6 paramédicos vinculados a Hezbollah en Zawtar al Gharbiyah; Israel justificó estos bombardeos acusando a la milicia de usar ambulancias como cobertura. Ese mismo día, los hutíes lanzaron otra salva de misiles hacia Israel, interceptada sin víctimas. El 29, culminó el período con ataques simultáneos: más de 150 cazas atacaron 170 objetivos en Teherán (fábricas de motores de UAV y centros de mando). En el sur del Líbano, Hezbollah lanzó 77 oleadas de cohetes contra Israel, costándole la vida a 1 sargento israelí.

El saldo fue elevado para ambas partes, pero principalmente para EE. UU. en esta segunda quincena en guerra. Este último contabilizó 13 - 15 muertos y 303 - 348 heridos (incluyendo los 6 del KC-135); Israel, 11 muertos y 261 - 309 heridos. En el bloque proiraní hubo más de 6.000 fallecidos (unos 900 combatientes de Hezbollah). Las milicias PMF iraquíes sufrieron 83 muertos y 134 heridos; el ejército iraquí 713 muertos (en el ataque de Al-Habbaniya); el ejército libanés 24; y los Peshmerga kurdos 630 heridos. En equipo aéreo, la coalición perdió 1 E-3G AWACS, 1 KC-135 y 16 drones MQ-9 destruidos, más 1 F-35A y 3 KC-135 dañados. Hezbollah perdió ~900 combatientes. Estas cifras ilustran la magnitud del conflicto, ya que, si bien la coalición ha destruido gran parte de la industria militar superficial de Irán, se ha dado a costa de graves pérdidas propias.

Operaciones Navales

El conflicto naval en el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz durante la segunda quincena de marzo de 2026 dejó de ser una extensión de la campaña aérea para convertirse en una guerra de desgaste marítimo, donde el control del tráfico energético global se volvió el objetivo central. Irán abandonó la idea de un cierre total del estrecho y adoptó un sistema más sofisticado de “tránsito filtrado”, permitiendo el paso selectivo de buques bajo condiciones económicas o políticas, mientras hostigaba al resto mediante ataques puntuales, drones y minas navales. Este enfoque, basado en su doctrina de A2/AD (antiacceso y denegación de área), buscaba no tanto destruir flotas enemigas, sino elevar el costo del comercio marítimo hasta niveles insostenibles.

El 16 de marzo marcó el inicio visible de este modelo. El tráfico marítimo cayó drásticamente, mientras unidades de la Guardia Revolucionaria comenzaron a patrullar activamente las rutas cercanas a Fujairah. Ese mismo día, 1 petrolero fue alcanzado por fuego desde una lancha rápida, sufriendo daños menores. No se reportaron bajas militares directas en este incidente, pero demostró la vulnerabilidad de cualquier buque en la zona. La presencia del destructor estadounidense USS Roosevelt, que evitó intervenir para no revelar su posición bajo interferencia electrónica, reflejaba la cautela de la coalición ante un entorno saturado de amenazas asimétricas.

El 17, la escalada continuó con el ataque al petrolero kuwaití Gas Al-Ahmadiah, impactado por un misil antibuque Nur. Aunque no hubo muertos, el ataque evidenció la capacidad iraní de emplear armamento de precisión contra objetivos energéticos críticos. La respuesta defensiva de la coalición logró desviar un segundo misil, evitando un desastre mayor. Como resultado, la tensión política aumentó, ya que los estados del Golfo comenzaron a percibir que la neutralidad ya no garantizaba seguridad.

El 18 fue uno de los días más violentos para la navegación comercial. El portacontenedores Safeen Prestige sufrió un ataque coordinado con drones y proyectiles que provocó un incendio masivo, obligando a su evacuación. Paralelamente, el petrolero químico Parimal quedó a la deriva tras una explosión, con su capitán desaparecido. Aunque no se registraron bajas militares directas, el impacto psicológico y económico fue enorme. Ese mismo día, la aviación embarcada estadounidense respondió atacando Bandar Anzali, destruyendo activos logísticos iraníes, en una demostración de alcance operativo.

El 19, se introdujo una nueva dimensión: la guerra de minas. Irán comenzó a sembrar dispositivos en rutas clave, obligando a la coalición a desplegar helicópteros y drones submarinos. En estas operaciones se destruyeron 44 embarcaciones iraníes dedicadas al minado, lo que implicó pérdidas militares significativas para Teherán, aunque sin cifras exactas de muertos o heridos. Un buque qatarí sufrió daños menores durante estas tareas, subrayando el riesgo constante incluso en misiones defensivas. El 20, mostró la sofisticación iraní en el uso del espacio marítimo. Un buque cisterna “fantasma” cruzó el estrecho con el sistema de identificación automática (AIS) apagado, escoltado por lanchas rápidas con equipos de guerra electrónica. Esta operación no generó bajas, pero reveló que Irán no sólo disputaba el dominio físico, sino también el informacional.

El 21, marcó un golpe directo al mando naval iraní. Misiles Tomahawk destruyeron instalaciones de la Guardia Revolucionaria en Bushehr, afectando centros de comando y hangares de drones. Aunque no se detallaron cifras exactas, se presume la existencia de bajas militares. Ese mismo día, un buque civil fue atacado sin éxito cerca de Sharjah, resaltando la persistencia del hostigamiento. El 22, la coalición lanzó una ofensiva masiva contra las islas fortificadas de Gran Tunb, Pequeña Tunb y Abu Musa. Estas posiciones, clave para el control del estrecho, quedaron prácticamente inoperativas tras los bombardeos. La destrucción de infraestructuras y embarcaciones implicó pérdidas materiales severas para Irán y bajas militares no cuantificadas, debilitando su capacidad de lanzar ataques de enjambre desde posiciones avanzadas.

