Scroll Top

Estrategias nacionales y soberanía polar I: Federación de Rusia

  • Home
  • Informe
  • Estrategias nacionales y soberanía polar I: Federación de Rusia

Por Brisa Huilén Montiel Knorpp. Estudiante de la Licenciatura en Relaciones Internacionales, Universidad Austral, Argentina.

Contacto: [email protected]

Montiel, B. (09 de octubre, 2026). Estrategías nacionales y soberanía polar I: Federación de Rusia. Centro de Estudios Estratégicos de Relaciones Internacionales. URL:

Descargar PDF

Resumen: El presente informe analiza la estrategia de la Federación de Rusia en el Ártico, argumentando que esta no se limita únicamente a un proceso de militarización, sino que contribuye a la construcción de un sistema integrado de proyección de poder. A partir del estudio de seis dimensiones analíticas: infraestructura, estrategia A2/AD, Flota del Norte, logística, regulación de la Ruta Marítima del Norte y articulación con espacios externos; el informe muestra que Rusia articula un sistema en el que las dimensiones militares, económicas y normativas operan de manera funcional e integrada. Metodológicamente, se adopta un enfoque cualitativo basado en el análisis de fuentes académicas, documentos oficiales y literatura especializada. Los resultados evidencian que el poder ruso en el Ártico depende de su capacidad de articular infraestructura, controlar accesos y proyectar influencia más allá del espacio regional. Asimismo, se identifican tensiones estructurales, como la creciente dependencia de China y el impacto de la guerra en Ucrania. En conclusión, el Ártico representa un nodo estratégico central en la proyección global rusa, donde el control no se define por la ocupación territorial, sino por la organización del entorno.

Introducción 

El Ártico se ha consolidado en las últimas décadas como un espacio de creciente relevancia estratégica, tanto por su riqueza en recursos naturales como por su potencial como corredor de conectividad global. En este contexto, la Federación Rusa ocupa una posición predominante, no solo por su extensión territorial en la región, sino por el desarrollo de una estrategia integral orientada a fortalecer su control y proyectar poder.

La presente investigación tiene como objetivo analizar dicha estrategia, centrándose en los mecanismos a través de los cuales Rusia logra transformar un entorno geográficamente extremo en un espacio funcionalmente gobernable. En particular, se examina el rol de la infraestructura como base material del poder, la lógica de anti acceso y negación de área (A2/AD) como mecanismo de condicionamiento estratégico, la centralidad de la Flota del Norte, la importancia de la logística y la conectividad, y la regulación de la Ruta Marítima del Norte como instrumento de soberanía.

Asimismo, el trabajo amplía el análisis más allá del espacio ártico, incorporando la relación con el entorno postsoviético, el impacto de la guerra en Ucrania y la creciente vinculación con China. En este sentido, Rusia no se limita a militarizar el Ártico, sino que lo configura como un espacio de poder integrado, donde distintas dimensiones se articulan para sostener su proyección estratégica en un contexto de competencia global creciente.

Nota metodológica

El presente informe se inscribe en un enfoque analítico-explicativo orientado a analizar la estructura de la estrategia rusa en el Ártico. Más que una descripción del despliegue material, se busca identificar los principios de organización que permiten a la Federación Rusa transformar un espacio geográficamente adverso en un entorno estratégicamente controlable.

La investigación se basa en un análisis documental de fuentes secundarias, incluyendo literatura académica especializada, informes de centros de estudios estratégicos y documentos oficiales. Este marco permite reconstruir las capacidades desplegadas y la lógica que organiza su integración. De este modo, el interés analítico no radica únicamente en relevar infraestructura, activos militares o regulaciones, sino en comprender cómo estos elementos operan de manera conjunta dentro de un mismo sistema de poder.

Metodológicamente, se adopta una estrategia de desagregación analítica por dimensiones: infraestructura, capacidades militares, control del acceso, logística, conectividad y regulación, que luego son rearticuladas en un esquema interpretativo común. Este procedimiento evidencia que dichos componentes no funcionan de manera aislada, sino como partes interdependientes de una arquitectura de poder coherente. La incorporación de la estrategia A2/AD como eje articulador resulta clave en este proceso, en tanto facilita asociar la dimensión material con su traducción en control efectivo del entorno.

Asimismo, el informe amplía deliberadamente la unidad de análisis incorporando variables externas como la guerra en Ucrania, la relación con el espacio postsoviético y la creciente vinculación con China. Esta decisión responde a la necesidad de evitar una lectura aislada del Ártico, entendiendo que su rol dentro de la estrategia rusa depende de su inserción en una lógica de proyección de poder más amplia.

1. El Ártico ruso: territorio, recursos y lógica de poder

La zona ártica de la Federación de Rusia comprende el extremo norte de su territorio, ubicada a lo largo de las costas del océano Ártico. Incluye a las regiones de Múrmansk; los distritos autónomos de Nenets, Yamal-Nenets y Chukotka; la República de Komi; los municipios del norte de la región de Arkhangelsk; el krai de Krasnoyarsk; la República de Sakha (Yakutia); la República de Carelia; y los archipiélagos e islas ubicados en la porción rusa del océano Ártico. Así, no solamente el 20% del país yace por encima del Círculo Ártico, sino que también alberga a casi dos millones de ciudadanos rusos, representando el 40% del total de la población ártica.

El vínculo entre Rusia y el Ártico posee una profunda raíz histórica. Desde la época del Imperio zarista, la expansión hacia el norte respondió a la necesidad de consolidar el control territorial y acceder a recursos estratégicos. Con la fundación de la Unión Soviética, la región adquirió una relevancia geopolítica decisiva. El Estado soviético impulsó la industrialización del norte, creó y expandió ciudades como Murmansk y Norilsk, y desarrolló una vasta red de puertos, bases militares y asentamientos orientados a la explotación minera y energética. Durante la Guerra Fría, el Ártico se convirtió en un espacio clave para el despliegue de submarinos nucleares, radares y sistemas de alerta temprana, dada su proximidad con Estados Unidos y la existencia de rutas más cortas para un eventual enfrentamiento entre superpotencias. Sin embargo, tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, gran parte de esta infraestructura cayó en desuso debido a la crisis económica y al repliegue estratégico del Estado ruso. 

A partir de la llegada de Vladimir Putin al poder, el Ártico recuperó relevancia en la estrategia nacional. Durante las últimas dos décadas, el Kremlin ha impulsado una política de reactivación y modernización de instalaciones militares, energéticas y logísticas, con el objetivo de restablecer la presencia permanente del Estado y convertir la región en uno de los pilares del desarrollo económico y de la seguridad nacional.

De esta manera, el Ártico representa una región de interés nacional para el Kremlin. La principal fuente de ingresos del país proviene de los recursos energéticos y se estima que el 50% de las reservas de petróleo y el 70% de gas se encuentran en suelo ruso. A estos recursos habría que sumar yacimientos de oro, zinc, plomo, uranio e incluso otros elementos muy poco comunes, además de caladeros de pesca intactos (Velázquez León, 2015). 

La progresiva reducción del hielo marino, consecuencia del cambio climático, incrementa además la accesibilidad a estos recursos y mejora la navegabilidad de la Ruta Marítima del Norte, reforzando el valor económico y estratégico de la región. Por lo tanto, la presencia militar busca alcanzar tres objetivos clave formalizados en el Decreto Presidencial N.º 164 de 2020 sobre los Fundamentos de la Política Estatal de la Federación de Rusia en el Ártico hasta 2035 (Prezident Rossiyskoy Federatsii, 2020): establecer una línea de defensa avanzada contra la incursión extranjera a medida que el Ártico atrae mayor inversión internacional; asegurar el futuro económico de la Federación; y crear un escenario para proyectar poder, principalmente en el Atlántico Norte y frente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como principal rival. 

