Introducción
El estallido del conflicto armado directo entre Estados Unidos e Israel contra Irán transformó una tensión diplomática en una confrontación bélica de consecuencias impredecibles. Tras el fracaso de las negociaciones sobre el programa nuclear y misilístico iraní, la orden de Donald Trump del 28 de febrero de 2026 de iniciar la “Operación Furia Épica” —la mayor movilización militar desde 2003 contra Irak—, coordinada con la “Operación Rugido de León” de Israel, marcó el inicio de una guerra abierta. Los ataques contra instalaciones estratégicas provocaron una respuesta inmediata de Teherán mediante la “Operación Promesa Verdadera 4”.
Este informe analiza la escalada militar del conflicto, el papel de diversos aliados regionales como los países europeos y los Estados árabes, así como su impacto potencial sobre la población civil y los mercados energéticos globales.
El Grupo de Investigación en Paz y Seguridad Internacional del CEERI busca contribuir a una comprensión integral del conflicto mediante el seguimiento y el análisis sistemático de cuatro dimensiones clave: 1) militar y operacional; 2) política y diplomática; 3) humanitaria y social; y 4) económica y energética.
- Situación Militar y Operacional
Esta dimensión del informe se enfoca en analizar y cuantificar la Escala de Magnitud de las Operaciones (EMO) en el conflicto entre Estados Unidos e Irán, priorizando el “cuántos y qué” se dispara o lanza y “desde dónde” (plataformas), más que la mera intención política. Se aplica un marco técnico y cuantificable que cubre los dominios convencionales —aéreo, terrestre y naval— e integra operaciones especiales y cibernéticas como factores de impacto estratégico.
Se evalúan campañas de supresión aérea, ataques de precisión, defensa en profundidad, guerra de enjambre y minado de chokepoints, además de incursiones limitadas y operaciones de protección de bases. También se incorporan acciones de sabotaje o saturación cibernética. El objetivo es medir el volumen, la intensidad, la capacidad de respuesta y la evolución de la confrontación en todos los dominios.
- Situación Política y Diplomática
Esta dimensión del informe analiza cómo las declaraciones diplomáticas y las alianzas establecidas por actores directos y externos condicionan la evolución del conflicto entre Estados Unidos e Irán. Asimismo, incluye las manifestaciones de organismos internacionales, en particular el OIEA, la OPEP y la OIC.
Su medición se basa en la Matriz de Evolución Política (MEP), un índice mixto —cualitativo y cuantitativo— que determina si el entorno internacional tiende a mitigar o agravar la confrontación. Se examinan, por tanto, los esfuerzos orientados al establecimiento de conversaciones de paz, las mediaciones y las declaraciones de los actores afectados por el conflicto. Asimismo, se identifican los obstáculos y retos que dificultan el logro de un cese del fuego o de un acuerdo de paz.
- Situación Humanitaria y Social
Esta dimensión evalúa el impacto del conflicto sobre la población civil y el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario (DIH) en la confrontación entre Estados Unidos e Irán. Emplea un Índice de Degradación Humanitaria (IDH) que sintetiza el costo humano y el riesgo jurídico internacional, con el fin de medir el deterioro, identificar tendencias y estimar la probabilidad de sanciones o responsabilidades penales.
Se registran las víctimas civiles (fallecidos y heridos) y los desplazamientos forzados, tanto internos —incluidos movimientos hacia los montes Zagros— como externos hacia Turquía, Irak y Pakistán. También se examinan los daños a la infraestructura crítica, como los sistemas de electricidad y agua, los hospitales y las telecomunicaciones, así como las posibles violaciones del DIH, incluido el trato a las personas privadas de libertad conforme a los Convenios de Ginebra.
- Situación Económica y Energética
Esta dimensión analiza uno de los principales mecanismos de presión global derivados del conflicto, particularmente su impacto sobre la economía mundial a través del estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20 % del petróleo mundial. Para evaluar si la crisis mantendrá un carácter regional o se transformará en un shock energético global con efectos inflacionarios y financieros, se emplea el Índice de Shock Económico (ISE).
Se analizan variables como la cantidad de buques comerciales; el porcentaje de desvíos de ruta —por ejemplo, mediante la circunnavegación del sur de África— y los costos asociados a posibles interrupciones; así como el incremento de la volatilidad de los precios de las commodities energéticas, en particular del petróleo (Brent/WTI) y del gas natural licuado (GNL).
| Dimensión | Indicador Operacionalizado | Intensidad del Conflicto |
| 1. Dimensión Militar y Operacional | Operaciones Terrestres + Aéreas + Navales + Especiales | 🟠Alta Intensidad |
| 2. Dimensión Política y Diplomática | Actores directos + Actores Externos + ORG Inter | 🟠Alta Intensidad |
| 3. Dimensión Humanitaria y Social | Víctimas y Desplazados + Infraestructura Crítica + Violaciones al DIH | 🔴Extrema Intensidad |
| 4. Dimensión Económica y Energética | Cantidad de Buques Comerciales + Desvío de Tránsito + Commodities Energéticas | 🟠Alta Intensidad |
SITUACIÓN MILITAR Y OPERACIONAL
| Dimensión Militar y Operacional | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Terrestre | 🟠 Magnitud Alta (213) | 697 | 🟠Alta Intensidad |
| Aérea | 🟠 Magnitud Alta (244) | ||
| Naval | 🟠 Magnitud Alta (185) | ||
| Especial | 🟡 Magnitud Baja (55) | ||

Entre el 31 de agosto y el 13 de septiembre de 2026, el conflicto entre EE. UU. e Irán se aproxima a la apertura de un nuevo frente en Yemen. En este contexto, los hutíes capturaron el puerto de Mocha y la isla Perim, con lo que pasaron a controlar el estrecho de Bab al-Mandeb, por donde transita el 12 % del comercio marítimo global. Paralelamente, Israel destruyó el complejo subterráneo de mando Ali al-Taher de Hezbollah en Líbano, mientras que Estados Unidos e Israel eliminaron el 40 % de la capacidad de refinación iraní mediante ataques contra la planta de gas de Isfahán y destruyeron ocho petroleros iraníes en el Golfo.
Frente a estas acciones, Irán respondió con oleadas de misiles Kheibar Shekan contra Haifa y Tel Aviv, que causaron siete muertes civiles. A su vez, el conflicto también se extendió al ámbito cibernético: el colectivo Sumud exfiltró 15,92 TB de datos del Instituto de Seguridad Nacional israelí.
Operaciones Terrestres
Entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) ejecutaron incursiones terrestres con tanques Merkava Mk.4 y bulldozers blindados D9R en Mansouri y Kfar Shuba, en el sur del Líbano). Las operaciones culminaron con la demolición de túneles de Hezbollah mediante el uso de explosivos C4. Durante el mismo período, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) lanzó misiles balísticos Fateh-110 contra la base Al-Tanf, en Siria, que fueron parcialmente interceptados por sistemas Patriot estadounidenses.
En Yemen, los hutíes iniciaron movimientos de artillería D-20 (152 mm) desde Hodeidah hacia el norte, en preparación de la ofensiva sobre Mocha. Para el 2 de septiembre, las Fuerzas de Resistencia Nacional replegaron sus defensas costeras ante el avance hutí y abandonaron posiciones de artillería M-46. Al día siguiente, se registraron combates urbanos en Mocha, donde los hutíes emplearon tácticas de infiltración nocturna, vehículos técnicos equipados con ametralladoras DShK (12,7 mm) y morteros de 82 mm. En respuesta, las fuerzas gubernamentales yemeníes utilizaron artillería autopropulsada 2S1 Gvozdika desde posiciones elevadas.
Entre el 5 y el 6 de septiembre, los hutíes capturaron almacenes de munición soviética, incluidos obuses de 130 mm y cohetes Grad, lo que reforzó su capacidad artillera. Para el 8 de septiembre, consolidaron el control de Mocha mediante el posicionamiento de lanzacohetes múltiples BM-21 en el puerto. Entre el 9 y el 10 de septiembre, lanzaron el asalto final sobre la ciudad con más de 500 combatientes, vehículos blindados capturados y artillería D-30, provocando el colapso de las defensas gubernamentales tras siete días de combate continuo.