El 23, estuvo marcado por un cambio estratégico importante: la retirada del portaaviones USS Gerald R. Ford hacia Creta. Aunque oficialmente atribuida a un incidente interno, la decisión reflejó el desgaste acumulado. La salida de esta plataforma redujo temporalmente la capacidad ofensiva de la coalición y fue utilizada por Irán como un elemento de propaganda. Mientras tanto, más de 20 buques cruzaron el estrecho bajo condiciones impuestas por Teherán, pagando tarifas elevadas.

El 24, la confirmación del minado del estrecho elevó la crisis. Estados Unidos respondió con ataques a instalaciones de construcción naval en Bandar Anzali, buscando frenar la reposición de lanchas rápidas. La intercepción de 1 misil balístico desde el mar evidenció la integración total entre guerra naval y aérea. El 25, la coalición golpeó Bandar Abbas, destruyendo depósitos de municiones y misiles antibuque. Las explosiones secundarias sugirieron la pérdida de grandes arsenales. Aunque no se especificaron cifras, el impacto en personal militar fue considerable. A pesar de ello, algunos buques lograron cruzar el estrecho, demostrando que el control iraní seguía siendo parcial pero efectivo. 

El 26, se produjo uno de los eventos más significativos: la muerte del almirante Alireza Tangsiri, comandante de la armada de la Guardia Revolucionaria. Este ataque, coordinado entre activos aéreos y navales, supuso un golpe directo a la estructura de mando iraní. La pérdida de un líder clave afectó la coordinación de las tácticas de enjambre. El 27, llegó el USS Trípoli con 2.200 marines y aeronaves F-35B, marcando un cambio hacia posibles operaciones anfibias. Este refuerzo no implicó combates inmediatos, pero sí preparó el escenario para una escalada futura.

El 28, mostró signos de estabilización relativa. Un total de 11 buques lograron transitar el estrecho con escolta, indicando una adaptación de los actores externos a las nuevas condiciones. Finalmente, el 29, se evidenció la resiliencia iraní cuando 5 petroleros cargaron millones de barriles en la isla de Kharg bajo amenaza constante. A pesar de los bombardeos y pérdidas acumuladas, la infraestructura energética seguía operativa parcialmente.

En conjunto, el período refleja una guerra donde la destrucción directa es menos decisiva que la presión económica y logística. La coalición logró degradar gran parte de la capacidad naval iraní y eliminar figuras clave, pero Irán consiguió mantener un nivel suficiente de disrupción para sostener el conflicto. Las bajas militares, aunque difíciles de cuantificar en todos los casos, se concentraron en ataques a instalaciones y operaciones de minado, mientras que el impacto estratégico naval y marítimo se midió más en el colapso del tráfico marítimo que en hundimientos masivos.

Operaciones Especiales

A mediados de marzo de 2026, el conflicto pasó de golpes aéreos masivos a una guerra de desgaste que también combina ataques cinéticos con sabotaje digital. Irán aisló aún más su red nacional, reduciendo la conectividad a solo el 1 % - 4 % de lo habitual desde finales de febrero. La justificación oficial fue evitar filtraciones, pero el resultado fue una merma del mando interno. En paralelo, la coalición intensificó incursiones clandestinas, infiltrando las redes de telecomunicaciones y de tráfico en Teherán para rastrear movimientos de líderes, mientras Irán respondía con operaciones de propaganda y represalias cibernéticas.

El 16 de marzo, con el apagón en curso, Irán escaló ataques en infraestructura civil de sus vecinos. Un dron impactó un tanque de combustible junto al aeropuerto de Dubai (DXB), provocando un incendio y la suspensión de vuelos. Al mismo tiempo, hacktivistas iraníes lanzaron fraudes masivos contra ciudadanos emiratíes con portales falsos de bancos y agencias gubernamentales que capturaron credenciales bancarias, un ataque de “phishing” (suplantación de identidad) con fines económicos.

El 17, la dinámica del conflicto se trasladó al sector privado occidental. El grupo Handala Hack, vinculado a los servicios de inteligencia iraníes, infiltró la red interna de la empresa médica Stryker en EE. UU. y activó remotamente un “wiper” (software malicioso para destruir o borrar datos) que borró miles de dispositivos de empleados. Aunque los sistemas de soporte vital quedaron intactos, la compañía perdió brevemente el control de sus operaciones. De forma simultánea, se detectaron transmisiones de radio codificadas (“¡Tavajjoh!”) que se interpretaron como instrucciones cifradas a células durmientes aliadas en Occidente.

El 18 representó un punto crítico en la degradación del mando iraní. Ataques aéreos de la coalición alcanzaron instalaciones gubernamentales en Teherán, en los que murió Esmail Khatib, ministro de Inteligencia desde 2021, tras un bombardeo dirigido.

La semana siguiente, la contienda digital se intensificó con nuevas maniobras. El 19, el Departamento de Justicia de EE. UU. cerró 4 sitios web iraníes usados para operaciones de propaganda y “psicocombate” del MOIS. Como represalia, hacktivistas proiraníes lanzaron ataques DDoS contra portales civiles de información (entre ellos, un archivo nacional en Internet), demostrando su capacidad de interrumpir servicios globales. El 20, un grupo bautizado “IRAN APT” afirmó haber accedido a sistemas críticos de agua en Missouri y sustraído enormes volúmenes de datos de la industria militar estadounidense.

El 21, la guerra virtual se volcó nuevamente contra objetivos israelíes. Centenares de ataques cibernéticos simultáneos apuntaron a empresas clave, incluyendo la aerolínea El Al Israel Airlines y portales de defensa israelíes. A continuación, el 22, canales afiliados a Irán difundieron coordenadas e imágenes satelitales de hoteles en Jerusalén y Erbil, sugiriendo que podrían ser blanco de ataques terrestres o con drones.