En este contexto, la infraestructura se constituye como el elemento central a partir del cual Rusia logra sostener su presencia, ejercer control territorial y proyectar poder en un entorno extremo. A diferencia de otros espacios geopolíticos, donde la geografía puede facilitar la ocupación o el despliegue, en el Ártico el dominio efectivo depende de construir, mantener y articular infraestructura en condiciones adversas. De este modo, el poder se define tanto por la posesión de medios militares como por la posibilidad de garantizar una presencia permanente.

Un rasgo distintivo de esta infraestructura es su carácter de doble uso. Muchas instalaciones cumplen simultáneamente funciones civiles y militares, difuminando la brecha entre desarrollo económico y estrategia de seguridad. La Ruta Marítima del Norte, por ejemplo, facilita el transporte de hidrocarburos y mercancías, pero también permite el movimiento rápido de unidades navales y el abastecimiento de bases militares. Del mismo modo, los puertos, aeródromos, sistemas satelitales y estaciones de radar que respaldan la actividad comercial y científica pueden ser utilizados para vigilancia, control del espacio aéreo y despliegue de fuerzas. Esta lógica de doble uso revela que la infraestructura no constituye un mero soporte material, sino un instrumento de poder que integra objetivos económicos, territoriales y militares en una misma estrategia de largo plazo.

2. La “Fortaleza Ártica”: arquitectura terrestre y aérea para el control estratégico. 

La “Fortaleza Ártica” representa una arquitectura integrada de poder, donde Rusia logra transformar un entorno geográficamente hostil en un espacio estratégicamente organizado. En este sentido, el control del Ártico no se basa en la ocupación constante del territorio, sino en la facultad de desarrollar una red de infraestructura que permita sostener presencia, proyectar poder y, fundamentalmente, condicionar las dinámicas de acceso y operación de otros actores.

En el epicentro de esta arquitectura se encuentra el despliegue de bases militares que funcionan como nodos de soberanía. Dado que esta región se caracteriza por su baja densidad poblacional y escasa infraestructura civil, estas instalaciones trascienden su función operativa y actúan como sustitutos funcionales del Estado. A través de ellas, Rusia sostiene una presencia permanente en el territorio, combinando infraestructura heredada del período soviético con la construcción de nuevas instalaciones. 

A partir de la década de 2010, y con mayor intensidad desde 2014, el Kremlin impulsó un ambicioso programa de reactivación y modernización de antiguas bases soviéticas que habían sido abandonadas o reducidas tras la disolución de la URSS. Este proceso de reocupación militar del espacio polar incluyó la restauración de instalaciones estratégicamente ubicadas en archipiélagos como Nueva Zembla, Tierra de Francisco José, las islas de Nueva Siberia y la isla Wrangel. Bases como Nagurskoye, Rogachevo, Temp y la denominada “Arctic Trefoil” en Alexandra Land fueron acondicionadas para operar durante todo el año bajo condiciones climáticas extremas, con sistemas autónomos de energía, alojamiento permanente y capacidad logística (Center for Strategic and International Studies [CSIS], 2024a). La recuperación de estas instalaciones implicó el retorno físico de las Fuerzas Armadas al Alto Norte, además de la reconstrucción de una red de apoyo que permite consolidar una presencia estatal continúa en zonas remotas del territorio ruso. 

Paralelamente, la Federación Rusa ha utilizado las aguas del mar de Barents y del mar Blanco como polígonos de prueba para su arsenal de nueva generación, transformando estos espacios en áreas de experimentación y validación operativa (De Miguel López, 2023). Un ejemplo emblemático fue el lanzamiento exitoso del misil hipersónico Zircon desde el submarino nuclear Severodvinsk (K-560), efectuado desde una posición sumergida en el mar Blanco hacia un objetivo ubicado en el mar de Barents. Este tipo de ensayos demuestra que la reocupación del Ártico no se limita a la restauración de infraestructura física, apuntando a convertir al espacio polar en un entorno activo de despliegue tecnológico y operacional, donde se ensayan y consolidan aptitudes destinadas a garantizar la superioridad militar rusa frente a otras potencias. 

La renovación del poder naval ruso incluye desde portaaviones con catapultas hasta pequeñas corbetas, pasando por grandes destructores, en realidad más próximos a la categoría de cruceros con unos 200 metros de eslora, así como por buques logísticos (Pérez Arrieu, 2022). A partir de ello, la Federación Rusa potencia sus capacidades de ataque contra objetivos navales enemigos y ubicados en tierra firme, incorporando vectores de ataque de largo alcance que amplían significativamente su margen de proyección. Entre ellos, destacan los misiles de crucero Kalibr, cuyo alcance estimado oscila entre 2.000 y 2.500 kilómetros y su elevada velocidad de aproximación al objetivo (superior a Mach 2), junto con su sistema de guiado basado en GLONASS, los convierten en una herramienta de gran versatilidad (CSIS, 2024a). Si bien pueden desempeñar funciones antibuque, estos misiles se encuentran optimizados para el ataque a objetivos terrestres. En este sentido, su incorporación refuerza la capacidad rusa de proyectar poder más allá del espacio ártico inmediato. 

El elemento distintivo radica en la integración de estas infraestructuras dentro de una red distribuida, donde cada nodo contribuye a reducir la fragmentación espacial y ampliar el alcance efectivo del control ruso. Esta lógica de red encuentra en la infraestructura aérea su principal mecanismo de articulación. Las condiciones geográficas del Ártico convierten a la cuestión aérea en el eje de la movilidad estratégica. La construcción y mantenimiento de aeródromos y pistas de aterrizaje permiten conectar puntos distantes y redefinen la forma en que se ejerce el control territorial. Es decir, hace posible que el Kremlin pueda proyectar presencia de manera selectiva y rápida, alcanzando posiciones específicas según las necesidades operativas, sin depender del desplazamiento por vía terrestre.

Bajo esta línea, el despliegue de sistemas avanzados de defensa aérea como el S-400 introduce una dimensión adicional al control del espacio. Integrados con redes de radar y monitoreo, estos sistemas permiten extender significativamente el alcance de detección e intercepción, generando un entorno en el cual la libertad de acción de actores externos se ve condicionada. No se trata únicamente de una capacidad defensiva, sino de un mecanismo que influye directamente en la toma de decisiones de otros actores, al incrementar los costos y riesgos asociados a cualquier intento de operar en la región. 

Aparte de cumplir funciones de transporte logístico o relativas al despliegue táctico de interceptores y aeronaves de combate, esta infraestructura aérea constituye un componente esencial para la operación de la aviación estratégica de largo alcance, uno de los pilares de la tríada nuclear rusa. En particular, bombarderos como el Tupolev Tu-95MS y el Tupolev Tu-160 pueden realizar patrullajes de disuasión sobre el océano Ártico y de lanzar misiles de crucero con capacidad nuclear desde posiciones alejadas del territorio continental. La utilización del espacio aéreo polar reviste un valor estratégico singular, ya que ofrece la ruta más corta entre Rusia y América del Norte, reduciendo tiempos de vuelo y ampliando las opciones de penetración frente a los sistemas de alerta temprana y defensa antimisiles de la OTAN. En este sentido, los aeródromos restaurados y modernizados en el Ártico facilitan la movilidad y el abastecimiento, además de proporcionar profundidad operativa, puntos de dispersión y apoyo a las Fuerzas Aeroespaciales Rusas. Esto refuerza la credibilidad del componente aéreo de la disuasión nuclear y consolida al Ártico como una plataforma privilegiada para la proyección global de poder.