Entre el 11 y el 13 de septiembre, los hutíes avanzaron 40 km hacia el sur y capturaron Dhubab, el último puerto bajo control gubernamental, mediante operaciones anfibias con lanchas rápidas armadas con ametralladoras PKM. Asimismo, posicionaron artillería costera en la isla Perim, en el estrecho de Bab al-Mandeb, estableciendo una zona de exclusión de 20 millas náuticas. Los hutíes también lanzaron drones suicidas Samad-3 y misiles balísticos Burkan-2H contra las bases King Khalid y King Fahd, en Arabia Saudita, que fueron parcialmente interceptados por sistemas Patriot sauditas. En tierra, los combates continuaron en Taiz, donde emplearon tanques T-55 capturados, mientras las fuerzas gubernamentales respondieron con ataques aéreos de F-15 sauditas.
En cuanto al Líbano, para el 2 de septiembre la 36.ª división de la FDI completó el cerco del complejo subterráneo Ali al-Taher (Nabatieh), empleando vehículos de ingeniería Puma y equipos de demolición controlada. Hezbollah respondió con drones explosivos Shahed-136 modificados contra posiciones de las FDI en Halta Farm, causando daños menores a vehículos blindados Namer. El 4 de septiembre, la FDI desplegó sistemas de guerra electrónica para bloquear las comunicaciones de Hezbollah en el corredor Nabatieh-Tiro.
Entre el 5 y el 6 de septiembre, ataques aéreos israelíes con misiles Spice-2000, guiados por GPS y láser, precedieron los asaltos de infantería mecanizada con vehículos Eitan AFV sobre Zawtar al-Gharbiyah. Hezbollah respondió mediante la detonación de artefactos explosivos improvisados (VBIED) contra convoyes de las FDI, destruyendo un vehículo D9. El 7 de septiembre, las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) desplegaron batallones de infantería ligera en Nabatieh por primera vez desde 2006 y establecieron puestos de control con vehículos blindados M113.
Mientras tanto, la FDI mantuvo posiciones en la denominada «línea amarilla», entre 5 y 10 km de profundidad, con tanques en posición hull-down y sistemas de vigilancia Hermes 900. La operación culminante sobre el complejo Ali al-Taher se desarrolló entre el 9 y el 10 de septiembre, cuando equipos de demolición de Sayeret Matkal destruyeron más de 2 km de túneles mediante explosivos lineales MICLIC. Hezbollah ejecutó una retirada táctica hacia el río Litani. Finalmente, entre el 11 y el 13 de septiembre, la FDI inició la demolición controlada de infraestructura de Hezbollah en el Líbano y mantuvo patrullas mecanizadas en la zona de seguridad, mientras Hezbollah reconstituía capacidades al norte del río Litani y las FAL asumían la responsabilidad de la seguridad civil en Nabatieh.
La captura hutí del estrecho de Bab al-Mandeb amenaza el 12 % del comercio marítimo global, lo que forzó la reevaluación de rutas comerciales. Por su parte, la destrucción del complejo Ali al-Taher reduce la capacidad de mando de Hezbollah, aunque la organización mantiene su cohesión operacional. En este sentido, las operaciones de las FDI en Líbano sientan un precedente para el establecimiento de una zona de seguridad permanente, lo que podría complicar las negociaciones en el ámbito diplomático.
Operaciones Aéreas
Entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre, la campaña aérea de Estados Unidos inició con el lanzamiento de misiles de crucero Tomahawk contra lanzacohetes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en la isla Larak. Durante el mismo período, bombarderos B-2 Spirit desplegados desde Diego García, emplearon bombas penetradoras GBU-57A/B (Massive Ordnance Penetrator, MOP) contra sistemas S-300PMU-2 cerca de Bandar Abbas. Irán respondió con misiles balísticos Emad contra bases jordanas, de los cuales los sistemas Patriot PAC-3 interceptaron el 90 % mediante guiado de radar activo. Desde el punto de vista táctico, Estados Unidos aplicó durante este período la doctrina SEAD (Supresión de Defensas Aéreas Enemigas), priorizando la neutralización de los radares de alerta temprana Ghadir.
Para el 2 de septiembre, el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) empleó misiles AGM-88G AARGM-ER desde F/A-18F Super Hornet para destruir radares iraníes. Al día siguiente, Irán ejecutó un ataque coordinado multieje con misiles Kheibar Shekan y drones Shahed-191 contra Ahmad al-Jaber, en Kuwait, y Al-Minhad, en Emiratos Árabes Unidos. Mientras Kuwait reportó una intercepción total mediante sistemas Patriot, los Emiratos Árabes Unidos confirmaron daños menores en infraestructura periférica. Estos ataques evidenciaron la capacidad de saturación defensiva que mantiene el CGRI y forzaron a la coalición a emplear múltiples capas de intercepción, entre ellas THAAD, Patriot e Iron Dome.
Entre el 4 y el 5 de septiembre se registró una pausa operacional táctica para reabastecimiento. Irán trasladó lanzadores móviles Sejil-2 a túneles subterráneos profundos, en el marco de una doctrina de supervivencia de segunda oleada. Hezbollah, por su parte, ejecutó acciones de hostigamiento con cohetes Grad desde el sur del Líbano, ante las cuales el sistema Iron Dome empleó misiles Tamir para su intercepción.
El 6 de septiembre, Israel intensificó sus operaciones mediante el empleo de misiles Spice-2000 desde F-15I Ra’am, con los que destruyó un centro de mando de drones FPV en Dahiyeh. Al día siguiente, Irán respondió con misiles Emad contra Haifa, Israel. La intercepción mediante el sistema Arrow-3, de carácter exoatmosférico y realizada a más de 100 km de altitud, generó fragmentos que impactaron en la refinería BAZAN y provocaron incendios controlados.
Entre el 8 y el 9 de septiembre se alcanzó el punto de mayor intensidad de la campaña aérea. Bombarderos B-52H Stratofortress, desplegados desde la base de la Real Fuerza Aérea (RAF) en Fairford, Reino Unido, lanzaron bombas GBU-31 JDAM de 2.000 libras contra cinco petroleros iraníes, en el marco de una doctrina de negación marítima. En respuesta, el CGRI empleó misiles Khorramshahr-4 (combustible líquido, alcance de 2.000 km, ojiva de 1.500 kg) contra Al-Azraq, de los cuales 18 fueron interceptados por sistemas Arrow-2 y Patriot. Paralelamente, los ataques israelí-estadounidenses contra la planta de gas de Isfahán emplearon misiles Popeye y destruyeron el edificio administrativo y la estación de regulación. La destrucción de esta infraestructura energética redujo la capacidad de refinación iraní en un 40 %, lo que afectó la logística de combustible de las fuerzas aéreas y terrestres.
Entre el 10 y el 11 de septiembre, Israel ejecutó ataques quirúrgicos con F-35I Adir contra túneles de almacenamiento de misiles balísticos cerca de Qom, empleando bombas guiadas por láser GBU-12 Paveway II. Irán respondió con una oleada masiva de misiles Kheibar Shekan contra Haifa y Tel Aviv, que impactaron en la refinería BAZAN, causando tres muertes, y en un edificio residencial, donde murieron cuatro integrantes de la familia Gershovitz-Ostrovsky. Los sistemas Arrow-2 interceptaron múltiples amenazas sobre Dimona, protegiendo el reactor nuclear ubicado en esa localidad.
Finalmente, entre el 12 y el 13 de septiembre, el CGRI calificó como de alto impacto el ataque contra instalaciones de cazas en Al-Azraq mediante misiles balísticos, mientras Jordania reportó daños menores en infraestructura periférica. En esas mismas fechas, Estados Unidos e Israel ejecutaron ataques coordinados contra sitios de misiles balísticos en Yazd y Kerman con bombas GBU-57 MOP lanzadas desde B-2, capaces de penetrar más de 60 metros de concreto reforzado. Por su parte, los hutíes emplearon drones Samad-3 y misiles Burkan-2H contra infraestructura petrolera saudita en Abha, Najran y Jazan; los sistemas Patriot sauditas interceptaron el 70 % de estas amenazas. Israel desplegó sistemas Iron Beam (defensa láser de alta energía, con un costo por intercepción de entre 2 y 5 dólares) en el norte del país para hacer frente a cohetes de corto alcance.