Entre el 24 y 26, se agudizaron las filtraciones y contra-filtraciones en el mundo digital. El 25, Handala Hack publicó 14 GB de documentos supuestamente robados a un exjefe del Mossad, mientras otro colectivo proiraní liberaba los datos personales de millones de votantes israelíes. El 26, un ataque cibernético comprometió la cuenta personal del director del FBI, exponiendo comunicaciones privadas en un intento por desestabilizar la percepción de seguridad nacional.

En esta fase, la “guerra de sombras”, es decir, las operaciones especiales y los ciberataques, han sido el arma predilecta. Cada día confluían ofensivas informáticas con golpes quirúrgicos. La coalición alcanzó servidores y fábricas del régimen mientras Irán empleaba hackers y propaganda electrónica para desgastar al adversario. Aunque el conflicto convencional sigue activo, es en las sombras digitales y los sistemas no tripulados donde se decide la degradación de capacidades. Con líderes y científicos clave eliminados, redes de datos expuestas y suministros críticos interrumpidos, Irán enfrenta un proceso acumulativo de agotamiento que complica gravemente su esfuerzo bélico.

Situación Político Diplomático

Dimensión Político y Diplomática
Variable Puntaje individual Puntaje total Intensidad
Actores Directos 🟠Retroceso Menor

(-1)

-1 🟠 Alta Intensidad
Actores Externos 🟠Retroceso Menor

(0)

ORG Internacional 🟠Retroceso Menor

(0)

 

El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, entre el 16 y el 29 de marzo de 2026, configuró rápidamente un escenario de escalada multidimensional donde convergieron actores internos, externos y organizaciones internacionales con respuestas diferenciadas. En el plano interno, las declaraciones de líderes como Donald Trump, Benjamín Netanyahu y las autoridades iraníes continuaron siendo confrontacionales y con características predominantemente agresivas, basadas en la represalia.

En paralelo, actores externos mantuvieron una postura mayoritariamente diplomática, implementando medidas de contingencia frente a la crisis económica desencadenada, y buscando abrir espacios de diálogo para evitar la expansión del conflicto sin involucrarse en acciones ofensivas. A nivel global, potencias como Rusia y China se limitaron a realizar llamados al cese del fuego, con cierto margen de respaldo a Irán, mientras que los Estados del Golfo enfrentaron el impacto de las represalias iraníes e israelíes, así como de grupos proiraníes.

Finalmente, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y la Organización para la Cooperación Islámica (OCI) actuaron como mecanismos declarativos con respaldo técnico, instando a una solución diplomática e informando sobre los daños causados en la infraestructura nuclear. Por su parte, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) evitó emitir anuncios durante este período.

Actores Internos

La continuación del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha estado acompañada por un intenso intercambio de declaraciones, dominado por una retórica agresiva. Tras la ofensiva inicial, que incluyó ataques a instalaciones de desarrollo nuclear y el asesinato de varios altos mandos de la cúpula iraní, el discurso se caracterizó por afirmaciones desafiantes por parte de Washington y Tel Aviv, mientras que Teherán redobló sus respuestas condenatorias y sus advertencias.

En los últimos días, las declaraciones en torno a posibles propuestas de alto el fuego carecieron de solidez; en el caso de Washington, incluso han sido contradictorias con su accionar militar. En términos generales, se ha abierto un espacio para el diálogo con el respaldo de mediadores, aunque con resultados todavía inciertos y condicionados.

En el caso de Estados Unidos, el presidente Donald Trump respondió a las declaraciones de Joe Kent (exdirector del Centro Nacional Antiterrorista), quien había señalado el bajo nivel de amenaza que representaba el régimen iraní para la seguridad estadounidense, sosteniendo que existían razones legítimas para iniciar el conflicto. Asimismo, Trump indicó que evaluará la continuidad de su país en la OTAN, tras considerar insuficiente el respaldo de los aliados para legitimar su accionar militar en Teherán. En ese contexto, sostuvo que Estados Unidos “domina el espacio aéreo iraní”, afirmación que, en realidad, solo se aplica a zonas específicas del noroeste de Irán donde mantiene superioridad aérea, lo cual continúa debilitando la capacidad de respuesta del país.

Alrededor del día 21 de enfrentamientos, el mandatario declaró no tener interés en alcanzar un alto el fuego, al tiempo que levantaba las sanciones al petróleo iraní. Sin embargo, a pocos días de cumplirse un mes desde el inicio del conflicto, confirmó haber mantenido conversaciones con representantes iraníes, quienes le habrían presentado un plan de 15 puntos. En dicha línea, Trump sostuvo que Estados Unidos ha logrado una victoria decisiva y que Irán muestra intención de negociar, aunque también advirtió sobre la posibilidad de una incursión terrestre.

Por su parte, Israel, bajo el liderazgo del primer ministro Benjamín Netanyahu, centró sus esfuerzos en seguir “eliminando” a líderes de la seguridad iraní y en atacar puntos estratégicos vinculados al desarrollo nuclear, incluyendo las plantas de Natanz e Isfahán, así como diversas bases militares. Al cierre de la tercera semana del conflicto, el mandatario reconoció que los ataques aéreos resultaban insuficientes y que la campaña militar requería una fase terrestre. 

En los días posteriores, continuó informando bombardeos sobre objetivos identificados como amenazas y extendió la intensidad de sus ataques hacia el Líbano. Más recientemente, mientras Estados Unidos planteaba una propuesta de alto el fuego, Israel mantuvo advertencias sobre posibles ataques a la infraestructura gubernamental.

En cuanto a Irán, instó a los Estados musulmanes a adoptar una posición definida en el conflicto con el objetivo de establecer su propio “orden y seguridad” regional, al tiempo que aseguró haber modificado el diseño de su sistema armamentístico. Asimismo, advirtió que tomaría acciones militares en respuesta al asesinato de varios de sus altos mandos, aunque negó haber participado en los ataques reportados en Omán y Turquía.