Estos sistemas se articulan con una red de radares de alerta temprana, sensores costeros y sistemas de comando y control que conforman una defensa aérea integrada sobre amplios sectores del océano Ártico y de la Ruta Marítima del Norte. A ello se suma el despliegue de armas hipersónicas como el Kh-47M2 Kinzhal y el 3M22 Zircon, diseñadas específicamente para penetrar o degradar los sistemas de defensa antimisiles occidentales. Estos vectores operan en altitudes aproximadas de entre 20 y 100 kilómetros, por debajo del horizonte de detección de numerosos radares terrestres y navales convencionales, reduciendo drásticamente los tiempos de reacción disponibles para las fuerzas de la OTAN (CSIS, 2024a). Su elevada velocidad, que puede alcanzar hasta Mach 10 en el caso del Kinzhal y velocidades hipersónicas sostenidas en el caso del Zircon, combinada con trayectorias maniobrables e impredecibles, convierte al Ártico en una plataforma privilegiada para la negación de acceso y la disuasión estratégica. Esta combinación fortalece un paraguas defensivo que protege tanto las instalaciones militares como los activos energéticos y logísticos desplegados en la región (De Miguel López, 2023).

La efectividad de este sistema se ve reforzada por una extensa red de vigilancia y monitoreo, que le permite al país mantener una observación constante del entorno operativo. En un espacio donde las condiciones naturales dificultan la visibilidad y la previsibilidad, la detección, el seguimiento y la anticipación de movimientos adquiere un valor central. A través de radares, sensores y sistemas de detección temprana, Rusia construye una conciencia situacional permanente, reduciendo la incertidumbre y aumentando su capacidad de respuesta. Esta dimensión informacional complementa las capacidades físicas desplegadas en el territorio y amplía el alcance del control, permitiendo ejercer influencia sobre áreas que no están ocupadas de manera directa.

En consecuencia, la presencia rusa en el Ártico ha dejado de ser estacional o meramente simbólica para adquirir un carácter permanente. El despliegue continuo de unidades navales como la fragata Almirante Gorshkov, equipada con misiles Zircon, así como la integración de estos sistemas en fragatas del Proyecto 22350 y submarinos de la clase Yasen (Proyecto 885), garantiza una capacidad sostenida de ataque profundo desde el espacio polar hacia objetivos terrestres y navales. A su vez, el potencial de sistemas estratégicos como el Avangard, vehículo hipersónico de planeo capaz de alcanzar velocidades cercanas a Mach 20 y con un alcance superior a los 6.000 kilómetros, extiende el alcance de la proyección rusa más allá de sus fronteras árticas. De esta manera, el control territorial no depende exclusivamente de la ocupación física del espacio, sino de proyectar poder de forma continua desde posiciones estratégicamente ubicadas en el Alto Norte.

Finalmente, esta arquitectura se complementa con la militarización de infraestructura de uso dual. Muchos de estos aeródromos, puertos y centros logísticos poseen una naturaleza dual, ya que pueden ser utilizados simultáneamente para actividades civiles, científicas y militares. Esta militarización de infraestructura dual constituye un componente central de la estrategia rusa, al permitir que instalaciones formalmente vinculadas al abastecimiento, la investigación o el transporte sirvan también para el despliegue y mantenimiento de sistemas de armas avanzados. Asimismo, numerosos vectores estratégicos rusos, como el Kinzhal, el Oreshnik y el Avangard, transportan tanto cargas convencionales como nucleares, lo que introduce un elevado grado de ambigüedad estratégica. En particular, el Kinzhal puede ser lanzado desde interceptores MiG-31 modificados y bombarderos Tu-22M3 que operan desde aeródromos adaptados en el Ártico, ampliando significativamente el radio de acción y la flexibilidad táctica de las Fuerzas Aeroespaciales Rusas (CSIS, 2024b). Del mismo modo, el Oreshnik, misil balístico móvil de alcance intermedio con capacidad MIRV y un alcance estimado de entre 3.500 y 5.470 kilómetros, puede ser desplegado mediante plataformas terrestres altamente móviles, reforzando la facultad rusa para combinar movilidad, incertidumbre y disuasión en el espacio polar (CSIS, 2026).

En conjunto, la interacción entre bases militares, infraestructura aérea, sistemas de defensa y redes de monitoreo configura una arquitectura que permite a Rusia transformar el Ártico en un espacio estructurado y controlado. De este modo, el poder no se ejerce únicamente a través de la presencia física, sino mediante la organización del entorno estratégico, el establecimiento de condiciones de acceso y el sostenimiento de una posición dominante en un espacio que desafía las formas tradicionales de control territorial.

3. Estrategia A2/AD: la lógica que organiza el espacio ártico

En continuidad con la arquitectura material desplegada en la “Fortaleza Ártica”, la estrategia de anti acceso y negación de área (A2/AD) constituye el mecanismo a través del cual la Federación Rusa convierte su infraestructura en una capacidad efectiva de control del entorno estratégico. En un contexto de competencia entre grandes potencias, donde la proyección de fuerza hacia regiones periféricas depende de la libertad de acceso a los llamados espacios comunes globales, las capacidades A2/AD permiten a un actor alterar las condiciones de operación del adversario. En el caso del Ártico, esta lógica adquiere especial relevancia frente a la OTAN, cuyas operaciones dependen de la posibilidad de desplegar medios aeronavales y sostener presencia avanzada en un teatro caracterizado por grandes distancias, condiciones climáticas extremas y limitaciones logísticas. Por ende, el objetivo ruso no consiste en impedir completamente la entrada de actores externos a la región, sino en imponer costos crecientes, reducir la libertad de acción de las fuerzas occidentales y condicionar sus operaciones.

En este marco, el componente de anti-acceso se orienta a obstaculizar el ingreso de fuerzas externas al teatro ártico, ralentizando su despliegue, forzando el uso de rutas menos eficientes o empujando a operar desde mayores distancias. Por su parte, la negación de área actúa una vez que ese acceso se ha producido, limitando la libertad de maniobra, dificultando el sostener la superioridad local y la conducción de operaciones conjuntas en los dominios aéreo, marítimo y electromagnético. 

La lógica operacional rusa se basa en la superposición de capas defensivas interconectadas que combinan infraestructura militar, sistemas de defensa aérea, sensores de alerta temprana, guerra electrónica y capacidades de respuesta rápida. Lo distintivo del caso ruso en el escenario ártico es que estas funciones se materializan a través mediante la integración espacial y funcional de múltiples capas de infraestructura, lo que genera un entorno progresivamente restrictivo para cualquier actor externo. Las bases militares previamente analizadas funcionan como plataformas desde las cuales se despliegan capacidades de vigilancia, defensa y respuesta. Su distribución geográfica, particularmente a lo largo del litoral ártico y en puntos estratégicos insulares, permite configurar una suerte de “cadena” que reduce los vacíos operativos y facilita la cobertura continua del espacio. Esta disposición, lejos de  ser aleatoria, responde a la necesidad de controlar corredores potenciales de acceso, especialmente aquellos vinculados a rutas aéreas y a la proyección desde el Atlántico Norte.

Sobre esta base, el despliegue de sistemas de defensa aérea como el S-400 adquiere una función estructural dentro del esquema A2/AD. Más allá de sus capacidades técnicas como el alcance extendido, interceptación de múltiples objetivos, integración con sistemas de comando y control, su valor se centra en la configuración de zonas de riesgo superpuestas que obligan a cualquier fuerza externa a replantear sus patrones de operación. El emplazamiento de estos sistemas en enclaves como Severomorsk, junto con la presencia de sistemas S-300 en Nueva Zembla y la expansión proyectada hacia puntos como Tiksi o Cabo Schmidt, permite construir un arco de cobertura que protege el núcleo del despliegue ruso y extiende su capacidad de interdicción a lo largo de amplios sectores del Ártico. Cuando estos sistemas se superponen geográficamente, generan un efecto acumulativo, es decir, se forma una barrera de múltiples capas que incrementan exponencialmente la complejidad de penetración (Moreno Sánchez, 2016). 