Operaciones Navales
El domingo 31 de agosto, fuerzas navales afines al gobierno reconocido de Yemen interceptaron y destruyeron embarcaciones no tripuladas cargadas de explosivos (USV de ataque) que los hutíes intentaban emplear mediante tácticas de saturación contra las islas Hanish y Zuqar. La acción evitó el cierre de una ruta de navegación de importancia crítica en el mar Rojo. Hasta el 1 de septiembre, Estados Unidos sostuvo una interdicción de facto sobre buques mercantes iraníes en el estrecho de Ormuz mediante el despliegue de destructores y portaaviones, mientras embarcaciones de ataque rápido (FAC) del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) realizaron maniobras hostiles en las proximidades de buques de guerra estadounidenses.
Para el martes 2 de septiembre, el grupo de ataque de portaaviones (CSG) del USS George H. W. Bush (CVN-77) permaneció desplegado en el norte del mar Arábigo y coordinó operaciones con el USS Abraham Lincoln (CVN-72), en fase de repliegue, mientras se preparaba la llegada del USS George Washington (CVN-73). Al día siguiente, fuerzas navales estadounidenses interceptaron una embarcación tradicional tipo dhow que transportaba componentes de sistemas aéreos no tripulados de origen iraní destinados a los hutíes. Con ello, se afectó el componente híbrido del conflicto marítimo al interrumpir el flujo logístico de tecnología militar iraní hacia el mar Rojo. El 4 de septiembre, además, se registraron intentos iraníes de interferir o atacar vehículos no tripulados estadounidenses en el estrecho de Ormuz, en una fase preliminar de presión sobre estos activos.
El viernes 5 de septiembre, la Fuerza Aeroespacial del CGRI lanzó varios misiles balísticos contra un portaaviones y un destructor lanzamisiles de la Armada de Estados Unidos. CENTCOM confirmó que los buques eludieron los impactos mediante maniobras evasivas y, posiblemente, mediante el sistema de combate Aegis, sin heridos ni daños estructurales de consideración. Como represalia, el 6 de septiembre fuerzas estadounidenses atacaron y dañaron tres buques tanque de crudo iraníes, incluidas operaciones próximas a la isla de Kharg, lo que impuso un costo económico directo a Irán por sus acciones navales.
El 7 de septiembre, Irán afirmó haber atacado un vehículo de superficie no tripulado (USV) estadounidense que intentaba ingresar al estrecho de Ormuz, dando continuidad al hostigamiento de activos no tripulados orientado a establecer una zona de exclusión de facto. Al día siguiente, arribó oficialmente al teatro de operaciones el CSG del USS George Washington (CVN-73) y se inició el repliegue del USS Abraham Lincoln (CVN-72), cuyo despliegue alcanzó los 286 días, por encima del umbral de seis meses establecido como estándar de referencia por la Armada de Estados Unidos. Permanecieron en el teatro de operaciones el recién arribado USS George Washington (CVN-73) y el USS George H. W. Bush (CVN-77), este último con 144 días de operaciones en Medio Oriente desde su llegada a la región bajo control operacional del CENTCOM el 23 de abril de 2026.
El 9 de septiembre se registró el episodio de mayor intensidad de la campaña de interdicción contra buques tanque. El CGRI afirmó haber lanzado misiles balísticos contra el destructor USS William P. Lawrence (DDG-110) y el crucero lanzamisiles USS Mobile Bay (CG-53), y reivindicó daños significativos, además de ataques contra ocho buques en total, entre ellos dos de bandera estadounidense y seis buques tanque. CENTCOM desmintió que algún buque de guerra estadounidense hubiera sido impactado y confirmó, como acción de respuesta, la destrucción de cinco petroleros iraníes adicionales, lo que afectó de manera significativa la infraestructura económica naval de Irán.
Ese mismo día se confirmó públicamente la captura, por parte del CGRI, de un vehículo submarino no tripulado (UUV) estadounidense modelo Dive-LD, fabricado por Anduril, en la entrada del estrecho de Ormuz. Irán caracterizó la operación como “una acción compleja de inteligencia y de campo” mediante la cual habría capturado uno de los sistemas submarinos no tripulados más avanzados de la Armada estadounidense, mientras que CENTCOM relativizó el incidente y señaló que el vehículo presentaba una falla técnica ocurrida más de un día antes de su recuperación por fuerzas iraníes y que no transportaba equipamiento clasificado. Aunque Estados Unidos calificó el episodio como una pérdida menor derivada de una falla técnica, la captura física de un sistema Dive-LD habilita a Irán a realizar ingeniería inversa sobre su firma acústica, propulsión y electrónica, lo que podría optimizar sus contramedidas. Asimismo, el hecho constituye un instrumento de comunicación estratégica interna orientado a evidenciar la capacidad iraní de actuar en zonas donde Estados Unidos despliega activos de vigilancia de baja detectabilidad, extendiendo el conflicto al dominio subacuático no tripulado.
El 10 de septiembre, CENTCOM informó que, como parte de la operación de interdicción, 96 buques comerciales habían sido redirigidos o desviados de las rutas iraníes hasta ese momento. Esto evidenció efectos cuantificables sobre la logística global y obligó al comercio marítimo a evitar puertos iraníes. Al día siguiente, los hutíes tomaron el control del puerto de Moca, de alto valor estratégico, y avanzaron sobre islas del mar Rojo de relevancia operativa, ampliando su capacidad de observación e interdicción sobre el tráfico marítimo dirigido al canal de Suez a través del estrecho de Bab el-Mandeb.
Ese mismo 11 de septiembre, en la entrada del estrecho de Ormuz, el CGRI afirmó haber impactado y neutralizado un vehículo de superficie no tripulado estadounidense identificado como Saildrone Explorer, con identificador de casco 5838. A diferencia de la captura del UUV, se trató de una acción cinética directa: el CGRI declaró que sus fuerzas navales alcanzaron la embarcación autónoma a vela mientras “ejecutaba una misión de carácter agresivo” e impidieron el cumplimiento de su objetivo. Dado que las plataformas Saildrone se emplean para vigilancia oceánica y recolección de datos, su destrucción evidenció la disposición iraní a emplear fuerza contra activos no tripulados considerados una intrusión, elevando el riesgo para la recolección de inteligencia naval estadounidense y reforzando la estrategia de negación de área en el estrecho.
El 12 de septiembre, un proyectil impactó contra un buque iraní que transitaba el estrecho de Ormuz, causando un fallecido y varios heridos. Finalmente, el 13 de septiembre, comandantes navales del CGRI emitieron advertencias públicas en las que instaron a los buques de guerra estadounidenses a aproximarse a menos de 100 kilómetros de la costa iraní “si consideraban ejercer control efectivo sobre el estrecho”. El período concluyó así con una tensión no resuelta y con el control físico de Ormuz aún disputado, pese a la marcada asimetría de capacidades navales en favor de Estados Unidos.
Operaciones Especiales
El 1 de septiembre, la contraofensiva estadounidense se manifestó mediante sanciones administrativas de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) contra activos digitales y criptomonedas, con el objetivo de estrangular financieramente a unidades de ciberinteligencia del MOIS iraní. Para el 2 de septiembre, se registraron intentos de sabotaje directo contra sistemas automatizados de telecomunicaciones y energía; sin embargo, las defensas perimetrales y la segmentación de redes estadounidenses neutralizaron las cargas útiles maliciosas antes de su ejecución.
La guerra psicológica cobró relevancia mediante amenazas públicas en canales cifrados sobre inminentes colapsos de infraestructura, diseñadas para inducir fatiga en operadores críticos. El 4 de septiembre, la presión se trasladó al dominio financiero con la imposición de sanciones secundarias contra bancos facilitadores. El 8 de septiembre se materializó el golpe de inteligencia más significativo: la exfiltración de 15.92 TB de datos del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS) de Israel por parte del colectivo Sumud Cyber Command, empleando técnicas de ingeniería social y explotación de vulnerabilidades web.