Al inicio de la cuarta semana, el presidente Masoud Pezeshkian señaló que cualquier cese el fuego debía incluir garantías de seguridad permanentes, y descartó haber recibido una oferta formal de paz por parte de Estados Unidos. Simultáneamente, mantuvo el cierre del estrecho de Ormuz, permitiendo el tránsito únicamente a países aliados como Pakistán y China.

Durante los últimos días, y antes de cumplirse el primer mes del conflicto, Irán afirmó haber recibido y evaluado una propuesta estadounidense de alto el fuego, mediada por Pakistán. No obstante, rechazó avanzar en un acuerdo mientras no se incluya al Líbano dentro del esquema de seguridad regional. 

En contraposición, advirtió que continuará resistiendo sin intención de negociar, desmintiendo así las declaraciones de Donald Trump sobre una supuesta disposición iraní al diálogo. Para el día 30 de enfrentamientos, también señaló que, ante una eventual operación terrestre, no dudará en atacar de manera “legítima” puertos, infraestructura energética y aeropuertos de cualquier Estado que respalde la apertura de un frente por tierra.

En conjunto, las dinámicas discursivas de los tres actores evidencian una marcada divergencia que contribuye a la inestabilidad regional y dificulta la previsibilidad de los mercados. Si bien Estados Unidos e Israel han mantenido un respaldo mutuo, sus propias declaraciones presentan, en ocasiones, contradicciones con sus acciones militares. Por su parte, Irán ha sostenido una línea centrada en la represalia y la defensa frente a los ataques dirigidos a su cúpula. 

En este escenario, la apertura de canales de mediación diplomática resulta insuficiente ante la primacía de intereses estratégicos que condicionan cualquier negociación. Hasta el 29 de marzo, el conflicto se mantiene bajo un clima de alta incertidumbre política, sin avances concretos hacia un alto el fuego formal y con una evolución altamente dependiente de acciones futuras.

Actores Externos

Europa mantuvo un rol de contención, descartando cualquier participación directa en la ofensiva y rechazando las exigencias de Donald Trump a la OTAN para contribuir con recursos militares. El principal eje declarativo se situó en torno a la crisis energética y económica derivada del cierre del estrecho de Ormuz. En ese sentido, el Reino Unido, Francia, Italia y Alemania afirmaron estar planteando medidas para proteger la transitabilidad marítima. No obstante, días después, Francia desistió de colaborar en un ‘‘grupo de trabajo’’ para liberar el paso, mientras que Alemania e Italia condicionaron su eventual apoyo en defensa de la libre navegación al fin del conflicto. Para el día 28 de enfrentamientos, Alemania optó por mostrar disposición a contribuir en acuerdos de paz a favor de la reapertura del estrecho.

El Reino Unido, por su parte, desempeñó un rol diplomático más activo, calificando en varias ocasiones como ‘‘productivas’’ las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, buscando una pronta desescalada. Asimismo, comunicó que su base aérea Akrotiri, en Chipre, no sería utilizada por Estados Unidos para atacar emplazamientos iraníes. En la misma línea, Suiza confirmó su neutralidad al negarse a conceder licencias de exportación al armamento estadounidense. 

A mediados de la cuarta semana del conflicto, Francia pidió evitar la implicación de Irak en los enfrentamientos y expresó su apoyo al liderazgo kurdo iraquí. Además, la Unión Europea, a través de Kaja Kallas y Antonio Costa, se limitó a celebrar cualquier expresión de contención, reiterando llamados al cese del fuego y solidarizándose con los Estados del Golfo. 

Rusia consolidó su desempeño como socio de Irán en el ámbito diplomático, desmintiendo los informes sobre su supuesto apoyo con datos satelitales. El Kremlin condenó el asesinato de los líderes de la cúpula iraní, calificando las acciones de Estados Unidos e Israel como un menoscabo a la seguridad internacional. En un discurso que vinculó la crisis con los intereses energéticos, Moscú definió como ‘‘contradictorias’’ las declaraciones de Trump y argumentó que todo lo ocurrido en el estrecho de Ormuz era una consecuencia directa de la “agresión estadounidense e israelí’’.

Por otro lado, China expresó su preocupación por la expansión del conflicto y su impacto en la paz y estabilidad regionales. Pekín abogó por el diálogo y demostró su plena disposición para aportar de forma constructiva a la solución del conflicto, respaldando explícitamente a Pakistán como mediador.

En tanto, los Estados del Golfo transitaron hacia una creciente implicación defensiva. Emiratos Árabes Unidos admitió estar presto a colaborar con Estados Unidos en una fuerza marítima multinacional para reabrir el estrecho de Ormuz, reconociendo que sus bases en Al-Dhafra y Abu Dabi constituían objetivos prioritarios para Irán. Arabia Saudí recrudeció su postura ante los continuos ataques iraníes, expulsando a funcionarios iraníes y advirtiendo que habrá consecuencias significativas para las relaciones bilaterales. Seguidamente, Qatar declaró ‘’persona non grata’’ a ciudadanos iraníes tras un ataque a una instalación energética, negando además estar mediando entre Teherán y Washington.

Los grupos proiraníes tomaron un protagonismo creciente en el conflicto, principalmente desde Irak y Yemen. En Irak, la milicia Kataib Hezbollah intensificó sus acciones, publicando videos que mostraban drones sobrevolando la embajada estadounidense en Bagdad e instalaciones en el aeropuerto internacional, al tiempo que anunciaba cambios en su estructura de mando. En el Líbano, Hezbollah respaldó a Irán y criticó al gobierno libanés por no condenar con la misma contundencia la supuesta injerencia estadounidense. Desde Yemen, los hutíes lanzaron dos ataques con misiles y drones contra Israel, marcando un punto de inflexión al atribuirse la primera acción ofensiva desde el inicio de la guerra.