A esta arquitectura se suma la guerra electrónica, un componente fundamental pero frecuentemente subestimado del modelo A2/AD ruso. Sistemas como Krasukha-4, Murmansk-BN y Borisoglebsk-2 permiten interferir radares, degradar enlaces de datos, bloquear comunicaciones de alta frecuencia y afectar señales de navegación y posicionamiento. En el entorno ártico, donde la dependencia de sistemas satelitales y de comunicaciones seguras es crítica para coordinar operaciones a larga distancia, estas capacidades adquieren un valor multiplicador. Su función no es únicamente ocultar o proteger fuerzas propias, sino también desorganizar el ciclo de mando y control del adversario, dificultando la adquisición de blancos, la coordinación entre unidades y la sincronización de operaciones conjuntas.

La eficacia de este entramado depende de manera crítica de la red de radares y sistemas de monitoreo que alimentan el proceso de toma de decisiones. En un entorno donde las condiciones climáticas, la curvatura terrestre y la dispersión espacial dificultan la detección, la instalación de sensores avanzados permite a Rusia construir una cobertura informacional continua, capaz de identificar movimientos con antelación suficiente para activar respuestas. Esta alerta temprana es lo que convierte al sistema en algo más que un conjunto de defensas estáticas: le otorga dinamismo, permitiendo ajustar la postura según la evolución de la situación. En términos operativos, esto implica que el adversario enfrenta la amenaza de intercepción y, a su vez, la incertidumbre respecto de cuándo y cómo será detectado, lo que impacta directamente en su planificación.

En este punto, resulta clave entender que el objetivo de la estrategia A2/AD no es impedir de manera absoluta el acceso al Ártico, sino modificar la ecuación costo-beneficio de cualquier operación externa. Al combinar detección temprana, defensa aérea escalonada, guerra electrónica y despliegue rápido desde bases y aeródromos, Rusia crea un entorno en el cual operar implica asumir mayores riesgos, requerir más recursos y aceptar niveles más altos de incertidumbre.

Para la OTAN, esta configuración supone restricciones operativas significativas. En primer lugar, obliga a destinar mayores recursos a misiones de supresión de defensas aéreas y guerra electrónica antes de poder proyectar fuerza de manera efectiva. En segundo lugar, reduce la posibilidad de sostener superioridad aérea local y complica la coordinación entre unidades navales, aéreas y terrestres. Finalmente, prolonga los tiempos de reacción y aumenta la vulnerabilidad de plataformas de alto valor, como aeronaves de alerta temprana, aviones cisterna y centros de comando aerotransportados, esenciales para las operaciones occidentales. En consecuencia, la mera existencia de esta arquitectura defensiva puede disuadir o retrasar una intervención, incluso sin necesidad de un enfrentamiento directo.

Asimismo, Rusia se beneficia de una ventaja estructural derivada de su proximidad geográfica y de la densidad de la infraestructura desplegada en la región. Mientras los actores externos dependen de despliegues a larga distancia, Moscú puede activar con rapidez sistemas defensivos, reforzar posiciones o redistribuir recursos dentro del teatro ártico, incrementando su capacidad de respuesta ante escenarios de crisis.

En última instancia, la estrategia A2/AD en el Ártico debe entenderse como la materialización operativa de la “Fortaleza Ártica”: mientras que la infraestructura define la presencia y organiza el espacio, el A2/AD establece las reglas bajo las cuales ese espacio puede ser utilizado. Más que defender un territorio, la estrategia busca configurar un entorno en el que el acceso y la operación de otros actores, particularmente la OTAN, queden condicionados desde el inicio, consolidando una posición dominante que no depende exclusivamente de la superioridad militar, sino de la habilidad para estructurar el campo de juego.

4. Infraestructura y proyección: el rol de la Flota del Norte

La arquitectura militar rusa en el Ártico se estructura en torno a un núcleo organizador claramente definido: la Flota del Norte, que opera como vector principal de poder y como eje de articulación del dispositivo estratégico en la región. Así, múltiples autores destacan que constituye la principal fuerza militar rusa en el Ártico, lo que da cuenta de su centralidad tanto en términos operativos como doctrinarios (Kjellén, 2022; Baev, 2012). Esta primacía se inscribe en una lógica de continuidad estratégica respecto del período soviético, donde el Ártico funcionaba como espacio privilegiado para la proyección de la disuasión nuclear marítima.

Por lo tanto, la función crítica de la Flota del Norte reside en su contribución al sostenimiento de la capacidad de segundo golpe, en tanto garantiza la operatividad del componente naval de la tríada nuclear rusa. La misión de sostener la capacidad de represalia nuclear naval define su rol estratégico y condiciona, al mismo tiempo, la configuración territorial y funcional del dispositivo ártico (Kjellén, 2022). El denominado “bastión” del mar de Barents, protegido por una combinación de capacidades navales, aéreas y terrestres, continúa siendo el espacio clave desde el cual los submarinos balísticos (SSBN) aseguran la credibilidad del disuasivo nuclear ruso (Baev, 2012).

Sin embargo, esta posición predominante no debe interpretarse en términos de autonomía operativa. Por el contrario, la Flota del Norte constituye el componente visible de un sistema militar profundamente interdependiente, cuya eficacia depende de una infraestructura extensa y multidominio. La concentración de bases en la península de Kola responde tanto a ventajas geográficas derivadas del acceso a aguas libres de hielo durante todo el año, como a la necesidad de sostener un complejo entramado de apoyo logístico y defensivo (Kjellén, 2022). En este sentido, la proyección de poder naval depende de una red integrada de aeródromos, sistemas de defensa aérea, radares de alerta temprana, capacidades de vigilancia y unidades terrestres y aéreas encargadas de proteger y sostener las operaciones de la Flota del Norte. Como señala Kjellén (2022), esta integración evidencia que el margen de acción de la flota no puede disociarse de un sistema más amplio de control del espacio. Este rasgo resulta particularmente relevante en el contexto del desarrollo de estrategias A2/AD, donde la combinación de sensores, sistemas de misiles y plataformas aéreas transforma la infraestructura en una capacidad efectiva de control del entorno.

La dependencia de infraestructura se vuelve aún más evidente al analizar la proyección hacia el Ártico central. Allí, factores como la distancia, las condiciones climáticas extremas y la escasez de infraestructura civil limitan severamente la autonomía operativa de los medios navales. Las operaciones de la Flota del Norte en estas zonas requieren el apoyo constante de rompehielos, así como de bases aéreas avanzadas y capacidades de transporte estratégico, lo que evidencia que el alcance operativo de Rusia en el Ártico está condicionado por la infraestructura disponible (Kjellén, 2022). Por lo tanto, no es la plataforma naval en sí misma la que define el alcance del poder, sino la red de soporte que la hace viable.

En paralelo, la evolución del sistema de mando y control (C2) logró consolidar el rol de la Flota del Norte como núcleo organizador del teatro ártico. La creación en 2014 de un Comando Estratégico Conjunto, establecido sobre la estructura de mando de la Flota del Norte, implicó un salto cualitativo en la integración operativa, permitiendo la coordinación de fuerzas interarmas y la articulación con actores estatales no militares (Kjellén, 2022). Este rediseño institucional refleja una transformación doctrinaria más amplia en las Fuerzas Armadas rusas, orientada hacia estructuras de comando flexibles, regionalizadas y con capacidad de conducción multidominio, especialmente relevantes en entornos operacionales complejos como el Ártico.

No obstante, la ambición estratégica que subyace a este despliegue coexiste con limitaciones estructurales significativas. Como advierte Baev (2012), la Flota del Norte presenta serias dificultades para desempeñar el rol de una flota de agua azul (blue-water navy), y su infraestructura de apoyo se encuentra en estado de deterioro, lo que introduce una brecha entre las aspiraciones de proyección global y las capacidades efectivas disponibles. Esta tensión se manifiesta tanto en la limitada capacidad para sostener operaciones prolongadas fuera del entorno inmediato del Ártico como en los desafíos asociados a la modernización simultánea de plataformas navales, infraestructura y recursos humanos.