Entre el 9 y el 11 de septiembre, la actividad se concentró en campañas de hacktivismo distribuido (DDoS) contra portales gubernamentales israelíes y la reaparición mediática de advisories de seguridad antiguos para mantener la tensión. Técnicamente, se observó el uso persistente de malware de acceso remoto (RAT) y scripts de automatización en sistemas ICS de agua en Minnesota, lo que indicaría un preposicionamiento táctico más que un intento de sabotaje cinético. En términos estratégicos, la ausencia de interrupciones críticas en los sectores de energía o salud evidencia la efectividad de las contramedidas defensivas de ambas partes y limita el conflicto digital a un escenario de desgaste de inteligencia y operaciones de influencia, sin alterar el equilibrio operacional regional.
SITUACIÓN POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA
| Dimensión Política y Diplomática | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Actores Directos | 🔴Retroceso Mayor (-2) | 🟠Retroceso Menor | 🟠Alta Intensidad |
| Estados Europeos | 🟡Avance Menor (+1) | ||
| Estados Mulsumanes | 🟡Avance Menor (+1) | ||
| Pakistán y Turquía | 🟡Avance Menor (+1) | ||
| Grupos Pro-iraníes | 🔴Retroceso Mayor (-2) | ||
| Rusia y China | 🟡Avance Menor (+1) | ||
| Otros actores externos | 🟠 Retroceso Menor (-1) | ||
| ORG Internacional | 🟡Avance Menor (+1) | ||
Entre el 31 de agosto y el 13 de septiembre de 2026, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán profundizó su dimensión militar, económica y marítima, mientras sus efectos se proyectaron progresivamente hacia el entorno regional e internacional. Estados Unidos combinó la disuasión militar con la presión económica, mientras Irán respondió mediante represalias y restricciones sobre rutas estratégicas, manteniendo, al mismo tiempo, una apertura diplomática condicionada. Por su parte, Europa incrementó la presión política, mientras los Estados del Golfo priorizaron la contención y la seguridad energética. De manera concurrente, Qatar, Pakistán y Turquía reforzaron sus esfuerzos de mediación; los hutíes ampliaron la presión regional, y Rusia y China promovieron una gestión multilateral del conflicto.
Actores internos
Por parte de Estados Unidos, el país norteamericano combinó presión militar, coerción económica y mecanismos de disuasión para contener las capacidades de Irán y mantener abiertos sus intereses estratégicos en la región. Esta estrategia evidenció una progresiva vinculación entre las dimensiones militar y económica del conflicto, particularmente en torno a la seguridad del estrecho de Ormuz y las exportaciones petroleras iraníes.
El 1 de septiembre, tras el ataque estadounidense contra la isla iraní de Larak, Irán respondió mediante ataques con misiles y drones contra instalaciones utilizadas por las fuerzas estadounidenses en Jordania y Emiratos Árabes Unidos. Washington respondió con nuevas amenazas de represalias y reforzó su postura de disuasión frente a cualquier nuevo ataque contra sus fuerzas o intereses regionales. En ese mismo contexto, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció una estrategia de sanciones secundarias semanales dirigida inicialmente contra bancos e instituciones financieras vinculados con Teherán, con el objetivo de incrementar el costo económico para Irán y para terceros actores que facilitaran sus operaciones.
Esta presión económica se complementó con una estrategia directamente vinculada a la seguridad marítima. Al día siguiente, el 2 de septiembre, Washington adoptó una política de represalia proporcional por embarcación (buque por buque), mediante la cual los ataques iraníes contra embarcaciones comerciales podían generar ataques estadounidenses contra buques estatales iraníes. Según lo señalado, la medida buscaba incrementar el costo de las acciones iraníes y mantener abierto el tránsito por el estrecho de Ormuz, aunque el tráfico comercial permanecía significativamente por debajo de sus niveles habituales.
Entre el 8 y el 9 de septiembre, esta dinámica se profundizó con nuevos ataques estadounidenses contra petroleros iraníes y la reiteración de que cada intento iraní de atacar buques de guerra estadounidenses generaría nuevas represalias contra las exportaciones petroleras de Teherán. De esta manera, la respuesta estadounidense vinculó de forma directa la seguridad militar, la navegación y la capacidad económica iraní.
En términos políticos, Estados Unidos mantuvo una estrategia de negociación bajo presión, en la que la posibilidad de una salida diplomática coexistió con mecanismos de coerción militar y económica. No obstante, esta estrategia también generó una dinámica regional más amplia, dado que los ataques sobre rutas marítimas, infraestructura energética y actores aliados incrementaron los incentivos de otros Estados para intervenir diplomáticamente.
En consecuencia, la posición estadounidense puede caracterizarse por la combinación de disuasión militar, máxima presión económica y defensa de la libertad de navegación, orientada a limitar la capacidad de Irán para utilizar el conflicto como mecanismo de presión regional. Esta política constituye el punto de partida del circuito occidental, pero también contribuye indirectamente a la activación de los circuitos regionales y mediadores que buscan evitar una ampliación de la guerra.
Por su parte, como actor directo en el conflicto, Irán mantuvo una estrategia basada en represalias militares, presión sobre las rutas marítimas y energéticas, y una apertura diplomática condicionada. Con ello, proyectó la confrontación más allá de su territorio y convirtió su posición estratégica en el estrecho de Ormuz en un instrumento de presión.
El 31 de agosto, el presidente iraní expresó ante Vladimir Putin su convicción de que Irán prevalecería frente a Estados Unidos, lo que evidenció la continuidad de una narrativa de resistencia frente a Washington. Al día siguiente, el 1 de septiembre, Irán lanzó misiles balísticos contra instalaciones utilizadas por fuerzas estadounidenses en Jordania y desarrolló ataques con drones contra una instalación empleada por Estados Unidos en Emiratos Árabes Unidos. En ese mismo contexto, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) advirtió que cualquier nuevo ataque contra territorio iraní recibiría una respuesta.
La dimensión marítima adquirió especial relevancia durante este período. Teherán afirmó mantener el control total del estrecho de Ormuz y rechazó cualquier intento estadounidense de establecer unilateralmente nuevas rutas de navegación. De igual modo, el presidente Masoud Pezeshkian manifestó su disposición a una solución diplomática con Estados Unidos, aunque condicionó esta posibilidad al cumplimiento de los compromisos establecidos previamente por Washington. De esta manera, Irán mantuvo simultáneamente su capacidad de represalia y su disposición negociadora, sin separar la diplomacia de la exigencia de reciprocidad.
El 3 de septiembre, Irán amplió a 56 embarcaciones la lista de buques restringidos en el estrecho de Ormuz, incluyendo petroleros, buques de gas y transportadores de productos refinados vinculados con distintos Estados. La medida incrementó la presión sobre el tráfico marítimo y reforzó la utilización de la seguridad energética como instrumento dentro de la confrontación. Para el 8 de septiembre, el CGRI afirmó haber atacado destructores estadounidenses equipados con el sistema Aegis, aunque Estados Unidos no confirmó los daños alegados. En ese mismo período, la estrategia estadounidense comenzó a afectar directamente las exportaciones petroleras iraníes. Al día siguiente, Teherán amplió además la zona marítima restringida desde Chabahar hacia sectores del golfo de Omán y el mar Arábigo, extendiendo la presión sobre las rutas energéticas y comerciales.
Hacia el 10 de septiembre, las acusaciones relacionadas con los ataques hutíes contra Arabia Saudita evidenciaron la dimensión regional de la estrategia iraní. Aunque Teherán afirmó no controlar a los hutíes, algunas fuentes señalaron una posible coordinación y apoyo iraní a sus operaciones, aspecto que debe mantenerse como una alegación mientras no exista confirmación independiente.
Así, Irán desarrolló una estrategia que combinó represalias militares, presión sobre corredores marítimos y energéticos, y negociación condicionada. Su actuación permitió proyectar los costos del conflicto hacia otros espacios regionales, particularmente el Golfo, Arabia Saudita y las rutas marítimas. De este modo, Teherán no solo respondió a la presión estadounidense, sino que convirtió la dimensión regional del conflicto en un componente de su capacidad de negociación.
Estados europeos
Los Estados europeos mantuvieron una posición caracterizada por evitar una implicación militar directa en el conflicto y, al mismo tiempo, incrementar la presión política y diplomática sobre los actores involucrados. Esta postura combinó el mantenimiento de vías de comunicación con medidas orientadas a cuestionar determinadas actuaciones de Irán e Israel, evidenciando una posición europea diferenciada frente a la evolución de la guerra.