Simultáneamente, la región del Kurdistán emergió como un frente de especial sensibilidad. Fuentes de la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán iraní alertaron del reforzamiento de la presencia militar de la Guardia Revolucionaria en la zona ante la posibilidad de una incursión terrestre. Sin embargo, desde la Región Autónoma del Kurdistán iraquí, altos cargos negaron categóricamente que Estados Unidos estuviera armando a grupos de oposición kurda iraníes exiliados, calificando de “imprudente” cualquier participación en el conflicto.

A nivel extra-regional, varios actores adquirieron relevancia. Ucrania desplegó especialistas en defensa antiaérea y unidades interceptoras de drones en cinco países de Medio Oriente para proteger infraestructura crítica frente a los ataques iraníes. Corea del Sur y Tailandia se centraron en gestionar la seguridad de sus buques en el estrecho de Ormuz, con Bangkok logrando un acuerdo con Irán para la navegación de sus petroleros. Por su parte, Australia impuso un bloqueo temporal de visados a ciudadanos iraníes, mientras Canadá reafirmó su compromiso con el diálogo y el libre flujo comercial.

Turquía emergió como mediador y crítico de Israel, desplegando sistemas de defensa aérea Patriot en su territorio bajo el paraguas de la OTAN, mientras su ministro de Exteriores acusaba a Israel de buscar prolongar la guerra. Ankara confirmó su papel como intermediaria en la transmisión de mensajes entre Irán y Estados Unidos para fomentar la distensión. Pakistán se consolidó como el principal canal diplomático, ofreciéndose como mediador y confirmando que Washington había presentado una propuesta de 15 puntos a Teherán. En una iniciativa conjunta con Arabia Saudí, Turquía y Egipto, Pakistán debatió posibles vías para poner fin a la guerra, con el respaldo explícito de China.

Durante este período se consolidó una notable preocupación, especialmente por parte de los Estados europeos, en torno a la pronta apertura y la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz, motivada por una aguda crisis energética y económica. Asimismo, se observó un claro protagonismo de los grupos proiraníes, que intensificaron sus ataques desde Irak y Yemen. En el ámbito diplomático, los esfuerzos de mediación se multiplicaron, con Pakistán emergiendo como el principal facilitador de un diálogo que, a pesar de los avances iniciales, aún enfrenta desafíos complejos basados en la dinámica militar prevaleciente; por lo cual, el panorama se mantiene expectante a su desarrollo.

Organizaciones Internacionales

Las organizaciones como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y la Organización para la Cooperación Islámica (OCI) adoptaron roles declarativos, actuando como factores informativos respaldados en estudios técnicos.

Desde el 16 de marzo, el OIEA ha desempeñado el rol de proporcionar información técnica acerca de los ataques y su incidencia en los niveles de daños registrados en las instalaciones nucleares. Frecuentemente, ha informado sobre el impacto de la ofensiva israelí en la proliferación que ello puede causar en las plantas de energía nuclear iraníes, especialmente la de Natanz. En paralelo, también ha exhortado al cese de las hostilidades y a la moderación, señalando riesgos potenciales para la seguridad nuclear. Hacia el fin de la cuarta semana del conflicto, reportó niveles mínimos de radiación y descartó la existencia de fugas.

Por su parte, la OPEP ha tenido una participación discursiva limitada, sin emitir anuncios oficiales hasta el cierre del reporte, el 29 de marzo.

Finalmente, la OCI adoptó un enfoque diplomático moderado. Al inicio de la tercera semana, condenó los ataques militares de Irán contra sus Estados miembros, calificándolos como una violación grave de la soberanía, el derecho internacional y los principios de buena vecindad. Además, denunció los ataques contra infraestructuras civiles, incluyendo aeropuertos, puertos e instalaciones energéticas. La organización expresó su solidaridad con los países miembros afectados e instó a Irán a cesar inmediatamente sus ataques y cumplir con la Resolución 2817 del Consejo de Seguridad de la ONU. 

En conjunto, estas organizaciones han cumplido con realizar llamados al alto el fuego y proporcionar información sobre las implicancias a nivel regional: el OIEA desde la contribución técnica y declarativa, y la OCI exhortando a la moderación ante el incremento de las hostilidades.

Situación humanitaria y Social

Dimensión Político y Diplomática
Variable Puntaje individual Puntaje total Intensidad
Víctimas y Desplazados Gravedad Media (-3) (-3) 🔴Impacto Extremo
Infraestructura Crítica Gravedad Alta (-2)
Violaciones al DIH Gravedad Extremo (-3)

 

El balance de víctimas y desplazados en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, del 16 al 29 de marzo de 2026, refleja un agravamiento de la crisis humanitaria a escala regional. Hasta la fecha, las hostilidades han dejado más de 5,4 millones de desplazados. Irán registró 920 muertos, 2.500 heridos y 3,2 millones de desplazados; el Líbano sumó 325 fallecidos y 155.000 nuevos evacuados; Siria recibió a 437.000 personas; por su parte, Israel reportó 25 muertos, 620 heridos y 250.000 evacuados.

Asimismo, la infraestructura crítica fue blanco sistemático. Irán sufrió ataques en South Pars (18 de marzo), Natanz (21) y complejos en Arak y Fordo (28), afectando severamente su red energética. En el Líbano, la destrucción del puente Al-Qasmiya (22) y el desabastecimiento de combustible provocaron el colapso de servicios hospitalarios. En el Golfo, impactos entre el 16 y el 28 dañaron aeropuertos, puertos y refinerías. Israel reportó cortes eléctricos en Haifa (19) y daños en Ashalim (28). 

Por otro lado, el conflicto evidenció reiteradas vulneraciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH): uso de municiones de racimo en Israel entre el 17 y el 24 de marzo, fósforo blanco en Khiam (21) y minas dispersables en Irán (28). Se registraron ataques a sitios civiles y religiosos: mezquita Al-Aqsa (20), una clínica en Habbaniyah (25) y agresiones a periodistas, consolidando una escalada sin restricciones.