De esta manera, la Flota del Norte debe ser conceptualizada no simplemente como una fuerza naval, sino como el nodo central de un sistema estratégico complejo, cuya eficacia depende de la integración entre infraestructura, capacidades multidominio y arquitectura de comando. Su rol en el Ártico trasciende la proyección de poder marítimo y se expresa en capacidad para estructurar un entorno operativo que garantice la disuasión nuclear, el control territorial y la gestión de accesos en un espacio crecientemente competitivo (Baev, 2012; Kjellén, 2022).

5. Infraestructura logística y conectividad estratégica

El despliegue militar ruso en el Ártico debe analizarse como un sistema cuyo elemento estructurante es la infraestructura logística y la conectividad estratégica. En este contexto, el poder efectivo en la región depende de sostener, proyectar y articular medios militares en un entorno geográficamente extremo. La logística y la conectividad estratégica constituyen el verdadero “sostén del sistema”, en tanto habilitan la operatividad de la Flota del Norte y del conjunto del dispositivo militar ártico (Kjellén, 2022).

En primer lugar, las redes de abastecimiento adquieren una centralidad crítica debido a las condiciones estructurales del Ártico: vastas distancias, baja densidad poblacional y severas limitaciones climáticas. A diferencia de otros teatros de operaciones, donde la logística puede apoyarse en redes civiles densas, en el Ártico ruso el sostenimiento de las fuerzas depende de una combinación altamente planificada de rutas marítimas, transporte aéreo estratégico y nodos logísticos distribuidos. Desde esta perspectiva, la Ruta Marítima del Norte cumple una función dual, no solo como corredor económico, sino como eje logístico-militar que permite el abastecimiento de bases avanzadas y la movilidad de recursos a lo largo del litoral ártico (Kjellén, 2022). Sin embargo, su operatividad está sujeta a fuertes restricciones estacionales.

Asimismo, la conectividad territorial en el Ártico se apoya crecientemente en el poder aéreo, que emerge como el principal vector de movilidad estratégica. El transporte aéreo, especialmente a través de la aviación de transporte militar, resulta indispensable para garantizar despliegues rápidos, abastecimiento continuo y rotación de personal en zonas donde la infraestructura terrestre es prácticamente inexistente (Kjellén, 2022). Esto se debe a que durante gran parte del año, las condiciones climáticas convierten al transporte aéreo en la única opción viable para conectar los distintos nodos del dispositivo militar, lo que subraya la dependencia estructural del sistema respecto de capacidades no estrictamente navales.

Esta lógica se complementa con el desarrollo de una red de bases, aeródromos y estaciones de apoyo distribuidas a lo largo del Ártico, que funciona como nodos de una arquitectura logística reticular. Estas instalaciones, desde la península de Kola hasta los archipiélagos del Ártico central, permiten extender el alcance operativo de las fuerzas (Kjellén, 2022). No obstante, su funcionamiento depende de un flujo constante de recursos —bases, sistemas de mantenimiento, redes de comunicación y soporte logístico—, lo que refuerza la idea de que la proyección de poder en el Ártico es inseparable de la capacidad logística que la sostiene.

En este marco, la infraestructura dual (civil-militar) adquiere una relevancia estratégica particular. Puertos, aeropuertos, rompehielos, satélites de comunicación y redes de navegación cumplen simultáneamente funciones económicas y militares, configurando un sistema en el que la distinción entre lo civil y lo militar se vuelve cada vez más difusa. Esta dualidad optimiza recursos en un entorno de alto costo operativo, además de ampliar la resiliencia del sistema frente a escenarios de crisis o conflicto. Así, la militarización del Ártico no se expresa únicamente en la construcción de bases o el despliegue de armamento, sino en la progresiva “militarización funcional” de infraestructuras originalmente concebidas para fines civiles.

En términos operacionales, esta arquitectura logística condiciona directamente la forma en que Rusia concibe la defensa de sus intereses en el Ártico. En un escenario de conflicto, si bien las fuerzas aéreas desempeñarían un rol central en la movilidad y el control del espacio, y las fuerzas terrestres aportarían capacidades de ocupación, la estrategia rusa prioriza el desarrollo de plataformas navales, especialmente submarinos y buques de superficie con capacidad de ataque de largo alcance, como instrumentos de disuasión (Baev, 2012). Estas unidades, capaces de proyectar fuerza contra objetivos navales y terrestres, permiten compensar la limitada disponibilidad de grandes plataformas de superficie, ofreciendo una solución relativamente costo-efectiva con alto impacto estratégico.

Como advierte Baev (2012), las limitaciones en la infraestructura de apoyo afectan directamente la capacidad de la Flota del Norte para desempeñar roles de proyección global, evidenciando la brecha entre las ambiciones rusas y las capacidades materiales disponibles.

En definitiva, el caso ruso en el Ártico pone de manifiesto que el poder no puede ser reducido a su dimensión estrictamente militar. Por el contrario, se configura como una función de la capacidad logística, la conectividad territorial y la integración de infraestructuras duales que permiten sostener la presencia y la proyección en un entorno altamente restrictivo. En este sentido, más que un espacio de despliegue militar convencional, el Ártico emerge como un laboratorio donde el poder se define, ante todo, por la articulación de sistemas complejos en condiciones extremas (Kjellén, 2022).

6. Control territorial y regulación: la Ruta Marítima del Norte desde tierra

El control ruso del Ártico se ejerce a través de una combinación de infraestructura terrestre, dispositivos regulatorios y capacidades de monitoreo que convergen en un objetivo estratégico central: el dominio de la Ruta Marítima del Norte (NSR). En este sentido, la NSR no constituye simplemente un corredor de tránsito, sino un espacio de gobierno, donde la soberanía se materializa a través de la regulación, vigilancia y sostenimiento del flujo de bienes, energía y navegación en condiciones extremas (Kjellén, 2022).

Desde una perspectiva geoestratégica, la NSR se extiende a lo largo de aproximadamente 2.600 millas náuticas, conectando el norte del océano Atlántico con el norte del Pacífico, lo que la convierte en una alternativa directa a rutas tradicionales como el canal de Suez o el estrecho de Malaca (Gálvez Vergara, 2012; Skripnuk et al., 2020). Su relevancia radica en la reducción de distancias y tiempos de navegación entre Europa Occidental y Asia-Pacífico, así como en su función como corredor interno que articula los extremos oriental y occidental del territorio ruso. A ello se suma su rol creciente como vía de exportación de recursos energéticos, especialmente gas natural licuado, hacia mercados asiáticos y europeos, impulsado por proyectos en Siberia occidental (Gunnarsson y Moe, 2021).

Sin embargo, la operatividad de esta ruta no depende únicamente de condiciones naturales, como el retroceso del hielo, sino de una infraestructura material que permita su uso efectivo. Así, el control de la NSR se ejerce fundamentalmente desde el espacio terrestre. La red de puertos, bases logísticas, aeródromos, estaciones de radar y sistemas de vigilancia desplegados a lo largo del litoral ártico constituye el soporte indispensable para garantizar la navegabilidad, seguridad y regulación del tránsito marítimo (Kjellén, 2022). Incluso la flota de rompehielos, elemento clave para la apertura de canales navegables, debe entenderse como parte de esta infraestructura extendida, en tanto depende de puertos, mantenimiento y coordinación centralizada para su operación.