El 8 de septiembre, el Reino Unido anunció medidas destinadas a prohibir la importación de bienes procedentes de asentamientos israelíes considerados ilegales conforme al derecho internacional, así como a restringir determinados servicios vinculados con dichos asentamientos. La decisión representó una forma de presión política dirigida específicamente hacia Israel, sin implicar una participación militar británica directa en el conflicto. Asimismo, mostró que la posición europea no se limitó a respaldar las acciones de sus aliados occidentales, sino que también incorporó cuestionamientos hacia determinadas políticas israelíes, particularmente aquellas relacionadas con el derecho internacional.
En términos generales, la actuación europea durante el período puede entenderse a partir de cuatro elementos. En primer lugar, los Estados europeos evitaron una intervención militar directa en la guerra. En segundo lugar, mantuvieron la presión sobre Irán en relación con su programa nuclear y su comportamiento regional. En tercer lugar, algunos gobiernos europeos adoptaron medidas de presión hacia Israel respecto de cuestiones vinculadas con el derecho internacional, como los asentamientos. Por último, los gobiernos europeos procuraron preservar el ámbito diplomático y coordinar posiciones con países árabes y musulmanes.
En consecuencia, la posición europea presentó una dinámica más compleja que una simple alineación con Washington. Si bien existe cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad y frente a las amenazas regionales, las medidas adoptadas durante el período evidencian también un intento por preservar márgenes propios de actuación diplomática y ejercer presión sobre distintos actores según el asunto específico. Esta diferenciación permite caracterizar la respuesta europea como políticamente fragmentada y diplomáticamente autónoma, antes que como una posición uniforme frente a la guerra.
Estados musulmanes del golfo Arábigo y Medio Oriente
Por su parte, los Estados árabes y musulmanes del Golfo actuaron principalmente bajo una lógica de contención regional, protección de la soberanía y preservación de la seguridad energética y comercial. La expansión de los ataques iraníes y de las acciones de los actores vinculados con Teherán aumentó la presión sobre estos países, pero sus respuestas no fueron homogéneas.
El 3 de septiembre, Kuwait condenó la ofensiva iraní como una violación de su soberanía y advirtió que adoptaría medidas para defender su territorio. Esta posición reflejó la creciente preocupación de los Estados del Golfo ante la posibilidad de que la confrontación entre Washington y Teherán se proyectara directamente sobre sus territorios.
El 8 de septiembre, Arabia Saudita enfrentó una presión adicional debido a los ataques atribuidos a los hutíes contra su territorio e infraestructura. Riad respondió políticamente denunciando la amenaza y posteriormente buscó apoyo estadounidense. Sin embargo, su actuación mantuvo una lógica de contención, procurando proteger sus intereses sin transformar automáticamente cada incidente en una nueva escalada regional.
Al día siguiente, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos participaron, junto con otros Estados árabes y musulmanes, en una declaración conjunta que respaldó las medidas británicas respecto de productos provenientes de asentamientos israelíes y las vinculó con la necesidad de avanzar hacia una solución de dos Estados. Esto mostró que los gobiernos del Golfo no concentraron su diplomacia exclusivamente en Irán, sino que también participaron en posiciones colectivas respecto de Israel y la cuestión palestina.
En el caso de Emiratos Árabes Unidos, el país mantuvo una estrategia particularmente centrada en proteger su territorio, infraestructura y actividad comercial, evitando convertirse en un actor directamente beligerante. Para el 10 de septiembre, Omán impulsó conversaciones con Irán y otros países del Golfo para establecer un mecanismo temporal destinado a recuperar la seguridad de la navegación por el estrecho de Ormuz. Esta iniciativa mostró que la diplomacia regional comenzó a incorporar la seguridad de las rutas energéticas como un problema específico de negociación.
Un día después, Arabia Saudita decidió no responder inmediatamente a un ataque procedente de territorio iraquí tras una solicitud del primer ministro de Irak, aunque mantuvo su derecho a adoptar medidas para proteger sus intereses. La decisión evidenció una estrategia de contención y prudencia, evitando que un nuevo episodio desencadenara automáticamente una ampliación del conflicto.
Como región, los Estados del Golfo buscaron reducir los costos de la regionalización del conflicto sin romper sus vínculos estratégicos con Washington. Kuwait adoptó una postura más firme frente a Irán; Arabia Saudita combinó disuasión, apoyo externo y contención; Emiratos Árabes Unidos priorizó la protección de sus intereses; y Omán profundizó su papel mediador. De esta manera, la diplomacia del Golfo adquirió una autonomía relativa frente a Washington: los Estados regionales continuaron cooperando con Estados Unidos, pero procuraron desarrollar mecanismos propios para gestionar la crisis y proteger la seguridad energética y comercial.
Estados negociadores
Como actores negociadores en este conflicto, Pakistán, Turquía y Qatar constituyeron uno de los principales circuitos de mediación y contención diplomática. Los tres actores buscaron impedir que la confrontación entre Estados Unidos e Irán se transformara en una guerra regional de mayor alcance, aunque cada uno actuó desde posiciones y responsabilidades diferentes.
El 3 de septiembre, Qatar mantuvo abiertos canales simultáneos con Washington, Teherán y otros actores regionales. Su Ministerio de Relaciones Exteriores continuó situando la mediación y la resolución de conflictos en el centro de su política exterior y coordinó esfuerzos con Pakistán para preservar la posibilidad de negociación entre Estados Unidos e Irán. De este modo, Qatar actuó como mediador regional y facilitador diplomático, procurando mantener la comunicación entre actores enfrentados.
Al inicio de la segunda semana del período, Turquía condenó los ataques hutíes contra Arabia Saudita y reforzó su coordinación regional. En ese mismo lapso, el ministro de Relaciones Exteriores, Hakan Fidan, mantuvo contactos con autoridades sirias, iraquíes y representantes estadounidenses. Esta actividad permitió a Ankara mantener simultáneamente su posición como interlocutor diplomático y actor de seguridad regional.
Entre el 9 y el 10 de septiembre, Pakistán transmitió a Irán la necesidad de contener los ataques hutíes contra Arabia Saudita. Islamabad utilizó sus canales con Teherán para intentar limitar la expansión regional de la guerra, pero al mismo tiempo mantuvo sus compromisos de seguridad con Riad. El ministro de Defensa pakistaní, Khawaja Asif, señaló que una agresión contra uno de los miembros del mecanismo de defensa de La Meca podía activar el compromiso conjunto con Arabia Saudita y Turquía. Sin embargo, Islamabad aclaró que no se contemplaba una intervención militar inmediata y que cualquier eventual participación estaría orientada a proteger el territorio saudí, sin extender las operaciones hacia Yemen.
La posición pakistaní resulta especialmente relevante porque evidencia una tensión entre la mediación y el compromiso de seguridad. Islamabad intentó evitar que su pacto defensivo se convirtiera automáticamente en un mecanismo de ampliación de la guerra, manteniendo simultáneamente la comunicación con Irán y su vínculo estratégico con Arabia Saudita.
Por su parte, Turquía desarrolló una posición dual: mediador diplomático y garante de seguridad regional. Esta combinación le permitió mantener canales con actores occidentales y musulmanes mientras participaba en mecanismos regionales destinados a proteger a sus socios.
Así, Qatar, Pakistán y Turquía conformaron un circuito diplomático de contención, aunque con funciones diferenciadas. Su importancia radicó precisamente en su capacidad para actuar entre distintos espacios políticos sin asumir una alineación absoluta con ninguno de los dos bloques principales. Esto contribuyó a que la diplomacia regional adquiriera mayor autonomía frente a una gestión exclusivamente estadounidense de la crisis.
Grupos pro-iraníes
En cuanto a los grupos proiraníes, particularmente los hutíes, estos funcionaron como un multiplicador regional de la confrontación, trasladando parte de la presión hacia Arabia Saudita y las principales rutas marítimas del mar Rojo. Su actuación incrementó el riesgo de que el conflicto dejara de concentrarse en el eje Estados Unidos-Israel-Irán y adquiriera nuevos escenarios de confrontación.
El 8 de septiembre, los hutíes avanzaron sobre la ciudad portuaria de Moca, en el oeste de Yemen, lo que desplazó, según los reportes considerados, a fuerzas vinculadas con el Gobierno yemení y sus aliados saudíes. El avance resultó relevante debido a la ubicación estratégica de la ciudad frente al mar Rojo y su proximidad al estrecho de Bab el-Mandeb.