Víctimas y Desplazados

El período comprendido entre el 16 y el 29 de marzo ha consolidado una geografía del desastre donde la movilidad humana ya no es una opción preventiva, sino un mecanismo de supervivencia. La asimetría del conflicto se ha agudizado, transformando centros urbanos y rutas logísticas en epicentros de una crisis humanitaria que desafía las capacidades de la asistencia internacional.

En Irán, la intensificación de la campaña aérea sobre nodos estratégicos como Teherán, Isfahán y Bandar Abbas ha dejado un rastro de 920 fallecidos y más de 2.500 heridos en tan solo catorce días. La destrucción sistemática de la infraestructura eléctrica ha catalizado un vacío de servicios básicos que empuja el total de desplazados internos a la cifra crítica de 3,2 millones. Este flujo humano, que inicialmente buscaba refugio en el norte, comienza ahora a desbordarse hacia las zonas rurales y la frontera con Siria, evidenciando una fragmentación social sin precedentes.

Por su parte, el Líbano presenta un escenario de asfixia civil. Con 325 muertes registradas en esta quincena y el desplazamiento de 155.000 personas adicionales debido a la incursión terrestre al sur del río Litani, el país roza ya el millón de evacuados. La saturación de los 440 refugios colectivos y los ataques documentados contra personal médico en zonas como Zawtar, señalan un colapso inminente del sistema sanitario bajo el peso de la ofensiva en el Dahiye y el sur.

La onda expansiva del conflicto ha alcanzado con fuerza inusitada a la península arábiga y al Creciente Fértil:

  • Siria: Se ha convertido en el punto de escape de la región, absorbiendo a 437.000 personas en dos semanas. La precariedad es absoluta; miles de refugiados y retornados pernoctan a la intemperie en pasos fronterizos bajo la amenaza de proyectiles incidentales.
  • Irak: La violencia en Al-Anbar y Kirkuk no solo ha segado 37 vidas, sino que ha cortado arterias comerciales vitales, provocando un desabastecimiento que afecta a comunidades aisladas del norte.
  • Estados del Golfo: El ataque en los Emiratos Árabes Unidos el 27 de marzo, con 11 víctimas mortales, ha quebrado la percepción de seguridad en los centros financieros, detonando evacuaciones preventivas de personal expatriado en Dubái y un pánico sistémico que recuerda la fragilidad de estos enclaves estratégicos.

En Israel, el impacto humano se mantiene contenido por la eficacia de sus sistemas de interceptación, aunque no es inexistente. Los 25 fallecidos y 620 heridos concentrados mayoritariamente en el evento crítico del 21 al 25 de marzo en Arad y el centro del país, mantienen a una población de 250.000 evacuados en una situación de «pausa suspendida» en centros temporales. Esta brecha en la letalidad subraya una realidad cruda: mientras una parte de la región se resguarda tras tecnología de punta, la otra se desintegra bajo el peso de una guerra que ha borrado las fronteras entre objetivos militares y entornos civiles.

Al cierre de este informe, el acumulado de más de 5,4 millones de desplazados en todo el teatro de operaciones es el testimonio de un orden regional que se ha desmoronado en menos de un mes.

Infraestructura crítica

El panorama regional en este período se define por un desmantelamiento metódico de la arquitectura civil que se venía observando desde la entrega anterior. En esta etapa, el conflicto ha mutado de una guerra de posiciones a una estrategia de privación absoluta, donde el objetivo ya no es solo el adversario, sino los sistemas que sostienen la vida urbana contemporánea.

En Irán, el tejido industrial y energético ha entrado en una fase de «apagón técnico». La quincena inició con el golpe quirúrgico a los yacimientos de gas de South Pars el 18 de marzo, acción que desconectó el motor energético del país y generó un efecto cascada sobre la red eléctrica. La tensión alcanzó un nivel inédito el 21 con el ataque a la central de Natanz; aunque no se registró fuga radiactiva, el impacto psicológico de ver vulnerado el núcleo de su soberanía tecnológica fue significativo. Hacia el término de este período, la ofensiva se ensañó con el complejo siderúrgico en las plantas de Juzestán y Mobarakeh, mientras que los ataques a los reactores de Arak y Fordo el 28 terminaron por desarticular cualquier capacidad de respuesta energética a corto plazo.

En el Líbano, la geografía de la supervivencia ha quedado fragmentada. La destrucción del puente Al-Qasmiya el 22 no fue solo un daño material; representó el corte de la arteria que mantenía con vida al sur del país. Esta táctica de asfixia se completó con el bombardeo a estaciones de servicio críticas para el funcionamiento de hospitales. Para el 25, la advertencia de Médicos Sin Fronteras (MSF) sobre el colapso sanitario fue una sentencia: sin combustible y con las rutas cortadas, el sistema de salud libanés ha dejado de ser funcional para las poblaciones más vulnerables, forzando a los desplazados a una vida de precariedad preindustrial.

La península arábiga ha visto cómo su imagen de invulnerabilidad logística se desvanecía entre llamas. Desde el incendio en los depósitos de combustible en el Aeropuerto de Dubái el 16, hasta los impactos en los tanques de almacenamiento del Aeropuerto de Kuwait y el puerto de Shuwaikh el 24 y 27, la infraestructura de transporte global ha sido puesta en jaque. Los ataques a refinerías en Riad y a vehículos de combustible en la base Prince Sultan, el 28, confirman que el flujo energético de la región está bajo asedio constante, alterando no solo la economía, sino el suministro básico de agua y electricidad.