Más allá de la infraestructura física, es en el plano normativo donde este control adquiere su forma más sofisticada. La legislación introducida en 2015 y formalizada en 2018 representa un punto de inflexión en la estrategia rusa, al establecer un régimen de acceso a la NSR con un marcado sesgo proteccionista. En primer lugar, se impone la obligatoriedad de utilizar embarcaciones de bandera rusa para el cabotaje entre puertos nacionales o entre puntos ubicados dentro de la Zona Económica Exclusiva (ZEE). En segundo lugar, este requisito se amplía a gran parte de las actividades marítimas desarrolladas en la ZEE y en la plataforma continental rusa, extendiendo significativamente el alcance del control estatal. Finalmente, se establece que los recursos estratégicos cargados en la zona de la NSR, como carbón, petróleo y gas natural licuado, solo pueden ser transportados hacia su primer destino mediante buques de bandera rusa, salvo excepciones otorgadas por el propio gobierno (Moe, 2020).

Este marco normativo no debe interpretarse únicamente como una política de protección económica, sino como un instrumento central de poder geopolítico. Al imponer condiciones sobre quién puede operar en la ruta, bajo qué bandera y en qué términos, Rusia transforma la NSR en un espacio regulado bajo su autoridad efectiva. La regulación del tránsito se convierte en un mecanismo de territorialización funcional que, además de controlar el espacio físico, busca estructurar el comportamiento de los actores que lo utilizan. En este sentido, la normativa actúa como un complemento indispensable de la infraestructura, permitiendo traducir la presencia material en control efectivo.

Asimismo, la posibilidad de conceder excepciones refuerza la dimensión política de este régimen. Lejos de implicar una flexibilización, introduce un margen de discrecionalidad que permite a Moscú utilizar el acceso a la NSR como herramienta de negociación y proyección de influencia, habilitando o restringiendo la participación de actores externos según sus intereses estratégicos. De este modo, la regulación organiza el tránsito marítimo y se convierte en un instrumento de poder selectivo.

Este giro normativo se inscribe en una evolución doctrinaria de largo plazo. Ya en 2008, el documento “Fundamentos de la Política Ártica” identificaba la explotación de la NSR como un interés nacional prioritario, definiéndose como una ruta de transporte nacional cuya utilización debía ser promovida. Esta orientación fue reafirmada en la estrategia del Ártico de 2013 y consolidada en el documento de 2020, “Fundamentos de la Política Estatal de la Federación de Rusia en el Ártico para el periodo hasta 2035”, donde se establece como objetivo estratégico el desarrollo de infraestructura para alcanzar un volumen de transporte de 80 millones de toneladas para 2024 (Moe, 2020). En este marco, la regulación aparece no como un elemento aislado, sino como parte de una estrategia integral que articula desarrollo económico, control territorial y proyección internacional.

A su vez, este control se ve reforzado por un sistema de monitoreo cada vez más sofisticado, basado en la integración de sensores terrestres, sistemas satelitales y capacidades de vigilancia aérea y marítima. La expansión de radares, estaciones de seguimiento y sistemas de comunicación en el Ártico permite a Rusia construir una conciencia situacional extendida sobre la ruta, facilitando tanto la gestión del tráfico como la detección de amenazas potenciales (Kjellén, 2022). En este sentido, el monitoreo cumple una función defensiva y, a su vez, habilita el ejercicio cotidiano de la autoridad estatal sobre un espacio geográficamente hostil y disperso.

Este modelo de control territorial revela una dimensión más amplia del poder ruso en el Ártico: su carácter simultáneamente militar, económico y regulatorio. La protección de la ruta mediante medios militares, incluyendo la Flota del Norte y el despliegue de sistemas A2/AD, se complementa con su explotación económica y con la regulación de su uso por terceros. Así, la NSR se convierte en un espacio donde convergen intereses de seguridad, desarrollo económico y proyección internacional, sintetizando la estrategia rusa en la región (Baev, 2012; Kjellén, 2022).

En definitiva, el control de la Ruta Marítima del Norte ilustra de manera paradigmática que el poder en el Ártico trasciende la dimensión militar y descansa en la articulación de infraestructura, normativas y sistemas de monitoreo en un entorno extremo. Más que una simple vía de navegación, la NSR constituye el principal instrumento mediante el cual Rusia convierte su presencia territorial en capacidad efectiva de control, regulación y proyección de influencia sobre uno de los espacios más estratégicos del sistema internacional contemporáneo.

7. Red ampliada: Rusia y sus socios en la construcción de profundidad estratégica

El despliegue ruso en el Ártico no puede ser comprendido de manera aislada, como si se tratara de un escenario autónomo. Por el contrario, forma parte de una arquitectura estratégica ampliada que excede los límites geográficos de la región y se articula con el espacio postsoviético y con alianzas selectivas extra-regionales. En este marco, la noción de profundidad estratégica es reinterpretada en términos más amplios: no se trata únicamente de extender la defensa en términos territoriales, sino de construir un sistema de apoyos y conexiones que permitan sostener la proyección de poder en múltiples direcciones.

Esta lógica se encuentra explícitamente reconocida en la doctrina rusa hacia el Ártico. El documento “Fundamentos de la Política Estatal de la Federación de Rusia en el Ártico para el periodo hasta 2035” establece, en su artículo 16 inciso f, la necesidad de “involucrar activamente a los Estados Árticos y no Árticos en actividades de cooperación económica (…) de beneficio mutuo” (Президент Российской Федерации, 2020). Esta formulación no es meramente económica: habilita la construcción de una red de vínculos estratégicos con actores que “persiguen una política constructiva hacia Rusia”, entre los cuales destacan potencias como China e India. De este modo, el Ártico se inserta en una lógica de proyección global, donde la cooperación económica funciona como vector de alineamiento geopolítico (Moe, 2020).

Sin embargo, el núcleo más sensible de esta red ampliada se encuentra en el espacio postsoviético, donde Rusia busca consolidar un entorno estratégico favorable que garantice la seguridad de su territorio y la viabilidad de sus corredores logísticos y energéticos. En este sentido, la guerra en Ucrania iniciada en 2022 constituye un punto de inflexión fundamental, en tanto reconfigura las condiciones bajo las cuales Rusia construye su profundidad estratégica.

7.1 Bielorrusia como extensión operativa

En este esquema, Bielorrusia funciona como una extensión operativa del dispositivo ruso, ofreciendo profundidad territorial en el lateral occidental y facilitando así la proyección de capacidades militares hacia Europa. Su integración en instituciones como el Estado de la Unión y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) la consolida como un socio altamente alineado, permitiendo a Rusia externalizar parte de su defensa y ampliar su margen de maniobra estratégico.

Si bien Bielorrusia cumple un rol relevante como plataforma logística y militar, su función es relativamente estable y predecible dentro del sistema. Por ello, su importancia analítica es menor en comparación con el caso ucraniano, donde la dinámica es mucho más disruptiva.

7.2. Ucrania como espacio de reconfiguración estratégica

A diferencia de Bielorrusia, Ucrania representa el eje crítico de la reconfiguración estratégica rusa en el siglo XXI. La invasión iniciada en 2022 no solo responde a consideraciones inmediatas de seguridad, sino que debe ser interpretada como un intento de redefinir el entorno estratégico en el que Rusia proyecta su poder, incluyendo su posición en el Ártico.

En primer lugar, Ucrania constituye un espacio clave en términos de conectividad territorial y proyección geoeconómica. Antes del conflicto, funcionaba como corredor fundamental para el tránsito energético hacia Europa, lo que le otorgaba una relevancia estructural en la economía política rusa. La ruptura de este vínculo, producto de la guerra y de las sanciones occidentales, obligó a Moscú a acelerar una reorientación de sus flujos comerciales hacia Asia, reforzando indirectamente la importancia de la Ruta Marítima del Norte como corredor alternativo para la exportación de recursos energéticos (Gunnarsson y Moe, 2021).

En segundo lugar, la guerra ha tenido un impacto directo sobre la gobernanza del Ártico. La reacción de los Estados occidentales ha erosionado los mecanismos multilaterales que estructuraban la región. La negativa de los Estados miembros a participar en instancias lideradas por Rusia constituye un “grave impedimento” para la cooperación ártica, transformando el Ártico de un espacio de relativa estabilidad a un ámbito crecientemente atravesado por la rivalidad geopolítica.