La presión sobre Arabia Saudita generó efectos diplomáticos directos, dado que Pakistán transmitió a Irán solicitudes para contener a los hutíes, mientras Riad buscaba evitar que los ataques desembocaran en una ampliación generalizada de la guerra. De esta manera, las acciones hutíes trascendieron el escenario yemení y repercutieron sobre las relaciones entre Irán, Arabia Saudita y los Estados que intentaban mediar. Días después, Arabia Saudita informó que un ataque contra su infraestructura petrolera había procedido desde territorio iraquí. La decisión inicial de Riad de no responder directamente, tras una solicitud del primer ministro iraquí, mostró que Irak podía funcionar simultáneamente como espacio de intermediación y como posible punto de expansión de la confrontación regional.
El 12 de septiembre, los hutíes anunciaron el final de su ofensiva en el oeste de Yemen y afirmaron haber consolidado posiciones en la costa y en áreas estratégicas próximas al estrecho de Bab el-Mandeb, incluyendo Moca y la isla de Mayun o Perim. El grupo sostuvo que el tráfico marítimo continuaba con normalidad y presentó la operación como una acción destinada a afirmar la soberanía yemení. Desde una perspectiva estratégica, sin embargo, el avance incrementó la importancia del grupo respecto de la seguridad del estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los principales corredores del comercio y del suministro energético mundial.
De este modo, la actuación hutí generó una cadena de efectos que aumentó la presión sobre Arabia Saudita, llevó a terceros actores como Pakistán a intervenir diplomáticamente y trasladó la dimensión marítima de la crisis desde el estrecho de Ormuz hacia el estrecho de Bab el-Mandeb. Así, la dinámica proiraní contribuyó a un proceso de regionalización en el que la confrontación entre Estados Unidos e Irán comenzó a producir efectos sucesivos sobre el Golfo, Arabia Saudita, Yemen y las rutas comerciales internacionales.
Rusia y China
Respecto a Rusia y China, ambos Estados utilizaron la coyuntura del conflicto para impulsar una visión centrada en el multilateralismo, la autonomía frente a las estructuras occidentales y la construcción de un orden internacional más multipolar. Aunque sus posiciones presentaron matices diferentes, ambos actores buscaron evitar que la gestión de la crisis quedara exclusivamente bajo la conducción estadounidense.
El 11 de septiembre, Vladimir Putin se reunió con Narendra Modi en el marco de la preparación de la cumbre del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y defendió una mayor autonomía del bloque frente a las estructuras económicas occidentales. Asimismo, ambos líderes abordaron los efectos de la guerra en Oriente Medio sobre el comercio marítimo. Aunque el encuentro no estuvo dedicado exclusivamente al conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, su importancia radicó en que Moscú vinculó los efectos de la guerra con una discusión más amplia sobre la autonomía de las potencias emergentes y la transformación del orden internacional.
Al día siguiente, Xi Jinping planteó que el BRICS debía asumir un papel de mediación y contribuir a la construcción de la paz en Oriente Medio. Esta posición reforzó la intención china de trasladar parte de la gestión de la crisis hacia espacios multilaterales, especialmente frente a los riesgos que el conflicto estaba generando para la estabilidad regional, el comercio y las rutas energéticas.
En términos generales, Rusia enfatizó la dimensión geopolítica y la oposición a la presión unilateral occidental, mientras que China puso mayor énfasis en la estabilidad regional, la seguridad energética, la protección del comercio y la diplomacia multilateral. Ambos actores encontraron así en el BRICS un espacio desde el cual cuestionar la centralidad de Washington en la gestión de la crisis. Por tanto, su actuación no estuvo orientada principalmente a intervenir directamente en el conflicto, sino a aprovechar la coyuntura para promover mecanismos internacionales alternativos y reforzar la autonomía de las potencias no occidentales.
SITUACIÓN HUMANITARIA Y SOCIAL
| Dimensión Político y Diplomática | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Víctimas y Desplazados | 🔴Gravedad Extrema (-3) | -3 | 🔴Extrema Intensidad |
| Infraestructura Crítica | 🟠Gravedad Alta (-2) | ||
| Violaciones al DIH | 🔴Gravedad Extrema (-3) | ||
El recrudecimiento de las hostilidades en Asia Occidental hacia mediados de septiembre de 2026 profundizó el deterioro humanitario y la vulnerabilidad estratégica regional. En el ámbito poblacional, se registraron 12 civiles fallecidos, siete de ellos menores de edad, en Líbano, además de bajas entre tripulaciones comerciales y desplazamientos severos en Yemen. De forma concurrente, la infraestructura crítica sufrió la paralización del oleoducto Este-Oeste saudí y diversos impactos sobre instalaciones portuarias. Este panorama se agravó por vulneraciones al régimen de protección establecido por el Derecho Internacional Humanitario (DIH), entre las que destacan el ataque contra una boda en Kuhestak, las incursiones contra instalaciones penitenciarias, el empleo de armamento con efectos indiscriminados y la constatación de reclutamiento infantil.
Víctimas y Desplazados
En el Líbano, la quincena estuvo marcada por la afectación directa de la población civil y del personal protegido por el DIH. El 7 de septiembre, un reportero de televisión resultó herido en Nabatieh mientras realizaba una cobertura en directo durante un ataque aéreo de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Al día siguiente, el 8 de septiembre, un ataque aéreo en la localidad de Kfar Rumman causó la muerte de 12 personas, entre ellas siete niños y lactantes. Este hecho elevó a 12 el total quincenal de fallecidos y dejó un herido verificado en territorio libanés, evidenciando el impacto directo de las hostilidades sobre la población civil en las gobernaciones del sur.
Por su parte, en los Estados Árabes Peninsulares y las zonas marítimas circundantes, la violencia armada afectó tanto a la población como a tripulaciones de embarcaciones comerciales y a comunidades expuestas a los enfrentamientos. El 1 de septiembre, un proyectil alcanzó al petrolero de bandera saudí SIDR frente a la costa de Omán, causando la muerte de dos marineros de nacionalidad filipina. Esta afectación a embarcaciones comerciales se profundizó el 8 de septiembre, tras una escalada de ataques contra buques comerciales registrada después de la acción estadounidense contra cinco petroleros iraníes. En ese contexto, el buque Hercules Star registró la muerte de un marino y la desaparición de otro tras un incendio a bordo.
En Arabia Saudita, el 9 de septiembre un ataque coordinado con drones y misiles atribuido a las milicias hutíes contra instalaciones energéticas y centros urbanos dejó 73 personas heridas. En ese mismo período, en la Franja de Gaza se registraron tres fallecidos en el barrio de Tel al Hawa el 31 de agosto y tres muertes adicionales en el distrito de Rimal el 3 de septiembre. En cuanto a las dinámicas de movilidad humana, el 3 de septiembre se reportó un desplazamiento masivo de residentes en Jabal Habshi, Yemen, tras la toma del monte Nu’man. Esta situación volvió a registrarse el 11 de septiembre, cuando se produjo la evacuación preventiva y forzada de la ciudad de Marib, en un contexto marcado por el desplazamiento de convoyes del Gobierno legítimo respaldado por Arabia Saudita.
En Irán, el período estuvo marcado por restricciones a la navegación y afectaciones a sus actividades de abastecimiento energético. Aunque los partes de monitoreo registraron operaciones de fuerzas aliadas contra cinco buques petroleros bajo bandera iraní el 8 de septiembre, las fuentes oficiales y los organismos de supervisión no desglosaron cifras consolidadas de bajas civiles o militares en territorio continental durante este lapso. Por ello, no se cuenta con un balance específico de víctimas para este período, aunque se mantuvo la preocupación por los efectos de las restricciones sobre las líneas de abastecimiento energético.
En Israel, los sistemas de defensa aérea permitieron reducir el impacto de los ataques con misiles balísticos y aeronaves no tripuladas lanzados desde el frente yemení, particularmente durante la jornada del 9 de septiembre. Durante esta quincena no se reportaron bajas fatales directas ni heridos de consideración dentro del territorio nacional. Asimismo, se mantuvieron vigentes los protocolos de reubicación temporal para los residentes de las comunidades adyacentes a la frontera norte.