En Israel, el costo se ha manifestado en la interrupción de la normalidad tecnológica y habitacional. Los daños registrados en viviendas de Jerusalén Este y la caída de la red eléctrica en Haifa tras el ataque iraní del 19 fueron los primeros indicios de que la defensa aérea tenía límites físicos. La quincena concluyó con una señal de alerta estratégica: el impacto en el Technion y la planta solar de Ashalim el 28 demuestra que la ofensiva busca ahora neutralizar los centros de innovación y las fuentes de energía renovable, golpeando el futuro de la sostenibilidad israelí.

Este período cierra con una región donde los servicios esenciales han sido reducidos a escombros. La destrucción de puertos, plantas solares y nodos de acero no es un daño colateral, sino la evidencia de que la viabilidad habitacional del Medio Oriente está siendo degradada de forma deliberada. En comparación con el informe anterior, se puede observar una escalada ofensiva en esta categoría.

Violaciones al Derecho Internacional Humanitario

El conflicto entre el 16 y el 29 de marzo de 2026 ha entrado en una fase donde el Derecho Internacional Humanitario (DIH) ha dejado de operar como un marco restrictivo. Si la quincena anterior se caracterizó por una erosión de las normas, esta representa una transgresión flagrante de los estándares de protección mínima.

La distinción entre combatientes y civiles se ha diluido tras el uso masivo de municiones de racimo, que han llovido sobre el centro de Israel (Tel Aviv y Haifa) y Jerusalén de forma reiterada entre el 17 y el 24. Estos ataques no solo buscan el impacto inmediato, sino que saturan zonas residenciales con explosivos latentes, transformando barrios enteros en campos de minas urbanos. 

En el Líbano, el 21, la situación alcanzó un punto crítico en Khiam, donde el despliegue de fósforo blanco en zonas urbanas generó un riesgo de lesiones de extrema gravedad para los no combatientes, evidenciando una inobservancia absoluta de los protocolos sobre armas incendiarias.

La vulnerabilidad del patrimonio y los espacios sagrados ha alcanzado niveles de alta sensibilidad simbólica. El 20, la caída de restos de un misil balístico a tan solo 400 metros de la Mezquita de Al-Aqsa marcó un precedente de temeridad en la protección de bienes culturales. A esto se suma la destrucción de una mezquita en Taybeh (Líbano) el 26 y el bombardeo estadounidense en la base de Habbaniyah (Irak) el 25, que impactó una clínica médica, confirmando que los centros de salud y culto han perdido su estatus de protección especial.

Un giro táctico significativo se documentó el 28 de marzo: el uso de minas antitanque dispersables por parte de EE.UU. en los perímetros de lanzadores móviles en Irán. Este armamento, diseñado para bloquear el acceso militar, ya ha causado víctimas civiles, vulnerando los principios de precaución y proporcionalidad. Paralelamente, la libertad de prensa ha sido silenciada por la fuerza; los ataques contra periodistas en el sur del Líbano y contra un equipo de la CNN en Cisjordania el 28 de marzo indican que se ha pasado de la censura a la eliminación física de los testigos internacionales.

Finalmente, la ausencia de supervivientes en la emboscada a la Guardia Revolucionaria en Isfahán, el 27, y la persistencia de ataques de «doble impacto», sugieren que la captura de prisioneros ha sido relegada en favor de una política de letalidad absoluta, alejándose de los estándares de los Convenios de Ginebra sobre el trato a combatientes fuera de combate.

Situación Económica y Energética

Dimensión Económica y Energética
Variable Puntaje individual Puntaje total Intensidad
Cantidad de Buques Comerciales 🔴Impacto Extremo (-3) -2 🟠 Alta Intensidad
Desvío de Tránsito 🟡 Impacto Medio (-1)
Commodities Energéticas 🟠Impacto Alto (-2)

 

Entre el 16 y el 29 de marzo de 2026, el estrecho de Ormuz operó bajo un sistema de control selectivo de la Guardia Revolucionaria iraní (IRGC, por sus siglas en inglés), transformándose en un corredor administrado. El tránsito fue mínimo y condicionado: entre el 17 y el 19, circularon de 2 a 3 buques diarios, con un total de 58 en todo el período, priorizando cargamentos energéticos y países “amigos” como China, India y Rusia; así como otros países con autorizaciones parciales o en proceso avanzado, entre ellos Japón, Turquía e Indonesia.

En segundo lugar, las rutas se reconfiguraron. El canal de Suez mantuvo 516 cruces (36,9 diarios), aún por debajo de su capacidad, mientras que el estrecho de Bab el-Mandeb mostró fragilidad con 329 buques (23,5 diarios). El desvío masivo se concentró en el cabo de Buena Esperanza, con 1.154 buques (82,4 diarios) y picos de hasta 90, confirmando el desplazamiento global del tráfico.

Finalmente, el petróleo reaccionó con volatilidad: subió de 96,04 a 106,35 dólares, cayó bruscamente a 95,95 el 23 de marzo, y cerró en 105,35, acumulando una subida neta de 9,3 dólares.

Cantidad de Buques

El flujo marítimo en el estrecho de Ormuz quedó condicionado por un esquema de control selectivo administrado desde la isla de Larak por unidades de la IRGC, entre el 16 y el 29 de marzo de 2026. Lejos de un tránsito libre, el movimiento de buques se organizó bajo un régimen de autorización previa: los navíos eran contactados por frecuencia de radio de muy alta frecuencia (VHF), obligados a declarar carga, propiedad, destino y tripulación mediante intermediarios vinculados a la IRGC, y luego evaluados según nacionalidad, tipo de mercancía y perfil operativo. En ese marco, los cargamentos energéticos concentraron la prioridad, mientras que el acceso podía costar hasta 2 millones de dólares por travesía, con pagos en yuanes o criptomonedas.