Ahora bien, un elemento particularmente relevante, que evidencia la creciente interconexión entre el frente ucraniano y el dispositivo estratégico ruso en el Ártico, es la extensión del conflicto hacia instalaciones militares ubicadas en el norte ruso. A lo largo de la guerra, Ucrania ha demostrado una capacidad creciente para llevar a cabo ataques de largo alcance contra infraestructura militar rusa, incluyendo bases aéreas y nodos estratégicos situados en regiones septentrionales vinculadas al sistema de defensa ártico. Estos ataques, en muchos casos realizados mediante drones o sistemas de precisión, no solo tienen un impacto táctico, sino que introducen una vulnerabilidad estructural en el dispositivo ruso: ponen en cuestión la supuesta profundidad estratégica que ofrecía el vasto territorio ruso y evidencian que incluso las bases alejadas del frente pueden ser alcanzadas.

Este fenómeno tiene, además, consecuencias de primer orden. Por un lado, obliga a Rusia a redistribuir recursos defensivos, como sistemas de defensa aérea y capacidades de monitoreo, para proteger infraestructuras críticas en el norte, lo que puede generar tensiones en la asignación de capacidades entre distintos teatros. Por otro lado, revela que el Ártico, lejos de ser un “santuario estratégico” seguro para la disuasión nuclear y la proyección de poder, comienza a integrarse en un espacio de vulnerabilidad más amplio (Baev, 2012).

Este aislamiento no implica una retracción del poder ruso, sino su reconfiguración. Dada la pérdida de acceso a mercados y tecnologías occidentales, Moscú ha reforzado sus vínculos con actores no occidentales, especialmente con China, y ha consolidado la centralidad del Ártico como corredor estratégico alternativo. En este sentido, la guerra en Ucrania actúa como catalizador de un desplazamiento estratégico: del eje euroatlántico hacia una lógica más euroasiática.

En tercer lugar, el conflicto redefine la noción misma de profundidad estratégica. Tradicionalmente asociada a la extensión territorial, en el contexto actual esta profundidad se construye también a través de redes logísticas, corredores energéticos y sistemas de infraestructura que permiten sostener la proyección de poder en condiciones de aislamiento relativo. La reducción del papel de Ucrania como espacio de articulación con Europa obliga a Rusia a compensar mediante el fortalecimiento de otros vectores, entre ellos el Ártico, que adquieren una importancia aún mayor como plataformas de conexión global.

Este escenario se inscribe en una transformación más amplia de la estrategia rusa. La guerra en Ucrania, lejos de debilitar la relevancia del Ártico, contribuye a su revalorización dentro de un sistema ampliado de proyección de poder, donde la seguridad, la economía y la infraestructura forman parte de una lógica cada vez más integrada. Por lo tanto, el Ártico deja de funcionar exclusivamente como retaguardia estratégica para comenzar a integrarse, de manera incipiente pero significativa, en un teatro extendido del conflicto.

7.3. Continuidad del espacio postsoviético

En conjunto, estos elementos permiten comprender la estrategia rusa como un sistema ampliado, donde el Ártico, el espacio postsoviético y las alianzas extra-regionales forman parte de una misma lógica de poder. La profundidad estratégica no se limita a la acumulación de territorio o capacidades militares, sino que se construye a través de la articulación de múltiples dimensiones: infraestructura, regulación, conectividad y alineamientos políticos.

En este marco, el Ártico aparece no como un fin en sí mismo, sino como un nodo dentro de una red más amplia que incluye corredores energéticos, rutas marítimas y espacios de influencia regional. La guerra en Ucrania, lejos de ser un fenómeno desconectado, actúa como un elemento reconfigurador de esta red, alterando sus equilibrios y redefiniendo sus prioridades.

En definitiva, la estrategia rusa revela una concepción del poder que trasciende los límites geográficos tradicionales. El control del Ártico, la regulación de la Ruta Marítima del Norte y la disputa por Ucrania forman parte de un mismo proceso de construcción de profundidad estratégica en un contexto de competencia global creciente. Es precisamente esta articulación entre distintos espacios lo que permite a Rusia sostener su proyección internacional en un entorno cada vez más adverso.

8. China como actor emergente en la infraestructura ártica

La creciente presencia de la República Popular China en el Ártico constituye uno de los elementos más significativos en la reconfiguración geopolítica de la región. Aunque no puede ser considerado un Estado ártico en términos geográficos, Beijing se ha autodefinido como un “Estado cercano al Ártico”, categoría que, más allá de su ambigüedad jurídica, refleja una clara voluntad de inserción en los procesos económicos, científicos y políticos que estructuran la región (López López, 2022). En este sentido, China no debe ser entendida como un actor periférico, sino como un socio estratégico que contribuye a la construcción de un sistema ampliado de poder en el Ártico.

La política ártica china, formalizada en su Libro Blanco de 2018, se estructura en torno a cinco ejes principales: la profundización del conocimiento científico del Ártico, la protección ambiental, el uso racional de los recursos, la participación en la gobernanza regional y la promoción de la paz y la estabilidad (State Council Information Office of the People’s Republic of China [SCIO], 2018). Sin embargo, más allá de este encuadre discursivo, su estrategia revela una dimensión geoeconómica claramente definida, orientada a integrar el Ártico dentro de su iniciativa global de conectividad, particularmente en el marco de la llamada “Ruta de la Seda Polar”.

En este contexto, la Ruta Marítima del Norte (NSR) adquiere una relevancia central para Beijing. La posibilidad de reducir significativamente las distancias entre Asia y Europa, evitando cuellos de botella estratégicos como el estrecho de Malaca, responde directamente a una de las principales vulnerabilidades estructurales de China: su dependencia de rutas marítimas largas y potencialmente expuestas a interrupciones. La consolidación de la NSR como corredor estable permitiría no solo acortar tiempos de transporte, sino también diversificar los canales de comercio y asegurar el acceso a recursos energéticos provenientes del Ártico ruso (Gunnarsson y Moe, 2021).

Es en este punto donde la convergencia de intereses con Rusia se vuelve particularmente evidente. Para Moscú, la participación china representa una oportunidad para financiar el desarrollo de infraestructura crítica (puertos, rompehielos, proyectos energéticos) y sostener la viabilidad económica de la NSR en un contexto de sanciones occidentales. Para Beijing, en cambio, el Ártico ruso se presenta como un espacio de acceso relativamente abierto, donde puede proyectar su iniciativa de conectividad global sin enfrentar las mismas restricciones que en otros corredores estratégicos.

No obstante, esta complementariedad encubre una relación crecientemente asimétrica. El deterioro de los vínculos entre Rusia y Occidente, especialmente tras la invasión de Ucrania en 2022, incrementó la dependencia rusa de socios no occidentales, entre los cuales China ocupa un lugar central. La necesidad de inversión, tecnología y mercados alternativos convierte a Rusia en un socio más dependiente, particularmente en sectores estratégicos como el energético, lo que podría incrementar la dependencia estratégica rusa respecto a la proyección económica china.

Esta asimetría se expresa también en una tensión latente respecto al control de la Ruta Marítima del Norte. Mientras Rusia busca consolidar un modelo de soberanía regulatoria basado en restricciones de acceso, requisitos de bandera y control estatal del tránsito, China promueve principios de apertura y libre navegación que le permitan maximizar su inserción en la ruta. En este sentido, la NSR se convierte en un espacio de negociación implícita: Rusia aporta el control territorial e infraestructural, mientras que China aporta capital, demanda y proyección global.

Si bien ambos actores comparten un interés común en contrapesar la influencia occidental y reconfigurar el orden internacional, sus posiciones dentro del sistema no son equivalentes. China opera como potencia económica global con capacidad de proyección expansiva, mientras que Rusia, aunque mantiene un peso significativo en términos militares y territoriales, enfrenta limitaciones estructurales que la empujan a apoyarse cada vez más en su socio asiático.