En Irak, las gobernaciones de Bagdad y Al-Anbar no registraron variaciones significativas en el balance de bajas ni nuevos episodios de desplazamiento masivo durante el período monitoreado. En comparación con el mes precedente, la situación se mantuvo relativamente estable. Asimismo, en Siria, la inseguridad en las vías de comunicación y los puntos de control de las zonas limítrofes persistió debido a ataques aéreos intermitentes. A pesar de la presencia continuada de aeronaves de combate en el espacio aéreo, las agencias de monitoreo humanitario no validaron registros numéricos específicos de víctimas o desplazados internos para este intervalo.
Finalmente, al 13 de septiembre de 2026, el balance humanitario regional refleja la vulnerabilidad de las tripulaciones civiles en las rutas de navegación comercial, el agravamiento del riesgo para la infancia en el sur del Líbano y la persistencia de desplazamientos forzados en Yemen. Estos acontecimientos mantienen en la agenda internacional la necesidad de garantizar el cumplimiento de los principios de distinción, proporcionalidad y precaución consagrados en el DIH.
Infraestructura crítica
El 1 de septiembre, la dinámica de ataques recíprocos produjo daños directos en instalaciones de uso civil y dual. En Jordania, el aeropuerto Rey Hussein de Aqaba registró impactos que afectaron temporalmente la operatividad de la infraestructura aeroportuaria tras intercambios de fuego entre fuerzas estadounidenses e iraníes. Ese mismo día, en Mishi, Irán, en las proximidades del estrecho de Ormuz, un ataque aéreo estadounidense provocó la destrucción de una torre de telecomunicaciones y generó daños materiales en un complejo comercial adyacente. Asimismo, un ataque en Kuhestak destruyó una torre de comunicaciones y afectó estructuras residenciales situadas a 150 metros del objetivo, ocasionando daños incidentales en bienes civiles.
Al día siguiente, el 2 de septiembre, instalaciones de infraestructura logística en el norte de Irak resultaron afectadas por nuevos ataques, cuando proyectiles iraníes impactaron en dependencias estadounidenses situadas en el perímetro del aeropuerto de Erbil, provocando incendios en depósitos, hangares y zonas de almacenamiento. En el ámbito cibernético, durante el mismo período se detectaron operaciones ofensivas dirigidas contra más de 100 instalaciones críticas de agua y saneamiento residual en Estados Unidos. Sin embargo, los sistemas de ciberdefensa impidieron la interrupción efectiva de los servicios y evitaron daños materiales permanentes.
A partir del 7 de septiembre, el sector energético saudí enfrentó una serie sostenida de ataques con misiles y drones atribuidos a las fuerzas hutíes, que comenzó con un incendio en la refinería de Saudi Aramco en Jizán. Esta situación se intensificó entre el 9 y el 12 de septiembre, con impactos directos sobre centros de procesamiento y almacenamiento de combustibles. El análisis de imágenes satelitales (Sentinel-2) confirmó la destrucción de seis tanques de petróleo y afectaciones en otros ocho en la planta de Abha, además de daños estructurales en un tanque vertical de Jazan.
La vulnerabilidad de la infraestructura energética regional se hizo especialmente evidente entre el 10 y el 11 de septiembre, tras una serie de ataques coordinados contra seis puntos del oleoducto Este-Oeste saudí —vía estratégica de transporte de crudo hacia el puerto de Yanbu, en el mar Rojo—, que afectaron estaciones de bombeo y tramos subterráneos. La magnitud de las detonaciones y la presencia de personal técnico herido motivaron al Gobierno a disponer el cierre preventivo y temporal de la línea troncal de hidrocarburos. El 11 de septiembre, como parte de la respuesta saudí a las acciones hutíes en Yemen, fuerzas aéreas del país atacaron instalaciones del puerto de Mocha, cuya operación se atribuye a fuerzas hutíes, reduciendo temporalmente su capacidad de recepción y despacho de embarcaciones.
Finalmente, en cuanto a la postura declarada de Israel respecto de posibles objetivos, el ministro de Defensa israelí manifestó que las instalaciones energéticas iraníes podrían ser consideradas objetivos ante eventuales agresiones directas contra su territorio. Al 13 de septiembre, la paralización temporal del oleoducto Este-Oeste y la afectación continuada de depósitos de almacenamiento evidencian la fragilidad de las líneas de suministro regional y plantean desafíos para la protección de infraestructura y población civil bajo los principios de precaución y distinción contemplados en el DIH.
Violaciones al Derecho Internacional Humanitario
La conducción de las hostilidades por parte de actores estatales y no estatales durante este lapso estuvo acompañada por reiteradas afectaciones a la población civil y a personas protegidas por el Derecho Internacional Humanitario (DIH). Entre las principales preocupaciones identificadas se encuentran la posible inobservancia de los principios de distinción, proporcionalidad y precaución, el empleo de medios de combate con efectos indiscriminados y el deterioro de las salvaguardias aplicables a no combatientes y personas bajo custodia.
En Irán, la afectación de la población civil alcanzó uno de sus episodios más graves a inicios del período. El 2 de septiembre, una operación aérea de las fuerzas de Estados Unidos sobre una zona residencial en Kuhestak impactó una vivienda donde se celebraba una boda, provocando la muerte de cuatro civiles y heridas a más de 68 personas. El hecho planteó cuestionamientos jurídicos respecto de la observancia de los principios de distinción y proporcionalidad durante la planificación del ataque y la evaluación del daño incidental previsto.
En la península arábiga y sus zonas adyacentes, el registro de incidencias mostró afectaciones recurrentes a personas y bienes protegidos. El 7 de septiembre, un ataque aéreo atribuido a la coalición liderada por Arabia Saudita alcanzó la prisión central de Al Jawf, dejando a más de 35 personas atrapadas entre reclusos y visitantes no combatientes, incluidas mujeres y menores de edad. Asimismo, se documentó el empleo de cabezas explosivas de racimo en ataques dirigidos hacia Aqaba, Jordania, lo que plantea una vulneración de las normas del DIH aplicables al empleo de armamento con efectos indiscriminados en zonas habitadas.
La actuación de Ansar Allah (fuerzas hutíes) también estuvo asociada con afectaciones graves a la población civil. El 9 de septiembre se constató un nuevo ataque aéreo contra la prisión central de Al-Hazm, que generó múltiples víctimas civiles. A ello se sumó la verificación de evidencia visual sobre la incorporación, equipamiento con armamento liviano y despliegue de menores de edad en la primera línea de combate, lo que constituye una afectación grave de las normas de protección especial de la infancia en los conflictos armados. Posteriormente, el 11 de septiembre, la muerte del general Farouk al Kholani y dos de sus hijos durante acciones armadas atribuidas a fuerzas hutíes, junto con la privación ilegítima de la libertad de otra de sus hijas, planteó nuevas preocupaciones respecto de las garantías aplicables a personas fuera de combate y de la prohibición de la toma de rehenes.
En el Líbano e Israel, las hostilidades en zonas densamente pobladas mantuvieron una elevada exposición de la población civil y de otras personas protegidas. El 7 de septiembre, un ataque de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en Nabatieh causó heridas a un periodista durante una transmisión en directo, lo que afectó las garantías conferidas a los corresponsales de guerra reconocidos como población civil conforme al Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra. Al día siguiente, un ataque aéreo sobre la localidad de Kfar Rumman provocó la muerte de 12 civiles, lo que planteó cuestionamientos sobre el cumplimiento de los deberes de precaución durante el ataque. Por su parte, la continuidad de los lanzamientos de misiles balísticos y drones por parte de las fuerzas hutíes hacia centros urbanos del sur de Israel, incluido un ataque coordinado de gran escala el 9 de septiembre, mantuvo expuestas a zonas pobladas a los efectos de las hostilidades.