La secuencia registrada evidencia una presión sostenida sobre la navegación comercial. El 16 de marzo, se identificaron 2 graneleros con bandera de Panamá. Entre el 17 y el 19, el tránsito se mantuvo en niveles mínimos, con 3, 2 y 2 buques diarios respectivamente, dominados por la “flota en la sombra”, integrada sobre todo por gaseros y tanqueros. Entre el 20 y el 22 se observó un repunte total de 16 buques: 5 gaseros, 4 graneleros, 2 petroleros crudo, 1 buque de productos, 1 portacontenedores y 3 unidades adicionales, lo que sugiere una ventana operativa excepcional dentro de un corredor estrictamente administrado.

En la fase final, el patrón de permisos se volvió más visible. El 23, ingresaron 5 buques, incluidos 2 gaseros LPG con destino a India; el 24, se registraron 4 navíos, con salidas y entradas adicionales y dos cargueros con el sistema AIS apagado; el 25, 2 petroleros de productos químicos cruzaron sin carga; el 26, 5 buques fueron autorizados, entre ellos 2 graneleros, 2 gaseros LPG y 1 petrolero. El 27, se reportaron 7 buques iraníes, consolidando el modelo de “corredor administrado”, mientras que el 28 y el 29 cerraron con 5 buques por día. En total, 58 buques transitaron durante el período, pero bajo un sistema de filtrado, cobro y escolta.

Este leve pero renovado tránsito por el estrecho de Ormuz se debe a que Irán ha permitido el paso a buques de países aliados o no hostiles, previa coordinación con las autoridades locales. Los Estados con  permiso explícito o aprobado son: China, Rusia, India, Irak, Pakistán, Bangladesh, Malasia y Tailandia. Por otra parte, Turquía, Indonesia, Sri Lanka y Japón tienen autorizaciones parciales o en proceso avanzado.

Desvío de Tránsito

La reconfiguración de las rutas marítimas quedó reflejada en tres corredores con comportamientos muy distintos entre el 16 y el 29 de marzo de 2026. El canal de Suez concentró 516 cruces en los últimos 14 días, con un promedio de 36,9 buques diarios. Aunque mantuvo un flujo relativamente estable, el dato más alto se registró el 22 de marzo con 47 buques, mientras que su piso fue el 19, con 30. Esto muestra una recuperación parcial frente a un nivel que sigue por debajo de la operatividad plena.

En contraste, el estrecho de Bab el-Mandeb evidenció mayor fragilidad, totalizando 329 buques, con un promedio de apenas 23,5 diarios. El punto más crítico fue el 17 de marzo, cuando el tránsito cayó a 16 buques, mientras que el valor más alto se dio el 16, con 38. A partir de allí, la mayoría de los días se mantuvo en una franja de 19 a 30 cruces, lo que confirma una ruta tensionada y operando con fuerte retracción.

Por su parte, el cabo de Buena Esperanza absorbió la mayor parte del desvío: registró 1.154 buques en el período, con un promedio de 82,4 diarios. Fue la ruta más cargada y la que mejor refleja la migración del tráfico lejos del Golfo. Su máximo se observó el 24 de marzo, con 90 buques, seguido por el 23, con 88. Incluso su mínimo, el 16 con 71 buques, sigue muy por encima de Suez y Bab el-Mandeb, lo que confirma que el tráfico global se desplazó masivamente hacia esta alternativa.

En términos de fechas clave, el 23 y el 24 de marzo fueron los días más importantes del período. El 23 marcó el mayor volumen combinado de los tres corredores, con 154 buques en total. El 24 sobresalió por el pico del cabo de Buena Esperanza, con 90 tránsitos, señal de una sobrecarga estructural de la ruta africana. En cambio, el 18 fue el día de menor movimiento conjunto, con 130 buques, reflejando el momento de mayor contracción simultánea en los corredores analizados.

Commodities Energéticas

El análisis del precio del petróleo entre el 16 y el 29 de marzo de 2026 muestra una reacción intensa del mercado energético ante la tensión en el estrecho de Ormuz. El período comenzó con un barril en 96,04 dólares, pero ya el 17 de marzo registró un salto a 99,48 dólares, equivalente a una subida del 3,58 %. Esta variación marcó el inicio de una fase de presión sostenida, donde la incertidumbre sobre el flujo marítimo empezó a trasladarse con rapidez al valor del crudo.

Durante la primera mitad de la quincena, la tendencia fue claramente alcista. Entre el 18 y el 20, el petróleo avanzó de 102,91 a 106,35 dólares, con incrementos diarios del 3,45 %, 0,88 % y 2,44 %. Luego, el precio se mantuvo estable en 106,35 dólares los días 21 y 22 (fin de semana), lo que reflejó una breve meseta en el mercado. En esta etapa, el barril acumuló una ganancia de más de 10 dólares respecto al inicio del período, consolidando un encarecimiento estructural.

El punto más crítico se registró el 23, cuando el precio cayó a 95,95 dólares, una baja del 9,78 % en una sola jornada. Fue el movimiento más brusco de toda la serie y evidenció una corrección abrupta tras varios días de alzas. Sin embargo, la caída fue transitoria: el 24 de marzo el barril rebotó a 100,20 dólares con una recuperación del 4,43 %, y el 25 retrocedió a 97,22 dólares (-2,97 %), confirmando un mercado altamente volátil.

Finalmente, entre el 26 y el 29, el crudo retomó la senda ascendente. Subió a 102,01 dólares el 26 (+4,93 %) y alcanzó 105,35 dólares el 27, con un incremento del 3,27 %. Los días 28 y 29 (fin de semana) cerraron sin cambios, en 105,35 dólares, lo que sugiere una estabilización temporal en un nivel superior al inicial. En conjunto, el período terminó con un aumento neto de casi 9,3 dólares por barril, reflejando que el mercado absorbió el shock sin volver a la calma previa.

Este es un artículo de opinión. Las opiniones y contenido no reflejan o representan necesariamente la postura del CEERI como institución.

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