En definitiva, la presencia china en el Ártico no solo amplía la escala del sistema estratégico ruso, sino que introduce una dinámica compleja de cooperación y competencia simultáneas. La articulación entre ambos países transforma al Ártico en un espacio donde convergen intereses logísticos, energéticos y geopolíticos, pero también donde se manifiestan tensiones propias de una relación asimétrica. El Ártico emerge no solo como un nodo de conectividad global, sino también como un escenario donde se negocian las jerarquías del poder en el sistema internacional contemporáneo (Agüera, 2023).

Conclusiones

El análisis del despliegue ruso en el Ártico permite superar las interpretaciones que reducen la dinámica regional a un proceso de militarización creciente o a una mera competencia por recursos. La estrategia de la Federación Rusa revela la consolidación de un sistema integrado de proyección de poder, en el cual la dimensión militar, infraestructural, normativa y geoeconómica se articulan de manera funcional en un entorno de alta complejidad.

Los elementos analizados evidencian que la centralidad de la Flota del Norte no puede comprenderse sin su inserción en una red de soporte terrestre y aéreo que habilita su operatividad. Asimismo, la infraestructura logística constituye una forma de poder por derecho propio, mientras que la regulación de la Ruta Marítima del Norte transforma el control territorial en gobernanza sobre los flujos económicos. Finalmente, la inserción en redes ampliadas —tanto en el espacio postsoviético como en la relación con China— proyecta el Ártico más allá de sus límites geográficos e integra la región en dinámicas globales de competencia y cooperación.

En este sentido, la guerra en Ucrania ha operado como un catalizador de reconfiguración estratégica, evidenciando tanto las vulnerabilidades del sistema, incluida la exposición de infraestructuras críticas en profundidad, como su capacidad de adaptación mediante la reorientación de flujos económicos y alianzas. Lejos de debilitar la centralidad del Ártico, el conflicto ha contribuido a reforzar su valor como corredor alternativo y como espacio de proyección en un contexto de aislamiento relativo frente a Occidente.

A partir de estos elementos, se sostiene como hipótesis central que Rusia no se limita a militarizar el Ártico, sino que lo configura como un espacio de poder integrado, donde la infraestructura actúa como soporte, la lógica de A2/AD como mecanismo de control, la regulación como instrumento de soberanía funcional y las alianzas como vectores de expansión geopolítica. En este modelo, el poder no se define por la mera acumulación de capacidades, sino por la forma en que estas se articulan en un sistema coherente que permita sostener, gobernar y proyectar influencia en un entorno extremo.

No obstante, este sistema presenta tensiones estructurales que condicionan su proyección futura. La creciente dependencia de China introduce una dimensión de asimetría que puede erosionar la autonomía estratégica rusa, mientras que la extensión del conflicto ucraniano hacia infraestructuras en el interior del territorio ruso cuestiona la idea de profundidad estratégica como garantía de seguridad. Asimismo, la erosión de los mecanismos de gobernanza multilateral en el Ártico sugiere una transición hacia un escenario más competitivo y menos cooperativo.

En definitiva, el Ártico emerge como un laboratorio privilegiado para observar las transformaciones del poder en el sistema internacional contemporáneo. Más que un espacio periférico, se configura como un nodo central donde convergen seguridad, economía y conectividad, y donde se ensayan nuevas formas de dominación basadas en la integración de múltiples dimensiones. Comprender esta lógica no solo resulta fundamental para analizar la estrategia rusa, sino también para anticipar cómo otros actores del sistema internacional adoptarán modelos similares de poder integrado en espacios que, hasta hace poco, permanecían fuera del centro de la disputa geopolítica.

Agüera, M. (31 de marzo de 2023). 10 años de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China. Obtenido de LISA News: https://www.lisanews.org/geopolitica/10-anos-de-la-iniciativa-de-la-franja-y-la-ruta-de-china/ 

Baev, P. K. (2012). Russia’s Arctic policy and the Northern Fleet modernization (Russie.Nei.Visions No. 65). Institut Français des Relations Internationales. https://www.ifri.org/en/papers/russias-arctic-policy-and-northern-fleet-modernization

Center for Strategic and International Studies. (23 de abril de 2024a). Kh-47M2 Kinzhal. Missile Threat; Missile Defense Project. https://missilethreat.csis.org/missile/kinzhal/ 

Center for Strategic and International Studies. (23 de abril de 2024b). Avangard. Missile Threat; Missile Defense Project. https://missilethreat.csis.org/missile/avangard/

Center for Strategic and International Studies. (12 de enero de 2026). Oreshnik. Missile Threat; Missile Defense Project. https://missilethreat.csis.org/missile/oreshnik/

De Miguel López, Á. (2023). La defensa ASMD ante la nueva amenaza de misiles hipersónicos. Revista General de Marina, 285(3), 563–578. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9136018

Gálvez Vergara, C. (2012). La apertura de las rutas del Ártico y sus efectos en el comercio marítimo internacional. Revismar, 129(927), 111–118. https://revistamarina.cl/revista/927

Gunnarsson, B., y Moe, A. (2021). Ten Years of International Shipping on the Northern Sea Route: Trends and Challenges. Arctic Review on Law and Politics, 12(1), 4-30. https://doi.org/10.23865/arctic.v12.2614

Kjellén, J. (2022). The Russian Northern Fleet and the (Re)militarisation of the Arctic. Arctic Review on Law and Politics, 13(1), 34-52. https://doi.org/10.23865/arctic.v13.3338 

López López, J. (2022). Análisis de la militarización del Océano Ártico en base a su importancia en la sociedad internacional del Siglo XXI. Comillas Journal of International Relations, (25), 1–18. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=8709414 

Moe, A. (2020). A new Russian policy for the Northern sea route? State interests, key stakeholders and economic opportunities in changing times. The Polar Journal, 10(2), 209–227. https://doi.org/10.1080/2154896X.2020.1799611 

Moreno Sánchez, A. K. (2016). Intereses geopolíticos de Rusia en el Ártico [Tesis de licenciatura no publicada]. Repositorio Institucional, Universidad de Chile. https://hdl.handle.net/20.500.12371/14111

Pérez Arrieu, J. C. (2022). Armas hipersónicas rusas en Ucrania 2022. TECMIL, (1000), 29–39. https://cefadigital.edu.ar/handle/1847939/2658

Prezident Rossiyskoy Federatsii. (5 de marzo de 2020). Osnovy gosudarstvennoy politiki Rossiyskoy Federatsii v Arktike na period do 2035 goda [Fundamentos de la política estatal de la Federación de Rusia en el Ártico para el período hasta 2035]. [Decreto presidencial N.º 164]. Portal Oficial de Internet de Información Jurídica. http://www.kremlin.ru/acts/bank/45255 

Skripnuk, D. F., Iliyushchenko, I. O., Kulik, S. V., and Stepanova, M. M. (2020). Analysis of the current state of the Northern Sea Route and the potential development of the icebreaker fleet. IOP Conference Series: Earth and Environmental Science, 539(1), Artículo 012129. DOI: 10.1088/1755-1315/539/1/012129

State Council Information Office of the People’s Republic of China. (2018, January 26). Full text: China’s Arctic Policy. The State Council of the People’s Republic of China. https://english.www.gov.cn/archive/white_paper/2018/01/26/content_281476026660336.htm

Velázquez León, S. (2015). La geoeconomía del Ártico. El punto de no retorno (Documento de Opinión 95/2015). Instituto Español de Estudios Estratégicos https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7687265

Este es un artículo de opinión. Las opiniones y contenido no reflejan o representan necesariamente la postura del CEERI como institución.

Compartir esta nota

Añadir comentario

Notas Relacionadas