Por último, en Irak y Siria, el monitoreo identificó riesgos para la población y los bienes civiles asociados con infraestructuras de uso dual y nodos estratégicos de conectividad. En Irak, aunque el ataque del 2 de septiembre con proyectiles iraníes contra instalaciones adyacentes al aeropuerto de Erbil se dirigió contra una posición militar estadounidense, el empleo de armamento en las inmediaciones de un nodo de transporte internacional mantuvo el riesgo de afectaciones a bienes y personas civiles. En Siria, las operaciones registradas durante el período, junto con el ataque del 11 de septiembre atribuido a fuerzas aéreas saudíes contra infraestructura del puerto de Mocha, operado por fuerzas hutíes, plantearon nuevamente cuestiones relacionadas con los criterios de necesidad militar y proporcionalidad aplicables a instalaciones de carácter comercial.
SITUACIÓN ECONÓMICA Y ENERGÉTICA
| Dimensión Económica y Energética | |||
| Variable | Puntaje individual | Puntaje total | Intensidad |
| Cantidad de Buques Comerciales | 🟠Impacto Alto (-2) | -2 | 🟠Alta Intensidad |
| Desvío de Tránsito | 🟠Impacto Alto (-2) | ||
| Commodities Energéticas | 🟠Impacto Alto (-2) | ||

Entre el 31 de agosto y el 13 de septiembre de 2026, la crisis en Medio Oriente alteró significativamente los flujos del transporte marítimo y elevó la presión sobre los mercados energéticos. En el estrecho de Ormuz, el tráfico se redujo hasta un mínimo de 2 buques el 6 de septiembre y alcanzó un máximo de apenas 7–8 embarcaciones entre el 8 y el 9 de septiembre, reflejando el alto nivel de cautela de los operadores comerciales frente a los riesgos para la navegación. Paralelamente, el Cabo de Buena Esperanza concentró hasta 84 desvíos diarios el 31 de agosto, evidenciando el impacto de la inseguridad marítima sobre las rutas comerciales. Esta alteración de los flujos se trasladó también al mercado energético: el precio del Brent pasó de 90,5 dólares por barril el 31 de agosto a un máximo de 105,20 dólares el 10 de septiembre, en un contexto marcado por los ataques contra buques tanque y las amenazas de interrupción del tránsito por Ormuz.
Cantidad de buques
El 31 de agosto, el flujo se contrajo a apenas cinco buques, la mitad del registrado el día anterior, reflejando la cautela de las navieras tras los incidentes con minas y la imposición de corredores controlados por Irán. El 1 y 2 de septiembre, la tendencia bajista se profundizó, hasta alcanzar apenas cuatro embarcaciones el día 2, entre ellas un VLCC y un Panamax. Esta reducción evidenció que únicamente determinados operadores, respaldados por coberturas frente al riesgo bélico o por rutas previamente negociadas, mantuvieron sus operaciones en el estrecho.
El 3 de septiembre se produjo un repunte hasta seis buques, aunque la volatilidad persistió. El 6 de septiembre, el conteo volvió a desplomarse a solo dos embarcaciones, el nivel más bajo en meses, mientras que el 7 se recuperó hasta seis, principalmente mediante la ruta administrada unilateralmente por Teherán. Esta oscilación respondió a la dinámica de amenazas y represalias: cada anuncio de ataque o de establecimiento de escoltas navales modificó la percepción de riesgo y, con ella, la disposición de los armadores a exponer sus activos al tránsito por el estrecho.
A partir del 8 de septiembre, el tráfico se estabilizó en dígitos bajos, entre 7 y 8 buques, para luego descender nuevamente a seis el 9 y siete el 10. La composición estuvo dominada por graneleros y tanques de productos, mientras que los grandes petroleros de crudo y los buques metaneros de GNL permanecieron prácticamente ausentes. En conjunto, la secuencia muestra una recuperación inestable: pequeños repuntes que no logran consolidarse y nuevas caídas ante cualquier escalada retórica o incidente en el corredor.
La razón de fondo es estructural: al convertirse el estrecho en una zona de alto riesgo, las compañías priorizan los desvíos, las esperas en fondeo o el uso de rutas alternativas. En consecuencia, el número diario de embarcaciones se mantiene muy por debajo de los niveles previos al conflicto, evidenciando que la inseguridad marítima no solo afecta episodios puntuales de navegación, sino también la continuidad y previsibilidad de los flujos comerciales.
Desvío de tránsito
El 31 de agosto, el canal de Suez registró 37 tránsitos, entre ellos 13 tanqueros y 6 portacontenedores, mientras que el estrecho de Bab el-Mandeb promedió alrededor de 26–29 pasos diarios. En paralelo, el Cabo de Buena Esperanza concentró 84 buques, incluidos 20 petroleros y 16 portacontenedores. Estos registros mostraban que una parte sustancial del comercio entre Asia y Europa continuaba evitando el mar Rojo y optando por rutas alternativas de mayor extensión.
Durante los primeros días de septiembre, la tendencia mostró una recuperación parcial del tránsito por Suez y una mayor estabilidad relativa en Bab el-Mandeb. Entre el 8 y el 10 de septiembre se registraron 25, 28 y 26 buques diarios, respectivamente, en el estrecho yemení. Sin embargo, esta recuperación estuvo acompañada por episodios de elevada volatilidad, con jornadas en las que el conteo descendió hasta seis embarcaciones frente a las treinta registradas el día anterior. Esta variación respondió a la dinámica de amenazas hutíes y a la percepción de riesgo de las navieras: cada incidente o anuncio de bloqueo podía llevar a los operadores a reevaluar sus rutas y, en determinados casos, reactivar el desvío por el Cabo.
En paralelo, el Cabo de Buena Esperanza mostró una reducción gradual de su utilización como ruta alternativa de contingencia. A finales de agosto, el número de buques desviados había descendido a 280, frente a un máximo de 380 registrado a inicios de año, mientras que el 31 de agosto se contabilizaron 84 tránsitos, por debajo del promedio reciente. Esta evolución sugiere que parte del tráfico comenzaba a retornar a Suez conforme se restablecían algunos servicios regulares. No obstante, la normalización seguía siendo parcial: aunque Suez alcanzó 290 tránsitos semanales durante la última semana de agosto, el nivel permanecía por debajo de los registros previos a la crisis.
La combinación de Bab el-Mandeb volátil y desvíos residuales por el Cabo mantiene el sistema en un estado de “equilibrio frágil”, donde pequeños shocks de seguridad pueden volver a inclinar la balanza hacia rutas más largas y costosas.
Commodities energéticas
El 31 de agosto, el precio del crudo aumentó alrededor de 2,7 %, hasta situarse cerca de los 90,5 dólares por barril, tras los primeros ataques directos entre Estados Unidos e Irán en el estrecho de Ormuz, que reavivaron las preocupaciones sobre una posible interrupción de las exportaciones. Al día siguiente, 1 de septiembre, el repunte se aceleró hasta 4,6 %, llevando el Brent a 94,65 dólares, en un contexto en el que los mercados comenzaron a incorporar el riesgo de una interrupción más prolongada del flujo de petróleo por el golfo Pérsico.
El 2 de septiembre, la tendencia alcista se moderó a cerca de 1 %, con un cierre en torno a los 95,6 dólares. Este comportamiento se produjo tras los ataques iraníes contra bases vinculadas a Estados Unidos en Kuwait, que ampliaron el alcance geográfico de la confrontación y mantuvieron elevada la percepción de riesgo sobre el suministro energético. En los días siguientes, aunque no se dispone de datos diarios completos, los reportes indicaron que el Brent físico superó los 100 dólares desde el 3 de septiembre y que, hacia el 7 y 8 de septiembre, se situaba cerca de los 97–98 dólares, con incrementos moderados de entre 0,6 % y 1,2 %. Estas variaciones estuvieron acompañadas por los ataques hutíes contra instalaciones saudíes y por nuevos incidentes contra tanqueros iraníes.
El 9 de septiembre se registró un nuevo incremento de 3,4 %, hasta alcanzar 101,21 dólares, después de una nueva escalada de ataques contra buques cisterna que elevó las preocupaciones sobre posibles disrupciones del suministro. El 10 de septiembre, el Brent avanzó aproximadamente otro 3,3 %, rozando o superando los 105 dólares, en un contexto marcado por la creciente percepción de riesgo en torno a la navegación por el estrecho de Ormuz. Finalmente, el 11 de septiembre, el precio cedió alrededor de 2,8 %, cerrando cerca de los 104,6 dólares, en una sesión de consolidación tras romper la barrera psicológica de los 100 dólares, sin que se reportaran nuevos shocks inmediatos.

